PASMOSOS.
Resulta increíble la pasmosa asunción con la que todos
nosotros asistimos a la mayor catástrofe humanitaria que en muchas décadas ha
sufrido nuestro país y el mundo en general. Hasta hace bien poco nos erizaba la
piel, por ejemplo, el número de fallecidos en accidentes de tráfico: 800 en
2018 y 1.098 en 2019 y desde las administraciones se ponían en marcha campañas
a cuál más sangrante y medidas coercitivas como la retirada de puntos del
carnet, porque resultaba inasumible para nuestra sociedad este volumen de
fallecimientos. A fecha de hoy, 21 de
septiembre de 2020 las estadísticas oficiales nos dicen que son unos 30.500 los
muertos a resultas de la pandemia del covid19, en tan solo 6 meses.
Hay que retrotraerse a la guerra para encontrar unas cifras
similares. Supone un promedio de 5.000 fallecidos al mes, unos 170 diarios. El
problema que nos dan las estadísticas es que el papel o los gráficos no diluyen
el drama personal que hay tras cada uno de estos fallecidos y sus familias, ni
debiera hacerlo con la verdadera dimensión de lo que está sucediendo.
La indecente disputa política y mediática a la que
asistimos a través de todos los medios de comunicación, aporta un plus de
cinismo e hipocresía verdaderamente vomitivos. Cuando todos los recursos y
esfuerzos deberían dirigirse a abordar esta emergencia evidente, hemos de
asistir a un interminable circo de acusaciones, justificaciones, reproches,
evasivas y, por encima de todo, evidentes negligencias. Mientras, miles de
ciudadanos continúan enfermando, perdiendo la vida, sufriendo graves secuelas
o, sin saberlo, siendo portadores y transmisores del virus letal.
Paralelo a la crisis
sanitaria se dan múltiples problemáticas consecuencia directa o indirecta de la
pandemia, donde ha quedado reflejada la debilidad, fragilidad y virtualidad de
nuestro pretendido estado social de derecho. Nuestras vidas han quedado
totalmente alteradas y condicionadas, en medio del desconcierto generado por la
falta de claridad en cuanto a las medidas y precauciones personales y sociales
que hay que tomar. Una vez más, la vertiente económica pretende marcar el paso
y para salvar la actividad productiva, o sea sus beneficios, nos hacen caminar
cual funambulistas por una realidad llena de riesgos y donde todas acabamos mirándonos
como un potencial peligro.
En medio de la persistente
cifra de infectados, hospitalizados y muertos hemos de aprender a manejarnos en
esa realidad indeterminada. Los niños han de ir al colegio, los currantes al
trabajo. Desde las instituciones pretenden convencernos de una pretendida
normalidad, pero muchos de sus centros de atención ciudadana siguen cerrados o
con un acceso totalmente controlado. Realizar una gestión o pedir una cita se
ha convertido en una carrera de obstáculos, de frustraciones, de rabia y
lógicamente de ira. Toda una serie de situaciones que contradice evidentemente
el obstinado intento de nuestros dirigentes que hagamos una vida normal.
Pero, raro es el día que
no nos llegan noticias de conocidos que han acabado infectados o de fallecidos
por el covid19 o por la quiebra sanitaria que nos ha dejado inermes ante
cualquier otro mal. La atención sanitaria, de la que tanto se ha presumido ha
colapsado y conseguir una mínima atención médica es una hazaña o como para
echarse a temblar si hay que ir a parar finalmente a un hospital.
Malos tiempos para los
débiles. Y para los pobres. Porque una
cosa está dejando en evidencia la pandemia: según los recursos económicos, las
condiciones de vida que has alcanzado o incluso tu lugar de residencia, te
convierten en diana prioritaria y tendrás muchas papeletas para acabar
contagiado por muchas medidas de precaución que tengas. Bastantes personas
viven con pánico su vida cotidiana pero la obligación impone salir del
cubículo. Hay que comer.
De momento, los árboles no
nos dejan ver el bosque. La inmediatez y la urgencia están sentando las bases
de un trauma social cuyo alcance quizá podremos valorar a posteriori, pero que
se antoja brutal. Cuánto más se alargue en el tiempo, mayores serán las consecuencias
acumuladas. La ruptura de los hábitos normales, el manejarnos en medio de
alertas y medidas cautelares cuya eficacia no está confirmada, el tener que
centrar esfuerzos y atención prioritaria en nuestra acción rutinaria se
convierte en una prioridad absoluta, con lo que no se aborda con profundidad la
actividad humana y social como debería ser en condiciones de normalidad.
¿Cómo se puede rendir en la escuela, en el trabajo o
socialmente, si estamos atrapados en la telaraña pandémica? ¿Cuáles serán a
posteriori las consecuencias? ¿Cómo afectará al desarrollo madurativo de
nuestros pequeños? Como siempre, en las tragedias colectivas hay sectores
especialmente castigados. El volumen
mayor de los fallecidos lo ocupan nuestros mayores. Se dice que el virus se ha
cebado especialmente con ellos, pero el covid19 solo ha sido el agente
exterminador, actuando a sus anchas dentro de esas estructuras mercantilistas,
de encierro multitudinario, en lo que han acabado las residencias donde
deberían vivir con el máximo de cuidado, atención, amor y tranquilidad los
últimos años de su vida. Lo poco que conocemos parece confirmar un silente
genocidio que, poco a poco nos está dejando sin ellos. Imaginar, tan solo, las
vivencias y los miedos por los que han pasado y desgraciadamente seguirán
pasando, debería erizarnos la piel. Es del todo inconcebible que asistamos a
una nueva repetición del drama en el nuevo repunte de pandemia y no se hayan
arbitrado medidas drásticas para salvar a nuestros mayores. Deben alucinarlos
pobres, mirando la televisión y escuchando a la cuadrilla de voceros y
pseudopolíticos que se limitan a tirarse los trastos a la cabeza, repartir
culpabilidades y dilatar, semana tras semana, una acción sólida y eficaz para
cerrar las puertas al virus.
29 septiembre 2020
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