domingo, 11 de octubre de 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 1. PASMOSOS

 PASMOSOS.


Resulta increíble la pasmosa asunción con la que todos nosotros asistimos a la mayor catástrofe humanitaria que en muchas décadas ha sufrido nuestro país y el mundo en general. Hasta hace bien poco nos erizaba la piel, por ejemplo, el número de fallecidos en accidentes de tráfico: 800 en 2018 y 1.098 en 2019 y desde las administraciones se ponían en marcha campañas a cuál más sangrante y medidas coercitivas como la retirada de puntos del carnet, porque resultaba inasumible para nuestra sociedad este volumen de fallecimientos.  A fecha de hoy, 21 de septiembre de 2020 las estadísticas oficiales nos dicen que son unos 30.500 los muertos a resultas de la pandemia del covid19, en tan solo 6 meses.

 

Hay que retrotraerse a la guerra para encontrar unas cifras similares. Supone un promedio de 5.000 fallecidos al mes, unos 170 diarios. El problema que nos dan las estadísticas es que el papel o los gráficos no diluyen el drama personal que hay tras cada uno de estos fallecidos y sus familias, ni debiera hacerlo con la verdadera dimensión de lo que está sucediendo.

 

La indecente disputa política y mediática a la que asistimos a través de todos los medios de comunicación, aporta un plus de cinismo e hipocresía verdaderamente vomitivos. Cuando todos los recursos y esfuerzos deberían dirigirse a abordar esta emergencia evidente, hemos de asistir a un interminable circo de acusaciones, justificaciones, reproches, evasivas y, por encima de todo, evidentes negligencias. Mientras, miles de ciudadanos continúan enfermando, perdiendo la vida, sufriendo graves secuelas o, sin saberlo, siendo portadores y transmisores del virus letal.

 

 

 

Paralelo a la crisis sanitaria se dan múltiples problemáticas consecuencia directa o indirecta de la pandemia, donde ha quedado reflejada la debilidad, fragilidad y virtualidad de nuestro pretendido estado social de derecho. Nuestras vidas han quedado totalmente alteradas y condicionadas, en medio del desconcierto generado por la falta de claridad en cuanto a las medidas y precauciones personales y sociales que hay que tomar. Una vez más, la vertiente económica pretende marcar el paso y para salvar la actividad productiva, o sea sus beneficios, nos hacen caminar cual funambulistas por una realidad llena de riesgos y donde todas acabamos mirándonos como un potencial peligro.

 

En medio de la persistente cifra de infectados, hospitalizados y muertos hemos de aprender a manejarnos en esa realidad indeterminada. Los niños han de ir al colegio, los currantes al trabajo. Desde las instituciones pretenden convencernos de una pretendida normalidad, pero muchos de sus centros de atención ciudadana siguen cerrados o con un acceso totalmente controlado. Realizar una gestión o pedir una cita se ha convertido en una carrera de obstáculos, de frustraciones, de rabia y lógicamente de ira. Toda una serie de situaciones que contradice evidentemente el obstinado intento de nuestros dirigentes que hagamos una vida normal.

 

Pero, raro es el día que no nos llegan noticias de conocidos que han acabado infectados o de fallecidos por el covid19 o por la quiebra sanitaria que nos ha dejado inermes ante cualquier otro mal. La atención sanitaria, de la que tanto se ha presumido ha colapsado y conseguir una mínima atención médica es una hazaña o como para echarse a temblar si hay que ir a parar finalmente a un hospital.

 

Malos tiempos para los débiles. Y para los pobres.  Porque una cosa está dejando en evidencia la pandemia: según los recursos económicos, las condiciones de vida que has alcanzado o incluso tu lugar de residencia, te convierten en diana prioritaria y tendrás muchas papeletas para acabar contagiado por muchas medidas de precaución que tengas. Bastantes personas viven con pánico su vida cotidiana pero la obligación impone salir del cubículo. Hay que comer.

 

De momento, los árboles no nos dejan ver el bosque. La inmediatez y la urgencia están sentando las bases de un trauma social cuyo alcance quizá podremos valorar a posteriori, pero que se antoja brutal. Cuánto más se alargue en el tiempo, mayores serán las consecuencias acumuladas. La ruptura de los hábitos normales, el manejarnos en medio de alertas y medidas cautelares cuya eficacia no está confirmada, el tener que centrar esfuerzos y atención prioritaria en nuestra acción rutinaria se convierte en una prioridad absoluta, con lo que no se aborda con profundidad la actividad humana y social como debería ser en condiciones de normalidad.

 

¿Cómo se  puede rendir en la escuela, en el trabajo o socialmente, si estamos atrapados en la telaraña pandémica? ¿Cuáles serán a posteriori las consecuencias? ¿Cómo afectará al desarrollo madurativo de nuestros pequeños? Como siempre, en las tragedias colectivas hay sectores especialmente castigados.  El volumen mayor de los fallecidos lo ocupan nuestros mayores. Se dice que el virus se ha cebado especialmente con ellos, pero el covid19 solo ha sido el agente exterminador, actuando a sus anchas dentro de esas estructuras mercantilistas, de encierro multitudinario, en lo que han acabado las residencias donde deberían vivir con el máximo de cuidado, atención, amor y tranquilidad los últimos años de su vida. Lo poco que conocemos parece confirmar un silente genocidio que, poco a poco nos está dejando sin ellos. Imaginar, tan solo, las vivencias y los miedos por los que han pasado y desgraciadamente seguirán pasando, debería erizarnos la piel. Es del todo inconcebible que asistamos a una nueva repetición del drama en el nuevo repunte de pandemia y no se hayan arbitrado medidas drásticas para salvar a nuestros mayores. Deben alucinarlos pobres, mirando la televisión y escuchando a la cuadrilla de voceros y pseudopolíticos que se limitan a tirarse los trastos a la cabeza, repartir culpabilidades y dilatar, semana tras semana, una acción sólida y eficaz para cerrar las puertas al virus.

 

29 septiembre 2020


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