viernes, 30 de octubre de 2020

HOLA, LOLA.

 

 

 

 

 

 

 

  

Hola Lola.

Bienvenida al universo de los inmortales recuerdos. Tus pequeñitos e inocentes ojitos con que expresabas tu alegría por apretar entre tus manos un poquito de nuestra memoria común o al leer la modesta dedicatoria que desde el corazón te lanzaba, arrojaban al mundo una grandeza acumulada tal, que difícilmente se puede expresar con palabras. Tu frágil figura disimulaba el cofre inmenso donde ya reposan tus grandes sacrificios, tu castigada vida, los cobardes latigazos vertidos sobre tu espalda inocente y también, la enormidad de amor y entrega que prestaste a los tuyos, a los de tu sangre, a los de tu clase, a las de tu género. Noventa y dos años han dado para mucho y estamos convencidos que cuando tus pupilas se cerraron hace pocas horas, lo hicieron tranquilamente, reposadamente, al calor de tus hijos y nietos que hoy te lloran; pero con el sosiego que tu vida humilde y comprometida te aportó, con la alegría de ver la semilla que, mano a mano con tu José, habéis sembrado. Atrás quedaron las penalidades de la vida dura de los nuestros en la dictadura, lejos de las tierras que os vieron nacer, perseguidos y maltratados por comprometeros en la lucha por una vida mejor para todos, del terrible dolor de la cárcel y la muerte inmerecida, de la lucha por la supervivencia y por la dignidad, de tanta y tanta penalidad. Hoy preferimos quedarnos con los gratos momentos y la felicidad inmensa de ver crecer a los tuyos y la llegada de nuevas generaciones. Ahora es tu momento, el reencuentro con José, Marcelino, Josefina, Cipriano y tantos y tantas más que te precedieron. Nuestro compromiso es manteneros vivos. Y sabes que no te vamos a fallar. Lola, puedes marchar tranquila.

Alberto Valenzuela. 30 de octubre de 2020

domingo, 25 de octubre de 2020

¡NO PASARÁN!

 

¡NO PASARÁN!

 

A estas  alturas de la historia, ver como lo estamos viendo, estampas de exaltación nazi-fascista por todos los rincones del país, energúmen@s que a cara descubierta y que con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, hacen alarde de su defensa de la dictadura franquista y no se retraen en insultar y vilipendiar a las víctimas de la dictadura y a sus perseguidos y asesinados dirigentes, nos da una dimensión de hasta qué punto sigue presente un franquismo que pretendidamente había fenecido con la llegada de la transición.

 

Nada más lejos de la realidad. Los poderes del estado que sostenían las profundas estructuras del régimen y que habían parasitado todas las esferas de la administración y de influencia, no dan muestras de haber dejado atrás su papel activo en la consolidación de la dictadura y hacer efectiva de manera real y no solo teórica, de su apuesta por la democracia que suponía la nueva época, tras la muerte de Franco.

 

Casi 45 años después, se hace evidente que el dicho de “atado y bien atado”, que se le atribuye al genocida, no era tan solo una frase recurrente.

 

El poder económico, como viene siendo tradicional, pone a su servicio todos los recursos precisos  para evitar el recorte de su influencia y, como es lógico, de sus beneficios. Desde todos los frentes, los poderes fácticos se emplean a fondo para frenar el alcance de las reformas de tinte progresista que el gobierno social-comunista, como le llaman, intenta poner en marcha. Medidas que distan mucho de ser auténticamente revolucionarias, pero que suponen algunas mejoras puntuales, muy necesarias precisamente en unos momentos tan duros como los actuales, donde tantas personas están quedando desprotegidas y desvalidas ante la grave crisis económica asociada a la grave crisis sanitaria del covid-19.

 

La derecha política, con sus diferentes expresiones nacionales y nacionalistas, se presta encantada para intentar dar el estoque final a un gobierno desbordado por la enormidad y complejidad de la problemática actual. Con el necesario y machacón apoyo de la mayoría de los medios de comunicación, tienen puesta en marcha, de manera permanente y sostenida, una campaña de desprestigio, acoso e intoxicación informativa difícilmente soportable.

 

La catástrofe generada por el covid-19 es una oportunidad para poner en marcha, como ya pasara en los años 30 en la II República, una acción coordinada de acoso y derribo al gobierno, aunque para ello tengan que utilizar como rehenes a los ciudadanos. No es una pugna política honesta. Aunque se llenen la boca y las manos de patriotismo banderil, no hay tregua ni para unir esfuerzos de cara a combatir lo que debería ser para todos, la prioridad absoluta: la pandemia.

 

Llenan los jardines, las playas y otros espacios públicos de miles de banderitas como expresión de la “acción criminal de este gobierno dictatorial”. Da igual que cada una de ellas simbolice a  una de las víctimas del virus letal y que muchas de ellas hayan sido a consecuencia directa precisamente del quebranto provocado en los servicios públicos por los recortes aplicados por estos partidos que hoy pretenden abanderar la crítica a la acción gubernamental. Ejercicio de cinismo, hipocresía y mentira continua.

 

Todo vale para echar abajo al gobierno, incluso retomar prácticas golpistas y llamamientos a las fuerzas oscuras para que tomen cartas en el  asunto. A plena luz y sin esconderse amenazan y nos avisan. Se les ve envalentonados y aunque se parapetan en la bandera “constitucional”, cada vez se ven más aguiluchos e incluso directamente banderas pro-nazis, aumentan los signos de exaltación franquista y su activismo contra la recuperación de la memoria histórica. Proliferan las pintadas en monumentos o figuras republicanas, destrozos en carteles de señalización de lugares representativos, pintadas amenazantes en las fachadas de los locales de los partidos de izquierda. Hacen todo lo posible por hacerse visibles en las calles y entre gritos de “No a la dictadura”, que increíblemente estos energúmenos dirigen al legítimo gobierno actual, no les importa participar activamente de la exaltación del régimen criminal franquista. La misma realidad que sufrieron nuestros abuelos y que sabemos cómo acabó.

 

No parece que tengamos clara la estrategia a seguir frente a esta “nueva cruzada” que amenaza con llevarse por delante no sólo la aplicación de la suave Ley de Memoria Democrática, sino al propio gobierno, que está claro es el objetivo final. Hay quien defiende que no se debe entrar al trapo contra estas provocaciones, que se les ignore y que como un azucarillo acabará diluyéndose. Otros plantean una reacción abierta y clara, con el antifascismo como base y baluarte de la acción progresista.

 

Estaría bien aprender de la historia. La II República no se tomó en serio las amenazas golpistas ni la agresiva actividad de los falangistas y fascistas de la época. Quizá lo peor sería seguir mirándonos el ombligo y no aunar un esfuerzo unitario que priorice la denuncia y el combate contra ese fascismo que nunca nos dejó e intenta cual ave fénix resurgir de sus cenizas. No se apagaron bien y ahí tenemos el resultado.

 

15 octubre 2020

domingo, 11 de octubre de 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 7. ¿Cómo seguir adelante?

 

¿Cómo seguir adelante?

Resulta difícil encontrar motivos y palabras para sacar fuerzas e ilusionarse con el futuro. Los que ya tenemos una edad tiramos de filosofía pragmática y nos contentamos con ir tirando, que se dice. Ya hace tiempo que nos hemos dejado de ensoñaciones de antaño, de jubilaciones paradisíacas y de tranquilidad absoluta, dedicándonos a nuestro huertecito, nuestros paseos y algún que otro viaje. Eso si no nos toca ejercer de abuelos militantes.

 

En mi caso todavía no he llegado ni a lo uno ni a lo otro. Me obligan a seguir siendo productivo y a contribuir a la llamada normalidad. Mientras, veo a mi hija como año tras año se está sacrificando para forjarse un futuro laboral exitoso, con la esperanza que tanto esfuerzo finalmente se vea recompensado.

 

Desgraciadamente tampoco son buenos tiempos para nuestros jóvenes. La crisis anterior obligó a muchos de ellos al exilio económico en otros países, a la búsqueda de una oportunidad que se les niega en su país. Muchos han tenido que regresar ya que la situación económica y laboral también es negativa en esos países, donde desgraciadamente la mayoría de ellos no han conseguido acceder a empleos acordes a su preparación y no son pocos los que han tenido que conformarse con trabajos de baja cualificación, como camarer@s o dependient@s.

 

La pandemia ha agudizado aún más el problema y la crisis económica que parecía que había comenzado a remitir por fin en nuestro país, se interna más y más en el pozo, con lo que la perspectiva de futuro para ellos se antoja poco optimista.

 

¿Cómo los jóvenes de hoy pueden embarcarse en la aventura de la emancipación? Si el ámbito laboral se antoja especialmente complicado, no lo es menos iniciar una vida propia, solo o en pareja; y ya no digamos de la llamada del reloj de la maternidad, que cada vez se aleja más de las edades tradicionalmente dedicadas a ello. Tanto que, para muchas jóvenes se atisba una complicada decisión, no solo por el tema de la edad sino por la quiebra profesional que supone para muchas el hecho de ser madres. 

 

Todo ello es un cúmulo de presión sostenida que acaba afectando a todas las esferas personales y genera un estrés añadido, con visos de acabar siendo crónico y que, sin duda, pasará factura también en el futuro.

 

Las generaciones anteriores a nosotros estuvieron marcadas trágicamente por la guerra, la dura posguerra y la terrible dictadura. Nosotros que deberíamos disfrutar de épocas más positivas o tranquilas parece que, al final, acabaremos bajo el influjo de una presión negativa similar. Que se preparen las siguientes generaciones, los abuelitos tendremos muchas batallas que explicar.

 

7 octubre 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 6. El futuro de nuestros hijos

 

El futuro de nuestros hijos

La inacabable crisis sanitaria que impregna todos los espacios públicos y privados nos señala a determinados colectivos como los más afectables por sus consecuencias. Los mayores, los de riesgo médico, el personal sanitario que debe enfrentar en primera línea la pandemia, los trabajadores  de la educación, etc. Pero pienso que poca atención se está poniendo en nuestros niños y jóvenes en edad de formación; que, como se suele decir tópicamente, son el futuro.

 

Estamos de acuerdo que en estos momentos la prevención es lo primero y que una gran parte de los esfuerzos han de dirigirse a evitar los contagios, pero el impacto psicológico-emocional y educativo va a ser muy elevado. Por un lado, las medidas de seguridad obligan a cercenar el libre y necesario desenvolvimiento con el que han de crecer y desarrollarse los más pequeños, limitando su movilidad y su necesaria curiosidad táctil y de contacto con sus pares, siempre bajo la atenta supervisión de adultos, se antoja como un importante condicionante para su normal desarrollo, más cuando la situación se alarga n el tiempo y no hay visos de finalización.

 

En edades superiores, al tema de la rigidez en las relaciones personales y sociales, se une la incidencia que puede darse en la adquisición del currículum académico correspondiente. Han sido y son muchos meses de desconcierto y descontrol, con la imposición de la moda on line y la relajación a la hora de evaluar la adquisición de esos conocimientos; además de la lógica alegría de los estudiantes por la manga ancha, cuando no aprobación general, con la que la administración educativa ha intentado enfriar la traumática situación, se antoja como perjudicial esta laxitud en el nivel de exigencias académicas que, a la postre, pueden ser negativamente determinantes en el futuro educativo, laboral e incluso personal para muchos de nuestros niños y jóvenes.

 

Para los universitarios que han acabado o están prontos a finalizar en estos meses sus estudios de grado o máster la previsión no parece más halagüeña.  Y no sólo por las dificultades añadidas que comporta el cambio en los hábitos de estudio, el imperio de las nuevas tecnologías. Los nuevos sistemas de evaluación a distancia ponen en cuestión la valoración posterior de estos estudios en el mundo laboral. Existe un evidente peligro de descrédito que puede caer sobre todas las titulaciones universitarias o profesionales obtenidas durante este tiempo, por lo que el enorme esfuerzo que la inmensa mayoría de los universitarios (y sus familias) realizan puede resultar estéril o considerablemente afectado, con su implicación sobre la vida futura de nuestros hijos.

 

 3 Octubre 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 5. Los sesenta me persiguen.

 

Los sesenta me persiguen.

Rondar los sesenta impone alguna reflexión extra. El problema es que las circunstancias actuales no facilitan el que este ejercicio introspectivo se haga con algún tinte optimista, Los achaques, la pérdida de rendimiento físico y mental tampoco ayuda. Se suele utilizar el tópico de que la edad es la interior, pero tengo claro que por mucho esfuerzo que dediquemos a convencernos con este argumento acabamos chocando con la realidad.

En otras épocas llegar a esta edad te situaba ya en la antesala de la tercera edad. La jubilación marcaba un nuevo estado vital que imponía una reorganización importante, tanto del espacio cotidiano como de los planteamientos de futuro. Claro que si ese período de nuestra vida venía acompañado de una paga decente, era más fácil.

 

Hoy, esta opción está reservada para una parte selecta de elegidos sociales: los funcionarios. Pocos más conservan el privilegio de decir adiós a la vida laboral con sesenta años y hasta no hace mucho con cincuenta y cinco. El resto de los humanos, dependiendo de circunstancias como la fecha de nacimiento y los años cotizados, hemos de esperar hasta siete años y con el triste convencimiento que para sobrevivir deberemos sobrepasar ese límite o buscar formas complementarias de ingresos. Algunos arrastramos las diferentes crisis económicas de las últimas décadas que han asolado nuestro país y que nos ha repercutido, por un lado, en la imposibilidad de generar un ahorro preventivo como habían intentado inculcarnos nuestros mayores; y lo que es peor, por los altibajos en el empleo no haber acumulado la antigüedad y las bases de cotización suficientes para cobrar una pensión mínimamente decente.

 

Es aquí donde nuestras limitaciones nos pueden pasar factura. Ni física ni mentalmente vemos como muy factible ese sacrificio extra que se nos viene encima. Y si además formas parte de ese gran colectivo de desahuciados y expulsados laborales que perdimos nuestro trabajo (para toda la vida), ahora con la crisis del covid19 o en las anteriores, más oscuro se nos antoja el horizonte.

 

El mercado laboral está patas arriba; la precariedad es absoluta; el cambio tecnológico se muestra más presente que nunca, etc. Por lo que las oportunidades laborales son escasas para los de nuestra edad especialmente. Tristemente, para muchos, la única alternativa que queda es tramitar la ayuda para mayores de 52 años, que supone tener que sobrevivir con poco más de 400 euros hasta la jubilación. Aunque parece ser que cuando llegue ese momento el cambio no va a ser muy perceptivo y esa época de nuestra vida que debería caracterizarse por la tranquilidad y el sosiego, habrá pasado a mejor vida.

                                                                                                                            2 octubre 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 4. ¿Hay vida más allá del covid 19?

 

¿Hay vida más allá del covid 19?

Pocos aspectos de lo que hace siete meses era nuestra vida cotidiana ha quedado sin sufrir afectación. Tanto en el espacio privado como en el de las relaciones sociales padecen intensamente las secuelas de esta pandemia. Y lo que es peor, que no adivinamos el tiempo que se puede alargar, por lo que las consecuencias pueden extenderse e intensificarse hasta unos límites difícilmente evaluables.

 

Veo a los niños en la puerta de los colegios embozados en su mascarilla, teledirigidos en todos sus movimientos y con carita de circunstancias. Los mayores, oteando a derecha e izquierda al resto de presentes, intentando descubrir alguna ausencia que pudiese indicar que el virus ha roto las defensas, bastante débiles, que por la carencia de recursos y el poco interés efectivo adoptado por las autoridades escolares, vence los esfuerzos intensos que llevan a cabo los profesionales, que no pueden eludir el estar allí para desarrollar su importantísimo trabajo; mucho más si cabe, en los momentos actuales.

 

Hablo con maestros, con trabajadores de servicios auxiliares, con padres y todos comparten el miedo y las críticas a las evidentes carencias. Al final, da la sensación que todo queda en una apuesta a la suerte. Muchos padres, si pudieran, no llevarían a los niños al colegio, pero la mayoría no tienen elección: han de ir a continuar siendo productivos y también a exponerse a más situaciones de riesgo. Algo tan cotidiano como utilizar el transporte público para llegar a tu centro de trabajo se ha convertido en una exposición peligrosa y una arriesgada actividad.

 

Es difícil valorar el alcance del trauma asociado que inevitablemente conlleva vivir la vida con estos condicionantes. Cuesta estar centrado y rendir en alguna acción. Doy clase y tengo que estar más pendiente de la higiene, las distancias, la ventilación, el estado médico de mis alumnos y de no tocar nada que de impartir la materia que corresponde. Hay un intento por recuperar una cierta normalidad, la mayoría de veces por obligación.

 

Seis meses sin actividad laboral y si es sin ingresos, no dejan muchas posibilidades de elección, pero no resulta fácil. Tampoco para los alumnos, parados de larga duración, desvalidos por las consecuencias terribles que la crisis sanitaria está generando en el mercado laboral, sin más elección que seguir la búsqueda de una oportunidad que les saque de la extensa lista   de desocupados y, por un tiempo, les dé un respiro, aunque los salarios que se ofrecen sean más propios de un estado semiesclavista.

 

Como siempre, la crisis no afecta a todo el mundo por igual. Los desfavorecidos tienen muchos números para recibir por todos lados. A pesar de tener un gobierno pretendidamente progresista, los muchos intentos que promueven no cuajan fácilmente, no cesan los obstáculos de todo tipo y desde todas las instancias. Querer hacer política para la mayoría supone inevitablemente tocar a los privilegiados y éstos no están muy por la labor. Aún así se han brindado ayudas nunca vistas como los ERTE para las empresas en crisis, el apoyo a los autónomos y una renta mínima (que no acaba de llegar a todos los que la precisan); pero, la falta de recursos económicos así como el sabotaje desde dentro de las propias instituciones del estado complican enormemente su traducción material. Tampoco ayuda la crítica destructiva continua desde sectores que se autodenominan progresistas.

 

29 septiembre 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 3. ¡Sálvese el que pueda!

 

¡Sálvese el que pueda!

Malos tiempos para priorizar el bien colectivo. Aunque estamos inmersos en una crisis social que afecta a todos y cuya solución pasa por arbitrar medidas globales a través de una acción colectiva armonizada; parece evidente la complejidad que supone la traducción efectiva de las medidas preventivas necesarias.

 

La problemática añadida a la pandemia, por el covid19, es la facilidad de su transmisión. A diferencia de otras grandes crisis sanitarias (como el SIDA), no precisa de un ejercicio más o menos de voluntad o activo para enfermar. Basta con bajar la alerta. Confiar en exceso de personas y espacios más o menos familiares ha acabado con muchas personas confinadas u hospitalizadas si han mostrado síntomas; y con muchos otros, convertidos sin quererlo, en agentes transmisores de manera asintomática; en un viaje que se muestra fundamentalmente individual. Al menos precisa de una estrategia personal.

                                                  

Esta acción individualizada  se puede manifestar de dos maneras. Por un lado, siendo conscientes de la dimensión profunda del problema, entender que hay que observar una conducta activa de prevención y no solo por nosotros mismos sino también hacia los demás, en especial cuando nos relacionamos con personas en especial riesgo, como nuestros mayores. Todo ello sin entrar en pánico, que nunca ayuda, hay que manejarse con sensatez, evitando el máximo la exposición a situaciones y personas de riesgo, y tomando las medidas de prevención que se han mostrado eficaces.

 

Por otro lado, desgraciadamente asistimos a tener que convivir con personas irresponsables que tienen comportamientos absolutamente egoístas y negligentes, por acción o por omisión. Estamos rodeados de expertos médicos y viró

logos por todos lados, de negacionistas de la evidencia, de propagadores de mensajes esotéricos o ultrarreales que se obstinan en convencernos de que no hay que hacer caso a todo esto, que no es para tanto.

 

A todo ello hay que añadir el lamentable espectáculo de los dirigentes políticos y el conflicto de fondo que plantea que hay que elegir entre economía o salud. Ante todo ello, lo que decía el clásico: “que dios nos pille confesados”.

 

29 septiembre 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 2. ¿Vale la pena ilusionarse con el futuro?

 

¿Vale la pena ilusionarse con el futuro?


Cada vez es más complicado eso de no acabar arrastrado por el pesimismo que nos envuelve a consecuencia de la crisis sanitaria, económica, social e incluso personal que padecemos, no por voluntad propia. Desde todas las tribunas insisten en que no hay que dejarse llevar por el pánico, que la situación la tienen controlada y que con un poco de sacrificio y disciplina seremos capaces de convivir con la catástrofe. Para darnos ejemplo que ellos son los primeros, nos brindan imágenes entrañables de sus hazañas, como inaugurar dispensadores de gel hidroalcohólico en el metro o el acto de corte de la cinta inaugural de las terrazas que habían permanecido cerradas para evitar el contagio entre nosotros. Envueltos en decenas de banderas, arropados por decenas de cargos de confianza excelentemente remunerados, respaldados por una caterva de pseudoperiodistas voceros a sueldo, cuya función es distraer acerca del fondo real de esta crisis, profesionales de hacer ruido e impedir que opiniones críticas o discrepantes se puedan expresar, presentadores-estrella ejerciendo de telepredicadores al servicio de los poderes fácticos, etc. Todo ello forma parte del circo-carnaval imperante con el objetivo de entretener, desinformar, distraer, poner el foco en temas intrascendentes o engrandeciendo asuntos que no deberían tener ninguna trascendencia. Serviles cuervos para los que todo sirve, todo por la causa, todo por la patria. Todo ello acaba provocando un cansancio, una insensibilización social, un hastío que favorece la inacción de los sufridos ciudadanos; que, mayoritariamente acaban aceptando como inevitable e inamovible esta realidad.

 

Da igual que no tengamos médicos para asegurar una mínima atención sanitaria; da igual que la mayor parte de los servicios públicos estén gravemente afectados, bajo mínimos o ausentes. Se asiste impávido al caos educativo, al desastre en las residencias, a la terrible amenaza de la exclusión laboral y con ella a la social. ¡Sálvese el que pueda! ¡Virgencita, que me quede como estoy!

 

Desde las organizaciones sociales se intenta hacer una denuncia sobre todo ello y forzar a nuestros mandamases a afrontar realmente la terrible crisis; que, como siempre, no afecta a todos por igual. Las fuerzas reaccionarias ya no se molestan ni en esconder su porte clasista y, tras culpabilizar a los pobres de aquí o venidos de más allá, nos obligan a confinarnos en nuestros barrios, guetos insalubres, para evitar que trasmitamos el mal a los ciudadanos decentes.

 

Muchos son los intentos de concienciación y movilización, a pesar de las circunstancias tan desfavorables. Cada vez son más los colectivos que muestran en la calle su abandono y maltrato, aumenta el número de ciudadanos que no se limita a pelearse con la televisión o a la crítica en el bar, pero se antoja insuficiente y minoritaria. Es mucha la frustración y la desesperación contenida, poca la confianza en la existencia de políticos honrados, muchos los motivos que día a día nos dan para acabar desanimados y finalmente derrotados, entregados. El capitalismo cuando no crea estas crisis, las aprovecha en su beneficio para recuperar parcelas perdidas por la lucha sindical y política.

 

¿Sabremos entender que las claves son eternamente las mismas? Sin comprometernos, sin hacer frente a su agresión, sin combatir su desánimo no hay futuro como seres humanos dignos. El combate clasista no es algo que haya acabado enterrado por el devenir histórico. Las recetas para hacer frente a este embate son las de siempre, repetidas como tópicos: “la unión hace la fuerza”. Hay que conseguir sumar a todos los colectivos en pie y generar una presión común para forzar el cambio. Como siempre se ha hecho y se ha demostrado resolutivo. Sin embargo, muchos siguen disparándose al pie o al pianista, enredados en la eterna discusión purista o utópica.

 

Sí, ciertamente es difícil ser mínimamente optimista y tener confianza en el futuro. Y más si esperamos que llegue por sí solo. Mal lo tenemos.

                                                                                                                    29 septiembre 20202

CRÓNICAS PANDÉMICAS 1. PASMOSOS

 PASMOSOS.


Resulta increíble la pasmosa asunción con la que todos nosotros asistimos a la mayor catástrofe humanitaria que en muchas décadas ha sufrido nuestro país y el mundo en general. Hasta hace bien poco nos erizaba la piel, por ejemplo, el número de fallecidos en accidentes de tráfico: 800 en 2018 y 1.098 en 2019 y desde las administraciones se ponían en marcha campañas a cuál más sangrante y medidas coercitivas como la retirada de puntos del carnet, porque resultaba inasumible para nuestra sociedad este volumen de fallecimientos.  A fecha de hoy, 21 de septiembre de 2020 las estadísticas oficiales nos dicen que son unos 30.500 los muertos a resultas de la pandemia del covid19, en tan solo 6 meses.

 

Hay que retrotraerse a la guerra para encontrar unas cifras similares. Supone un promedio de 5.000 fallecidos al mes, unos 170 diarios. El problema que nos dan las estadísticas es que el papel o los gráficos no diluyen el drama personal que hay tras cada uno de estos fallecidos y sus familias, ni debiera hacerlo con la verdadera dimensión de lo que está sucediendo.

 

La indecente disputa política y mediática a la que asistimos a través de todos los medios de comunicación, aporta un plus de cinismo e hipocresía verdaderamente vomitivos. Cuando todos los recursos y esfuerzos deberían dirigirse a abordar esta emergencia evidente, hemos de asistir a un interminable circo de acusaciones, justificaciones, reproches, evasivas y, por encima de todo, evidentes negligencias. Mientras, miles de ciudadanos continúan enfermando, perdiendo la vida, sufriendo graves secuelas o, sin saberlo, siendo portadores y transmisores del virus letal.

 

 

 

Paralelo a la crisis sanitaria se dan múltiples problemáticas consecuencia directa o indirecta de la pandemia, donde ha quedado reflejada la debilidad, fragilidad y virtualidad de nuestro pretendido estado social de derecho. Nuestras vidas han quedado totalmente alteradas y condicionadas, en medio del desconcierto generado por la falta de claridad en cuanto a las medidas y precauciones personales y sociales que hay que tomar. Una vez más, la vertiente económica pretende marcar el paso y para salvar la actividad productiva, o sea sus beneficios, nos hacen caminar cual funambulistas por una realidad llena de riesgos y donde todas acabamos mirándonos como un potencial peligro.

 

En medio de la persistente cifra de infectados, hospitalizados y muertos hemos de aprender a manejarnos en esa realidad indeterminada. Los niños han de ir al colegio, los currantes al trabajo. Desde las instituciones pretenden convencernos de una pretendida normalidad, pero muchos de sus centros de atención ciudadana siguen cerrados o con un acceso totalmente controlado. Realizar una gestión o pedir una cita se ha convertido en una carrera de obstáculos, de frustraciones, de rabia y lógicamente de ira. Toda una serie de situaciones que contradice evidentemente el obstinado intento de nuestros dirigentes que hagamos una vida normal.

 

Pero, raro es el día que no nos llegan noticias de conocidos que han acabado infectados o de fallecidos por el covid19 o por la quiebra sanitaria que nos ha dejado inermes ante cualquier otro mal. La atención sanitaria, de la que tanto se ha presumido ha colapsado y conseguir una mínima atención médica es una hazaña o como para echarse a temblar si hay que ir a parar finalmente a un hospital.

 

Malos tiempos para los débiles. Y para los pobres.  Porque una cosa está dejando en evidencia la pandemia: según los recursos económicos, las condiciones de vida que has alcanzado o incluso tu lugar de residencia, te convierten en diana prioritaria y tendrás muchas papeletas para acabar contagiado por muchas medidas de precaución que tengas. Bastantes personas viven con pánico su vida cotidiana pero la obligación impone salir del cubículo. Hay que comer.

 

De momento, los árboles no nos dejan ver el bosque. La inmediatez y la urgencia están sentando las bases de un trauma social cuyo alcance quizá podremos valorar a posteriori, pero que se antoja brutal. Cuánto más se alargue en el tiempo, mayores serán las consecuencias acumuladas. La ruptura de los hábitos normales, el manejarnos en medio de alertas y medidas cautelares cuya eficacia no está confirmada, el tener que centrar esfuerzos y atención prioritaria en nuestra acción rutinaria se convierte en una prioridad absoluta, con lo que no se aborda con profundidad la actividad humana y social como debería ser en condiciones de normalidad.

 

¿Cómo se  puede rendir en la escuela, en el trabajo o socialmente, si estamos atrapados en la telaraña pandémica? ¿Cuáles serán a posteriori las consecuencias? ¿Cómo afectará al desarrollo madurativo de nuestros pequeños? Como siempre, en las tragedias colectivas hay sectores especialmente castigados.  El volumen mayor de los fallecidos lo ocupan nuestros mayores. Se dice que el virus se ha cebado especialmente con ellos, pero el covid19 solo ha sido el agente exterminador, actuando a sus anchas dentro de esas estructuras mercantilistas, de encierro multitudinario, en lo que han acabado las residencias donde deberían vivir con el máximo de cuidado, atención, amor y tranquilidad los últimos años de su vida. Lo poco que conocemos parece confirmar un silente genocidio que, poco a poco nos está dejando sin ellos. Imaginar, tan solo, las vivencias y los miedos por los que han pasado y desgraciadamente seguirán pasando, debería erizarnos la piel. Es del todo inconcebible que asistamos a una nueva repetición del drama en el nuevo repunte de pandemia y no se hayan arbitrado medidas drásticas para salvar a nuestros mayores. Deben alucinarlos pobres, mirando la televisión y escuchando a la cuadrilla de voceros y pseudopolíticos que se limitan a tirarse los trastos a la cabeza, repartir culpabilidades y dilatar, semana tras semana, una acción sólida y eficaz para cerrar las puertas al virus.

 

29 septiembre 2020