domingo, 11 de octubre de 2020

CRÓNICAS PANDÉMICAS 2. ¿Vale la pena ilusionarse con el futuro?

 

¿Vale la pena ilusionarse con el futuro?


Cada vez es más complicado eso de no acabar arrastrado por el pesimismo que nos envuelve a consecuencia de la crisis sanitaria, económica, social e incluso personal que padecemos, no por voluntad propia. Desde todas las tribunas insisten en que no hay que dejarse llevar por el pánico, que la situación la tienen controlada y que con un poco de sacrificio y disciplina seremos capaces de convivir con la catástrofe. Para darnos ejemplo que ellos son los primeros, nos brindan imágenes entrañables de sus hazañas, como inaugurar dispensadores de gel hidroalcohólico en el metro o el acto de corte de la cinta inaugural de las terrazas que habían permanecido cerradas para evitar el contagio entre nosotros. Envueltos en decenas de banderas, arropados por decenas de cargos de confianza excelentemente remunerados, respaldados por una caterva de pseudoperiodistas voceros a sueldo, cuya función es distraer acerca del fondo real de esta crisis, profesionales de hacer ruido e impedir que opiniones críticas o discrepantes se puedan expresar, presentadores-estrella ejerciendo de telepredicadores al servicio de los poderes fácticos, etc. Todo ello forma parte del circo-carnaval imperante con el objetivo de entretener, desinformar, distraer, poner el foco en temas intrascendentes o engrandeciendo asuntos que no deberían tener ninguna trascendencia. Serviles cuervos para los que todo sirve, todo por la causa, todo por la patria. Todo ello acaba provocando un cansancio, una insensibilización social, un hastío que favorece la inacción de los sufridos ciudadanos; que, mayoritariamente acaban aceptando como inevitable e inamovible esta realidad.

 

Da igual que no tengamos médicos para asegurar una mínima atención sanitaria; da igual que la mayor parte de los servicios públicos estén gravemente afectados, bajo mínimos o ausentes. Se asiste impávido al caos educativo, al desastre en las residencias, a la terrible amenaza de la exclusión laboral y con ella a la social. ¡Sálvese el que pueda! ¡Virgencita, que me quede como estoy!

 

Desde las organizaciones sociales se intenta hacer una denuncia sobre todo ello y forzar a nuestros mandamases a afrontar realmente la terrible crisis; que, como siempre, no afecta a todos por igual. Las fuerzas reaccionarias ya no se molestan ni en esconder su porte clasista y, tras culpabilizar a los pobres de aquí o venidos de más allá, nos obligan a confinarnos en nuestros barrios, guetos insalubres, para evitar que trasmitamos el mal a los ciudadanos decentes.

 

Muchos son los intentos de concienciación y movilización, a pesar de las circunstancias tan desfavorables. Cada vez son más los colectivos que muestran en la calle su abandono y maltrato, aumenta el número de ciudadanos que no se limita a pelearse con la televisión o a la crítica en el bar, pero se antoja insuficiente y minoritaria. Es mucha la frustración y la desesperación contenida, poca la confianza en la existencia de políticos honrados, muchos los motivos que día a día nos dan para acabar desanimados y finalmente derrotados, entregados. El capitalismo cuando no crea estas crisis, las aprovecha en su beneficio para recuperar parcelas perdidas por la lucha sindical y política.

 

¿Sabremos entender que las claves son eternamente las mismas? Sin comprometernos, sin hacer frente a su agresión, sin combatir su desánimo no hay futuro como seres humanos dignos. El combate clasista no es algo que haya acabado enterrado por el devenir histórico. Las recetas para hacer frente a este embate son las de siempre, repetidas como tópicos: “la unión hace la fuerza”. Hay que conseguir sumar a todos los colectivos en pie y generar una presión común para forzar el cambio. Como siempre se ha hecho y se ha demostrado resolutivo. Sin embargo, muchos siguen disparándose al pie o al pianista, enredados en la eterna discusión purista o utópica.

 

Sí, ciertamente es difícil ser mínimamente optimista y tener confianza en el futuro. Y más si esperamos que llegue por sí solo. Mal lo tenemos.

                                                                                                                    29 septiembre 20202

No hay comentarios:

Publicar un comentario