Nos acaba de dejar nuestro querido compañero Tomi. Un ejemplo de compromiso incondicional. Son muchas las cosas que se pueden explicar sobre él. Os dejo aquí el capítulo que dedicado a él incluimos en el libro ME LO DECÍA MI PAPÁ, fabricado mano a mano con él y que recoge muchos aspectos no tan conocidos de su vida plena. Ahora, de la mano de su querida Primi caminan en la eternidad de la memoria. Seamos dignos discípulos de Tomi. Patria o muerte, venceremos.
Capítulo 7. En nombre del amor: ¡viva el marxismo-leninismo!
Tomás Marín Martínez, (a) Tomi. (1925) Luchador antifranquista y activista internacionalista.
195 años son muchos para repartir entre solo dos personas. Miro a mi Primi sentada en el sofá
de nuestro comedor, con sus 100 y no puedo evitar el emocionarme y recordar aquella tarde
en el salón de baile Cibeles cuando quedé prendado de ella. Al segundo baile se selló nuestra
unión para siempre. Era 1955, yo tenía 30 años, ella 35. 65 años después aquí estamos, más
unidos que nunca. La edad y sus achaques limitan enormemente nuestras actividades. Vivimos
de alquiler en un quinto piso de un humilde edificio de Hospitalet, sin ascensor, lo que nos
obliga desde hace ya tiempo a reducir al máximo nuestras salidas. Primitiva hace más tiempo,
ha estado más delicada. Yo me encargo de la compra y de las tareas de casa. Un servicio de
catering nos resuelve el tema de las comidas. Mi modesta pensión nos permite tener todo lo
que necesitamos. Desde hace un tiempo mi dedicación es exclusiva para mi Primi y apenas
salgo. Alguna visita y el teléfono me mantienen en contacto con el exterior. Si tengo que salir
por algo muy excepcional me organizo con nuestro único hijo, que ahora tiene 63 años y me
releva durante mi ausencia.
Abandoné mi activa vida asociativa hace unos pocos años, después de toda una existencia
dedicada al compromiso por los demás. También parece ser que ella me ha abandonado a mí.
Los ritmos alocados de la realidad actual descuidan las relaciones personales y los viejos
acabamos siendo desplazados al rincón del recuerdo y de la historia.
Mi nombre es Tomás Marín Martínez pero todos me conocen por Tomi. Vine al mundo gracias
a Braulia y a Juan, en Povedilla, provincia de Albacete, en tierras manchegas, conocidas por el
buen queso, excelente vino y exclusivas navajas. También por los caballeros hidalgos e
ingeniosos. Mi pueblo apenas ha tenido unos cientos de almas. Al pie de la sierra de Alcaraz,
no era territorio de fácil subsistencia. El gran contraste de temperaturas, con inviernos polares
y veranos tropicales ha forjado una fortaleza innata en sus gentes. La mayor parte de ellos se
han dedicado al duro trabajo agrícola, compatibilizando pequeñas propiedades familiares poco
productivas con el oficio de jornalero, para trabajar en las mejores tierras, evidentemente en
manos de unos pocos terratenientes.
Mi padre, trabajador ejemplar, cuidaba un pequeño trozo de tierra donde criaba uno de los
mejores vinos de la comarca. Su actividad laboral principal la desarrollaba para el coronel
Navarro Flores, uno de los cinco caciques de la zona, como encargado de su finca, dedicada
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fundamentalmente a la explotación vinícola. Su familia, con siete hijos le imponía un nivel de
sacrificio enorme. Ni siquiera ser el mejor especialista le garantizaba un salario justo.
Nací en 1925, 6 años antes de la proclamación de la Segunda República. Eran tiempos movidos
y de lucha jornalera. Mi padre, militante del partido comunista, era discreto, no eludía su
compromiso y siempre se caracterizó por su honradez y su entrega por los demás. Conservaba
su trabajo porque su labor era imprescindible para que la explotación agraria tirara adelante.
Con la guerra, la huida del coronel y su familia por el fracaso del alzamiento en estas tierras
albaceteñas, se colectivizaron sus propiedades y acabaron convirtiéndolas en un aeródromo
militar. Tuvieron que arrancar las cepas que mi padre había cuidado con tanto cariño, aunque
lo hizo de manera que no fuese irreversible el proceso si más adelante se decidía volver a la
producción vitícola. Tal y como pasaría.
Recuerdo muy bien la época republicana. Mi paso por la escuela y mi maestro Cándido Ortiz,
comunista también, enseñó muchas cosas y principalmente a pensar y el amor por la cultura.
Como tantos otros maestros republicanos acabaría purgado y muriendo en la cárcel. No llegué
a completar los estudios primarios. Apenas tuve tiempo de aprender a leer y a escribir, pero el
anhelo por aprender me atrapó y me formé de manera autodidacta. Me encantaba leer sobre
todos los temas especialmente la geografía y las matemáticas. Recuerdo también que me
gustaba ir al local de la CNT donde había mucha actividad cultural y política. Después vino la
guerra y tras ella la dura etapa de la represión. Nos dejaron un poco en paz porque mi padre
era el mejor para su trabajo. El coronel que recuperó sus tierras volvió a llamarlo para volver a
activar la explotación agrícola. Yo tenía 14 años cuando triunfaron los fascistas y ya tenía
bastante formada la ideología que me acompañaría toda la vida. La muerte de mi hermano
José Miguel combatiendo en Lérida por la República sería el colofón.
Mi padre, a pesar de las circunstancias adversas se había significado como republicano, seguía
en su afán de defender a los más desfavorecidos y finalmente acabó siendo despedido.
Como algunas otras familias de la zona ayudábamos lo que podíamos a las partidas guerrilleras
que proseguían la lucha en las montañas. Recuerdo la sensación que me invadía cuando tenía
la oportunidad de contactar con algún maqui. De buenas ganas me hubiera ido con ellos, pero
la situación estaba complicada. Las fuerzas represivas fascistas se empleaban a fondo y no era
fácil tener alguna actividad militante de compromiso. Nosotros estábamos muy vigilados.
Durante el período de la II guerra mundial, en el que teníamos depositadas tantas ilusiones
que después se vieron frustradas, seguíamos atentos todos los acontecimientos y leía con
ansias los diarios para ver cómo evolucionaba la ofensiva contra el nazismo. La alegría por el
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triunfo aliado duró bien poco cuando nos convencimos de que no cumplirían con su
compromiso de echar a Franco del poder. Había que seguir resistiendo.
Me centré durante mi juventud en trabajar lo máximo posible y colaborar con la economía
familiar tan maltrecha. Eran los duros tiempos del hambre, la miseria y el estraperlo. Con 21
años tuve que incorporarme al servicio militar donde estuve 33 meses. Acabé destinado en
Baleares, en Mahón; donde gané los galones de cabo primero y el sueldo correspondiente de
300 pesetas que en el año 1949 era una buena ayuda para la casa. Volví con 24 años al pueblo,
donde permanecí un par de años más hasta que me tocó recorrer el camino de la emigración,
como a la mayoría de mis paisanos.
En 1951 llegué a Barcelona con tres de mis hermanos. El resto de la familia se quedó en
Povedilla. Un buen amigo que ya andaba por Barcelona, me aconsejó ir a esta ciudad. Como
todos los emigrantes o exiliados económicos, como me gusta decir, no veníamos a Cataluña a
hacer turismo. Tampoco nos recibían con los brazos abiertos. Tuve que hacer de todo para
sobrevivir. Comencé trabajando de conserje en un hotel de vendedor de turrón de jijona en
navidad para las pastelerías de la ciudad, ganando apenas 25 pesetas a la semana. Recuerdo
que siempre iba pringado del aceite que soltaba el turrón blando. Pasé por Blanes donde
trabajé en la empresa textil Safa gracias a unos paisanos que también eran comunistas. Volví a
Barcelona y trabajé de peón en la construcción, de mozo en un almacén de conservas y de
vigilante en un garaje.
Con unos ahorros conseguí comprarme una radio con la que cada noche, en el silencio de la
oscuridad, escuchaba la Pirenaica, Radio España Independiente. La voz de Dolores Ibárruri, la
Pasionaria, sonaba como música celestial para mi espíritu ansioso de información y
conocimiento.
Me saqué el carnet de conducir y el de taxista. Era 1957. Seguía con mi pasión por la lectura. El
primer libro revolucionario que leí y que me llegó al alma fue La Madre de Máximo Gorki. Me
lo regaló un librero de la Diagonal, pues teníamos una parada de taxis junto a su librería. El
hombre había observado mi devoción por la literatura y con qué ojos miraba el escaparate de
su establecimiento. Habíamos acabado teniendo largas conversaciones sobre temas literarios y
descubrimos que teníamos conexiones más allá de los libros. Eran tiempos peligrosos para la
cultura y determinados libros solo se conseguían clandestinamente. Después vendría El Capital
de Carlos Marx, un libro que no me he cansado de releer y de divulgar. A pesar de mi poca
preparación académica era como un compendio de conocimiento sobre el capitalismo y una
herramienta fundamental para conocer las características del sistema que debíamos derrocar.
Todo el mundo habla de él pero a mí me encanta ponerlos en un compromiso cuando me
dicen que lo han leído. Les pregunto: ¿Cómo empieza el libro? Nadie lo recuerda, sé que no es
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el Quijote o el Manifiesto Comunista, pero por su importancia no estaría de más que no solo se
hubiese releído por encima, sino que se debía haber estudiado concienzudamente, al menos
los que se consideraban militantes comunistas. Me gusta darles la cita literal: “La riqueza de
las sociedades con que impera el régimen capitalista de producción se nos aparece como un
inmenso arsenal de mercancías y la mercancía como su forma elemental”.
Hasta 1990 mi ocupación laboral única fue de taxista. Llevo ya casi 30 años jubilado, pero aún
conservo el espíritu y me encanta ejercerlo cuando paseo por las calles de Barcelona. Me
gusta ir a las paradas de taxi y charlar con los compañeros, del pasado y del presente que
bastante complicado lo tienen con la competencia desleal de los nuevos operadores de
transporte de viajeros. Les hablo de las huelgas y luchas en tiempos del franquismo y escucho
sus preocupaciones actuales.
En 1955 yo con 30 y Primi con 35 años, nos casamos e iniciamos nuestra vida en común.
Tuvimos un primer hijo que por desgracia perdimos pero la vida nos compensó con otro, del
que nos sentimos enormemente orgullosos. Uní mi vida a una maravillosa y bella mujer, nacida
en Cuba, de inmigrantes zamoranos que tuvieron que regresar, con sus 7 hijos, cuando ella
tenía tan solo tres años. Mi vinculación con Cuba comenzaba a forjarse, hasta tal punto que
acabaría siendo el eje de mi actividad y compromiso político y solidario. Hemos viajado a la isla
23 veces. La vinculación con la gente de allí ha sido enorme, al igual que el reconocimiento
oficial por mi entrega a la causa revolucionaria cubana. He recibido el más alto honor con el
que el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP) distingue a los amigos solidarios de
Cuba.
Mi actividad antifranquista estuvo presente desde el primer momento en Barcelona.
Colaboraba con el PCE y el PSUC como enlace y militante de base. Mi buzón de correos se
usaba de estafeta para repartir comunicados y materiales a militantes del partido. Siempre
rehuí los cargos y nunca tuve aspiraciones a ser dirigente y mucho menos cuando llegaron los
años de la legalidad y otras formas de hacer política y politiqueo, se instalaron en nuestra
organización. Formaba parte del STATC el sindicato de los taxistas en Cataluña.
A nivel personal no opté por lo que la mayoría de los compañeros hacían: contratar a
conductores o echar más horas que el reloj para sacar el máximo provecho de sus licencias. La
mayoría hicieron sus buenos dineros, se compraron sus propiedades en Barcelona o en sus
lugares de origen en plan vuelta del hijo pródigo. Yo nunca me sentí atraído por ese afán. De
hecho, no tenemos ni piso en propiedad. Hacía mi jornada y dedicaba el resto del tiempo a mi
actividad política, sindical o solidaria. Durante casi 25 años fui todos los días al consulado de
Cuba en Barcelona; donde de manera totalmente altruista, me acabé ocupando de las
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cuestiones de papeleo y como chófer de los compañeros cubanos que, desgraciadamente
desarrollaban su actividad diplomática con gran limitación de recursos, pero con una dignidad
encomiable. Nada que ver con lo que es el cuerpo consular de los demás países y la vida de
privilegiados que se pegan la mayoría.
Formaba parte del Casal de Amistad Cataluña-Cuba, dedicado a divulgar las bonanzas de la
revolución cubana y a denunciar el hostigamiento criminal del imperialismo yanqui, el cual
mediante atentados y sabotajes y con el genocida bloqueo instaurado desde 1960 y que ha
sido una espada de Damocles siempre, ha limitado el desarrollo económico y las posibilidades
de aquel pedacito de territorio tan digno y de sus gentes. Es algo totalmente inhumano y que
contrasta enormemente con la entrega solidaria que a pesar de tantos condicionantes
negativos, siempre ha mantenido Cuba con el resto de pueblos sometidos o sojuzgados por los
regímenes imperialistas o títeres, en los cinco continentes. La fragante injusticia cometida
contra este pueblo acabó convirtiéndonos a muchos en combatientes revolucionarios al otro
lado del océano. Estos años me han permitido conocer a compañeros maravillosos como los
Zapa, Cristóbal y el malogrado Fernando, un ejemplo para todos; al combatiente del Moncada
y siempre presente, Pedro Trigo, Constantino y a tantos y tantos compañeros más que
acabamos formando una enorme familia, compartiendo centenares de actividades solidarias e
intentando contrarrestar la infecta propaganda de los servidores del imperialismo yanqui
contra un humilde pueblo que no se ha dejado avasallar. Han pasado muchos años desde que
se inició esta actividad solidaria y hoy, más que nunca ha de seguir activa ante el paso adelante
que EE.UU. y sus lacayos han emprendido no solo contra Cuba sino contra todos aquellos
países y pueblos que no aceptan su tutela interesada. Como Cuba, Venezuela, Bolivia,
Nicaragua, Irán, Siria, Palestina, Sahara y muchos otros forman parte del objetivo estratégico
de dominación absoluta de la economía y de los recursos económicos del planeta que, como
siempre, las grandes élites económicas mundiales con sus instrumentos políticos y militares en
acción tienen en marcha. El ejemplo de dignidad y de resistencia que Cuba está dando al
mundo es una llama de ilusión para todos los que aspiramos a la construcción de un mundo
más justo. Y no podemos permanecer impasibles.
Por mi actividad clandestina en tiempos del franquismo, me tocó probar como a muchos más
el sabor de la represión y la dureza de las cárceles del régimen fascista. Me había salvado de
muchas; pero, a causa de la detención de un militante en Madrid le encontraron una lista de
nueve compañeros clandestinos, ocho en Madrid y uno en Barcelona. El de Barcelona, era yo,
el enlace. Me detuvieron un 7 de julio y me llevaron a celebrar los Sanfermines a las
dependencias de la tristemente célebre Via Layetana. La Brigada Político Social se ocupaba de
estos temas y con sus métodos bien conocidos de presión y tortura intentaron que delatara a
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mis compañeros en Barcelona, a los que utilizaban mi buzón como estafeta. No me sacaron ni
palabra y finalmente me dejaron marchar. Yo sabía que aquello era una estrategia para que los
llevara hacia ellos. Mi experiencia de taxista se iba a imponer. Conseguí escurrir el bulto de sus
seguimientos y puse en alerta a los compañeros. Como es lógico no iba a salir indemne. Acabé
frente al Tribunal de Orden Público (TOP), llamado con anterioridad, tribunal para la represión
de la masonería y el comunismo, ni más ni menos; y, en tiempos de la transición, blanqueado
como Audiencia Nacional. Se encargaba de darle apariencia jurídica a las tropelías represivas
del sistema. Junto a mis otros ocho compañeros nos procesaron por actividades
propagandísticas y políticas contra el orden establecido. Total, que me condenaron a tres años
de prisión y a una multa de 50.000 pesetas por ser militante comunista. Así acabé en la prisión
Modelo de Barcelona, una de las joyas de la corona franquista, con las expectativas de pasar
tres añitos de mi vida entre aquellas paredes.
Eran los últimos años de vida de Franco y el régimen, en lugar de aflojar la soga la había
apretado más. La lucha era máxima y las cárceles estaban, llenas a rebosar de antifranquistas
de diversas ideologías, aunque siempre ha predominado la anarquista y la comunista en sus
diferentes versiones. Aquella saturación había acabado convirtiendo a las cárceles en una
escuela de activismo y de preparación política.
Finalmente solo estuve tres meses porque me pilló una de las amnistías que comenzaron a
aplicarse y que sirvieron para sacar a muchos presos a la calle. Como contraprestación a lo que
era verdaderamente una ley de punto final que el régimen propició y que la llamada oposición
democrática aceptó, en nombre de la tan manoseada reconciliación nacional, permitiendo que
los asesinos y torturadores fascistas se fueran de rositas. No hacía mucho tiempo de la caída
de Julián Grimau, Salvador Puig Antich o los últimos cinco fusilados del franquismo.
Tres meses aunque puedan parecer poco tiempo comparado con los largos encierros de otros
camaradas luchadores, era una situación dura de afrontar. La experiencia carcelaria es sin
duda un trago difícil de digerir. Nuestras vidas cotidianas, las relaciones familiares y afectivas,
nuestra vida laboral, la simple libertad de movimiento, las pequeñas cosas de la vida, etc.
Adquieren una dimensión extraordinaria.
Todos sabíamos y éramos conscientes a lo que nos exponíamos con nuestro compromiso
político, lo que suponía caer en las garras represivas del aparato policial y la dureza del pase
por las prisiones franquistas. También éramos conocedores de que el período más crítico era el
de la detención y los interrogatorios en comisaria que se alargaban días y días; donde algunos
compañeros nuestros se dejaron la vida o los que mayormente probamos las más salvajes de
las técnicas de tortura aprendidas de los nazis. Por ello el paso por el tribunal y acabar en la
cárcel era un mal menor. El hecho de que hubiese tantos antifranquistas encerrados y la
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experiencia adquirida a lo largo de los años propició la construcción de una red de apoyo y
recursos impresionantes. Las duras condiciones de vida, la escasez de recursos para mantener
una mínima dignidad personal en higiene, alimentación o cuidados médicos era afrontada
desde la organización colectiva. Por mucho que la dirección de la prisión intentase evitarlo, la
mayoría de los partidos clandestinos funcionaban en las cárceles y en colaboración con el
exterior procuraban cuidarse de los suyos. Fue esencial en los años más duros del franquismo.
Se procuraba acompañamiento legal, recursos económicos a través de colectas que llegaban
de todas las partes del mundo, principalmente del exilio y ayuda también para los familiares de
los presos. Éramos una gran familia.
Cuando yo pasé por la Modelo de Barcelona el clima era efervescente. A consecuencia de la
enorme actividad sindical y política en aquellos años críticos, la represión había llenado las
prisiones de sindicalistas y militantes de izquierdas. Tuve oportunidad de conocer a muchos
camaradas, a algunos históricos luchadores y también pude dar rienda suelta a mi actividad
favorita, leer y aprender. El partido organizaba cursos de alfabetización y de formación política
para mejorar nuestra preparación y dotarnos de conocimientos esenciales para una exitosa
militancia. Aquí se consolidó mi pasión por la filosofía marxista-leninista. Había leído algunas
cosas pero me di cuenta de mi analfabetismo político y de la riqueza intelectual que formaba
parte esencial de la doctrina comunista: el materialismo histórico, el materialismo dialéctico, la
economía política, la filosofía, etc.; así como de la necesidad de su conocimiento. Allí conocí a
Engels y Lenin, también pude entender mejor a Marx. Me convertí en un devorador de libros y
de documentos. Cuanto más leía más era consciente de mi desconocimiento. Y así ha sido
hasta la fecha. Sigo leyendo cada día y no solo repasando a los clásicos, además he leído obras
de Mao Tse-Tung, de Ho Chi Ming, de Kim Il Sung, de Fidel Castro, del Ché y de muchos otros
revolucionarios que dejaron constancia escrita de sus planteamientos. También he aprendido
que para combatir al enemigo y a sus agentes también es preciso conocerlo. Así que intento
leer obras de autores no marxistas para estudiar sus planteamientos. Toda esta pasión ha
acabado por convertir en un rincón muy especial una habitación de mi casa, donde guardo mi
tesoro, una gran biblioteca que me encanta enseñar cuando me visitan los amigos.
Entre los camaradas he llegado a ser una especie de Pepito Grillo porque no he
desaprovechado ningún foro ni ninguna actividad para hacer mi reivindicación y mi alegato
revolucionario en defensa de unos principios ideológicos que considero han sido despreciados
y cuya vigencia estoy seguro que sigue presente. A medida que la sociedad nuestra sigue
siendo totalmente desigualitaria y donde los desheredados, como siempre, son vapuleados
por los bancos, por los empresario y por las administraciones al servicio de los poderosos.
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La izquierda actual se maneja dentro del sistema y no se plantea transformaciones radicales
que son muy necesarias, contentándose con que les dejen administrar parcelitas de poder
para lograr, como mucho, cambios cosméticos y no de fondo. Nada nuevo porque este ha sido
siempre el proceder de la socialdemocracia desde su existencia. Faltan voces auténticamente
revolucionarias e incomodan las voces críticas.
Cuando pido la palabra se echan a temblar. Llevo siempre tarjetitas con anotaciones y con
citas de los clásicos que suelo leer. Muchos ponen cara de: ¡el Tomi ataca de nuevo!
Reconozco que en el fragor de la batalla a veces me cuesta soltar el micro. Me siento como un
poeta al que han dado la oportunidad de recitar alguno de sus versos. La pasión me puede y
me duele no tener capacidades comunicativas mejores para poder exteriorizar todo eso que
tengo en mi interior con unas palabras más accesibles para todos. Los compañeros no se lo
toman a mal porque ya me conocen y creo que a pesar de todo, me tienen en una buena
consideración. Han sido muchos años de lucha y no sólo de discursos y buenas palabras. Mi
compromiso y honestidad han sido muy claros.
Como muchos otros compañeros de lucha, algunos de los cuales ya nos han dejado, encaro
mis últimos años de vida un tanto decepcionado. He vivido los momentos duros de la lucha
antifranquista donde nos jugábamos la vida y la libertad para derribar un régimen genocida
ilegítimo. Han sido muchos los miles de compañeros que quedaron por el camino para
conseguir una democracia plena y una sociedad igualitaria. La realidad es que pocos han
recogido el estandarte para proseguir esa batalla sin cuartel contra el capitalismo y el
imperialismo que campan a sus anchas de nuevo, tras la caída de la URSS, llevando su brazo
asesino a todos los rincones del planeta donde hayan recursos económicos de los que
apropiarse y que tutelan a las llamadas democracias occidentales, donde intervienen y marcan
los hilos de la política y la economía, manipulando a las poblaciones con el control de los
medios de comunicación. Nuestro país es un evidente ejemplo de ello.
Ya no oigo voces críticas, altavoces contestatarios que griten a los vientos la evidencia: por
mucho que nuestras sociedades tecnológicas hayan avanzado y presenten una cara de
modernidad, la esencia de las relaciones de poder y de control de la riqueza, la generación de
plusvalías y el trato digno de las personas siguen bajo un prisma similar a aquél que describían
Marx y Engels en la obra más relevante que jamás se ha escrito en la literatura liberadora, hace
más de 150 años: el Manifiesto Comunista. Será necesario volver a despertar ese fantasma que
recorría Europa y volver a los orígenes ideológicos para construir las herramientas adecuadas
que acaben con la política, en minúscula, al servicio de la gestión del capitalismo; y se vuelva a
hacer Política, con mayúscula, como verdadera arma de liberación de los oprimidos. Ojalá que
sea posible.