¿Vale la pena ilusionarse con el futuro?
Cada vez es
más complicado eso de no acabar arrastrado por el pesimismo que nos envuelve a
consecuencia de la crisis sanitaria, económica, social e incluso personal que
padecemos, no por voluntad propia. Desde todas las tribunas insisten en que no
hay que dejarse llevar por el pánico, que la situación la tienen controlada y que
con un poco de sacrificio y disciplina seremos capaces de convivir con la
catástrofe. Para darnos ejemplo que ellos son los primeros, nos brindan
imágenes entrañables de sus hazañas, como inaugurar dispensadores de gel
hidroalcohólico en el metro o el acto de corte de la cinta inaugural de las
terrazas que habían permanecido cerradas para evitar el contagio entre
nosotros. Envueltos en decenas de banderas, arropados por decenas de cargos de
confianza excelentemente remunerados, respaldados por una caterva de
pseudoperiodistas voceros a sueldo, cuya función es distraer acerca del fondo
real de esta crisis, profesionales de hacer ruido e impedir que opiniones
críticas o discrepantes se puedan expresar, presentadores-estrella ejerciendo
de telepredicadores al servicio de los poderes fácticos, etc. Todo ello forma
parte del circo-carnaval imperante con el objetivo de entretener, desinformar,
distraer, poner el foco en temas intrascendentes o engrandeciendo asuntos que
no deberían tener ninguna trascendencia. Serviles cuervos para los que todo
sirve, todo por la causa, todo por la patria. Todo ello acaba provocando un
cansancio, una insensibilización social, un hastío que favorece la inacción de
los sufridos ciudadanos; que, mayoritariamente acaban aceptando como inevitable
e inamovible esta realidad.
Da igual que no tengamos
médicos para asegurar una mínima atención sanitaria; da igual que la mayor
parte de los servicios públicos estén gravemente afectados, bajo mínimos o
ausentes. Se asiste impávido al caos educativo, al desastre en las residencias,
a la terrible amenaza de la exclusión laboral y con ella a la social. ¡Sálvese
el que pueda! ¡Virgencita, que me quede como estoy!
Desde las organizaciones
sociales se intenta hacer una denuncia sobre todo ello y forzar a nuestros
mandamases a afrontar realmente la terrible crisis; que, como siempre, no
afecta a todos por igual. Las fuerzas reaccionarias ya no se molestan ni en
esconder su porte clasista y, tras culpabilizar a los pobres de aquí o venidos de
más allá, nos obligan a confinarnos en nuestros barrios, guetos insalubres,
para evitar que trasmitamos el mal a los ciudadanos decentes.
Muchos son los intentos de
concienciación y movilización, a pesar de las circunstancias tan desfavorables.
Cada vez son más los colectivos que muestran en la calle su abandono y
maltrato, aumenta el número de ciudadanos que no se limita a pelearse con la
televisión o a la crítica en el bar, pero se antoja insuficiente y minoritaria.
Es mucha la frustración y la desesperación contenida, poca la confianza en la
existencia de políticos honrados, muchos los motivos que día a día nos dan para
acabar desanimados y finalmente derrotados, entregados. El capitalismo cuando
no crea estas crisis, las aprovecha en su beneficio para recuperar parcelas
perdidas por la lucha sindical y política.
¿Sabremos entender que las
claves son eternamente las mismas? Sin comprometernos, sin hacer frente a su
agresión, sin combatir su desánimo no hay futuro como seres humanos dignos. El
combate clasista no es algo que haya acabado enterrado por el devenir
histórico. Las recetas para hacer frente a este embate son las de siempre,
repetidas como tópicos: “la unión hace la fuerza”. Hay que conseguir sumar a
todos los colectivos en pie y generar una presión común para forzar el cambio.
Como siempre se ha hecho y se ha demostrado resolutivo. Sin embargo, muchos
siguen disparándose al pie o al pianista, enredados en la eterna discusión
purista o utópica.
Sí, ciertamente es difícil
ser mínimamente optimista y tener confianza en el futuro. Y más si esperamos
que llegue por sí solo. Mal lo tenemos.
29 septiembre 20202
No hay comentarios:
Publicar un comentario