viernes, 14 de diciembre de 2018

ARRUGAS, CANAS,…., DIGNIDAD.


ARRUGAS, CANAS,…., DIGNIDAD.

Vivimos tiempos convulsos. Lo peor de la crisis ha pasado, dicen. El coste está amortizado, dicen. Los grandes problemas actuales son más profundos, dicen. Los pajaritos cantan y las nubes se levantan. Tras los grandes titulares televisivos y las grandilocuentes palabras de unos y otros; en nombre pretendidamente de todos nosotros nos señalan las pautas de los acontecimientos y como directores de orquesta marcan el compás para que bailemos en su fiesta nacional. Unos y otros.

Mientras compiten por ver quién concentra más banderas y participantes por metro cuadrado o haber quién la tiene más grande (la bandera, claro); unas cuantas personas valientes, semana tras semana, desde hace muchos meses, pasean sus arrugas y sus canas, marea tras marea, marcha tras marcha, reivindicando unos derechos básicos pisoteados y no recuperados tras el genocidio económico de los últimos diez años que ha multiplicado las cifras de desamparados y de excluidos sociales.

Con frío o calor, con cansancio, rabia y frustración acumuladas; pero, con una enorme dignidad, muchos de nuestros mayores, nuestros yayos y yayas, muchas veces desde la soledad y el abandono por parte de los que deberían abanderar esas reivindicaciones, han sacrificado su tranquilidad, su comodidad, a sí mismo y a los suyos para intentar hacer visible en nuestras calles, la dura realidad de muchos de sus conciudadanos y las tragedias que se viven, aún hoy en día, en muchos hogares.

Trascendiendo, la mayoría de veces su propia situación, reivindican derechos fundamentales para todos, tan descabellados como pedir una jubilación, un trabajo, una sanidad, una educación dignas y nos dan un ejemplo de compromiso inconmensurable. No saben hacer otra cosa. Son los mismos que años atrás tuvieron que romperse la cara contra el franquismo, los que tuvieron que batallar en las fábricas y en los barrios y que forzaron la consecución de esos derechos humanos básicos pero fundamentales que los gobiernos neoliberales, de un color y de otro, han mandado al traste en los últimos años.

Quizá no sean grandes entendidos de la macro y la microeconomía, de las coyunturas y demás monsergas tertulianas con que nos aburren y nos adormecen desde las altas esferas. Desde su humildad, desde su sencillez, desde el compromiso activo y real, desde su coherencia sólo entienden una cosa: la lucha es el único camino.  Si los ves…únete. Es por ti, por mí, por todos.

diciembre 2018

viernes, 31 de agosto de 2018

Ayer estuve en el infierno











16 de agosto de 2018

Ayer estuve en el infierno

La puerta, siempre cerrada a cal y canto tras una intimidante verja asegurada por sólidas y resistentes cadenas, se abrió. Tras muchas y dilatadas en el tiempo gestiones conseguimos acceder al interior de la ermita de San Antón.
Mientras la persona que nos abría peleaba con el candado herrumbroso, mis latidos se aceleraban y mi respiración, bajo un sol de agosto castigador, se detenía a la espera de la apertura de la puerta que daba acceso a las entrañas del infierno. Paradójico por tratarse de una ermita, pero muy real; aunque pretendan ahogar vuestros gritos y sufrimientos con el paso del tiempo.
La ermita de San Antón ha sido lugar de visita obligado antes de nuestro encuentro periódico en la fosa de los republicanos. Desde 1980, cuando vinimos a convertirla en la portada de nuestro primer relato LO QUE UN PUEBLO NO SABE, ha cambiado mucho su fisonomía externa. Tampoco era la misma de 1939. Ni sus funciones. Esa pequeña construcción en lo alto de una loma, presidiendo majestuosa el camino hacia el cementerio esconde mucha historia a pesar de su frágil apariencia.
Entrar por esa puerta suponía un viaje al pasado y una explosión de emociones encontradas. En mi interior resonaban tus palabras: “La ermita de San Antón es una pequeña nave sin más luz ni ventilación que una estrecha ventana al saliente. Al principio no se nos permitía salir a hacer aguas menores, obligándonos a orinar y a ensuciar en un rincón, teniendo que comer y dormir envueltos en la peste, lo mismo que los animales”.
Traspasar el umbral de la puerta era como correr a tu encuentro y poder sentirte una vez más. La oscuridad nos recibió pero a medida que nuestros ojos se acomodaban a la escasa visibilidad pudimos ver perfectamente su interior restaurado, los bancos, altar e imágenes cubiertos de polvo por el encierro obligado hasta el próximo enero donde, ajenos a su vergonzoso y sangriento pasado, lucirán de nuevo sus mejores galas en la fiesta del patrón que como hace décadas realizará su peregrinación anual para presidir el interior de la ermita a tiempo parcial, mientras su sustituto va al armario por unas horas.
La visión desde dentro no  diferiría mucho de la que vosotros, en vuestro calvario, podríais percibir. Nuestra visita quasi clandestina, a oscuras y en silencio para evitar encuentros indeseables, comprometer en exceso o miradas de ojos inquisidores, nos permitió hacernos una idea de lo que podía suponer un largo encierro en aquel recinto no tan sagrado. Medí el espacio, 9 pasos por 18, apenas 150 metros cuadrados para decenas de hombres hacinados, repartidos por paredes y esquinas, con los colchones en el suelo como único acomodo durante meses.
Pegué mi cuerpo a la gruesa pared como ya hacía Tania, mi hija; y coloqué mis manos en esos muros que solo había podido palpar externamente. Miré a lo largo y ancho del espacio, imaginé que aquella sería vuestra visión casi exclusiva durante cerca de doscientos cincuenta días. Al frente, la terrible puerta que os separaba de la vida por donde tuvisteis acceso a ese purgatorio particular, vuestro infierno terrenal antes que os arrebataran la vida. Al lateral, la única ventanuca por la que entraban unos escasos rayos solares.
Cerré los ojos, respiré profundamente y me imbuí en el pasado. No hace tanto tiempo. A través de tus ojos podía ver a tus compañeros esparcidos por todos los rincones, a José Ordoñez, a Ricardo Monleón, Miguel Pujada, José López y a todos los demás, apesadumbrados y físicamente desvencijados por la violación sistemática de todas vuestras dignidades; nerviosos y atentos a todos los ruidos y sobre todo a las marciales palabras del oficial de guardia que sin horarios concretos leía en voz alta algún nombre que anunciaba el fin del suplicio para alguno de vosotros. Podía visualizar vuestra aterradora expresión cada vez que se abría aquella puerta para conducir a algún camarada al muro del cementerio. Podía sentir vuestra parálisis y el desplome emocional al oír las ráfagas de los fusiles y el preceptivo tiro de gracia final que todos sentiríais como propio. También podía apreciar el pestilente olor que envolvía aquel pequeño espacio y que sellaba vuestra deshumanización más absoluta. Imaginé las largas horas, días, semanas y meses de soledad consumidora, los millones de pensamientos que inundarían tu mente, las frases y frases preparadas para ser recitadas en un posible momento con tu mujer o tus hijos, los llantos silenciosos y los gritos contenidos o no, por tanta injusticia e impotencia solo aplazados momentáneamente ante las escasas oportunidades de ver o abrazar a los tuyos. ¡Cuántas lágrimas encierran estos muros! ¡y cuánta ignominia!
Los acordes del Himno de Riego en el teléfono de nuestro buen compañero y paisano Juan Antonio, me devolvieron a la realidad. Reímos por lo sarcástico de la situación y coincidimos que quizá era la primera vez que sonaba esa melodía allí adentro. Como música me imagino que sí pero estoy seguro que de viva voz  o para los adentros fue entonado en otras ocasiones durante vuestros meses de martirio. Era el despertador que nos volvía a colocar en 2018. El nerviosismo de nuestro acompañante que respetuosamente estuvo junto a nosotros nos indicaba que debíamos dar por finalizada aquella tan anhelada, y por lo visto comprometida, visita.
Al abrir la puerta, la luminosidad exterior volvió a inundar todo el habitáculo interior y a mostrarnos la imagen actual, reconstruida sobre el lecho moribundo de muchos hijos de la comarca que entregaron lo más preciado de su existencia y que tuvieron un final común injusto y que comparten hoy en día, casi 80 años después, un insultante silencio sobre todas aquellas indignidades que ocurrieron en pretendido terreno sagrado a los ojos de tantos y tantos accitanos pero que muy pocos quieren recordar.
Finalmente se cerró la puerta y la cadena apresó de nuevo aquella enorme reja como pretendiendo vanamente contener y evitar el esparcimiento a los vientos de lo que escondían esos muros. Me volví a mirar de nuevo la ermita de San Antón que parecía transpirar tranquilidad tras nuestra salida; oteé el horizonte y percibí claramente al fondo, la Azucarera, prisión de centenares de republicanos. Giré y alcé la vista, entre los altos cipreses se apreciaban los muros del cementerio donde acabaron depositados, sin descansar dignamente, vuestros mancillados restos, los de tantos y tantas compañeras de viaje y orgullosos camaradas de lucha, lo mejor que dieron las milenarias tierras negras de nuestra comarca.
El camino debía seguir.




martes, 14 de agosto de 2018

La familia sigue creciendo







La familia sigue creciendo.



Abuelo, de nuevo por tu tierra.

Lo que antaño eran vacaciones se ha convertido en una especie de catarsis donde te has transformado en una fragancia o una melodía que va acompañando todos nuestros pasos en estos territorios. Siempre presente y cada vez más visible gracias al rescate de tu memoria a través de hermanos de lectura que emocionadamente transmiten las sensaciones y los recuerdos que les despiertan tus palabras y que refuerzan el rescate de tu nombre y de tu ejemplo. Más de dos años después el libro va pasando de mano en mano y cada día aumenta el número de miembros de esta, nuestra gran familia memorialística. Ayer fue un día especial ya que conocimos a Ventura, Buenaventura Rueda, un Socialista de los de verdad como me decía y una entrañable y agradable sorpresa en este periplo de recorrer tu corta, pero prolífica, biografía.

Oyó tu nombre, el de Ricardo Monleón y del niño Rueda. Tenía once años y fue testigo directo de vuestro encierro en la huerta de los Castañedas. Los tres que tuvisteis el triste privilegio de inaugurar aquella cárcel provisional donde acabaríais acompañados de decenas y decenas de republicanos más. Su familia vivía en la casa de enfrente, les fueron a buscar y a obligarles que rompieran la cerradura de la casa, vacía en aquellos tiempos; y a ser testigos del trasiego de transporte y de desplazamientos, de ir y venir al cuartel y  al instituto donde habían instalado la pantomima de tribunal militar donde se intentaba dar una apariencia legal a su ejercicio genocida de la justicia.

Ventura también fue testigo de cómo sacaban a los detenidos; unos, camino de la Azucarera, los sentenciados a cárcel; y otros hacia la ermita de San Antón, los condenados a muerte. Igual que vio tu llegada presenció tu salida, amarrado junto a otros compañeros más, hacia la ermita. A su lado debía estar tu Mercedes y tus hijos también.

Ventura también recuerda, a pesar de su corta edad, como era la ermita y la prohibición de acercarse por allí. También tiene muy presente a las hileras de republicanos procedentes de la Azucarera, que amarrados trabajaban con picos y palas en todo el paseo hacia la catedral.

Ventura recuerda muchas, muchas cosas que sus ojos inocentes tuvieron que presenciar y que, como la mayoría, ha tenido guardadas en un rinconcito oculto de su memoria por el obligado silencio.

Hoy, casi ochenta años después se emociona y nos contagia con el recuerdo y haciéndote una vez más visible. Sus noventa años no disimulan su vitalidad, su compromiso y sus energías para seguir explicando sus vivencias a quien le quiera escuchar. Estamos de acuerdo en lo importante que es mantener viva vuestra memoria y reivindicar vuestra honestidad. Sin pensárselo se ha ofrecido a colaborar en el nuevo libro que estoy preparando. Lo hemos comprometido, aunque le da reparo el estar de cara al público, para formar parte activa en la presentación que se haga en Guadix. 

Ventura y los suyos que con pasión devoran y difunden nuestros escritos se unen a los muchos que formamos parte de esta gran familia: la de los que perdimos la guerra, fuimos represaliados y perseguidos, a los que nos intentan silenciar pero que seguimos presentes elevando nuestras voces por encima de tanta adversidad. No podrán con nosotros.

Te dejo, estoy en plena vorágine de búsqueda de información y de superación de adversidades, de propios y de extraños. En un par de días nos vemos en la fosa. Como cada año pasaremos a adecentar aquello y a saludar a los nuestros. Te queremos.



Guadix, 14 de agosto de 2018

jueves, 14 de junio de 2018

Diario de una visita a Belchite






Diario de una visita a Belchite

Belchite 2018. Noche.
Ochenta años después. Penumbra, oscuridad. Rodeados de fantasmagóricas imágenes, envueltos en un relato que pretende ser sugerente, las sombras de las ruinas del infierno de Belchite nos rodean por doquier. Pseudodecorados intuyen un universo paralizado hace décadas. Silencio sepulcral que repica en nuestro interior como un bombardeo y gritos continuos. A la espera de la visión diurna y más sangrante, viajamos por las sombras y oímos las consabidas historias místico-propagandísticas que apuntan de manera, un tanto tendenciosa, a predisponer un clima que mezcla lo esotérico con los mismos cuentos religiosos de toda la vida: vírgenes, huérfanos, monjas, cadáveres, fascistas, bombas….muerte. Una manera distinta de abordar la historia, sin imágenes, con imaginación e imaginería. Solo breves flashes en las entrañas de los edificios religiosos, techos agujereados y hundidos por donde escapan los cuentos explicados; mientras, los mortales esperamos un brazo frío que se pose en nuestro hombro y una voz-eco que nos hable de lo sucedido. Un guardián requeté por un día, mercadea unas fotos con reliquias de antaño, mezclando sin prejuicios nuestra sangre hermana con los fluidos de los asesinos. Espectáculo turístico deprimente a las puertas de la realidad olvidada, silenciada y manipulada. El cuento de nunca acabar de la guerra fratricida entre hermanos; aunque en el relato y en la visita sólo se destaquen los de siempre: los continuamente recordados y homenajeados, en monolitos funerarios y en paredes manchadas por manos patriotas. Mártires eternos que sucumbieron moribundos en las piras de los rojos sanguinarios. Nadie replica. Todos asienten y se sorprenden entre psicofonías y propaganda pseudohistórica. Todos tememos ver a las fantasmagóricas hermanas bombardeadas o manchar nuestros zapatos con los ríos de grasa y sangre líquidas de héroes derramadas por doquier. Nadie espera a los centenares de torturados y asesinados en julio o de los esclavos que reconstruyeron la nueva realidad. Belchite sigue bajo las bombas, las del olvido, las de la mentira, las de la infamia.
20 de mayo 2018

Belchite 2018. Día.
Si la excursión nocturna supone un viaje extrasensorial al pasado y a las sombras, realizar la misma visita a la luz del día parece una inmersión en otro universo. El punto de comunión entre ambos viajes es la coexistencia diurna-nocturna del portero fantasma. Aunque se oferta como un actor-relator-figurante complemento al entorno vuelve a regalarnos esa imagen de requeté patético mendigaeuros a la puerta del recinto  (el resto del vestuario debe estar en el tinte) y junto a una pancarta que reza Dios, Patria, Rey alrededor de la cruz carlista. Nos invita a empuñar un viejo máuser, a ponernos una de las múltiples boinas o sombreros ofertados y a perpetuar esta bonita imagen para la historia con una pose fotográfica y una bonita sonrisa….por la voluntad. Sugerente recibimiento que entre la ignorancia o la connivencia del grupo que espera no me predispone de manera optimista al paseo y a repetir la experiencia del día anterior.
El portalón de la entrada se abre por fin y se nos invita a pasar tras la preceptiva comprobación que hemos abonado el precio de la entrada. La mayoría de los visitantes parecen ser ignorantes y conocer el detalle de lo que esconden aquellos muros y de lo allí acontecido. Una nueva guía, al parecer más experimentada y documentada, se encargará del relato. Pienso en la experiencia de la noche anterior y mis expectativas no se presentan muy elevadas.
Sobre Belchite todos hemos visto fotos o documentales que muestran gráficamente la destrucción bélica en una población y que nos ha servido para formarnos una opinión o imaginarnos la película de los hechos. Traspasar la puerta de entrada y acceder a los primeros metros de este camino entre ruinas no tiene nada que ver con el visionado de la película por pantalla. Como un decorado fabricado para un rodaje nos observan las fachadas que milagrosamente aguantan en  pie, rodeadas de montañas de escombros y destrucción y salpicadas en el horizonte por los perfiles de lo que antaño fueron las iglesias, torres o edificios principales de Belchite. El impacto es brutal aunque la sensación inicial de artificialidad es grande: las calles vacías, limpias, silenciosas parecen formar parte de un universo inerte.
Poco a poco los detalles se muestran a nuestros ojos: impactos de bala, agujeros en las paredes y techos por caída de obuses; interiores de edificios derruidos, vigas eternas entrecruzadas y colgantes van inundando nuestra cabeza y sensibilizando nuestros ojos. El relato de la guía sirve para reanimar en nuestras mentes todo ese conjunto de piedras y maderos maltratados y para que vayamos conformando en nuestros adentros la película de los hechos.
Decepciona en cierto modo, descubrir que el Belchite Viejo actual, ese pueblo que Franco obligó a abandonar para dejarlo como muestra del salvajismo de las hordas marxistas para la posteridad, apenas es una tercera parte del pueblo destruido original. La rapiña se llevó dos terceras partes del mismo: tejas, piedras, vigas, forjas, ventanas, fuentes, farolas, etc….todo lo que tenía algo de valor fue saqueado; lo cual desdibuja la imagen del que sería el Belchite Viejo postguerra. Parece lógico que en aquellos años de carencias y antela necesidad de recuperar o reconstruir sus casas, la gente se llevara lo que pudo. A ello se unió el saqueo más especializado que se produjo con aparatos detectores y tecnología de todo tipo que arramplaron con todos los restos de la batalla y con todo el material bélico que inundaba todo el territorio. Tan solo algunos impactos inalcanzables nos enseñan las heridas sangrantes en algunos muros. También podemos tener la certeza que la mayoría de cosas de valor cayeron en manos de otros desalmados muy cercanos. Con toda seguridad en las casas de algunos notables del lugar encontraríamos más de un objeto rapiñado como los faroles forjados de la fuente principal del pueblo.
A pesar de todo esto, uno hace un esfuerzo imaginativo y se imbuye en las entrañas de las ruinas para reconstruir aquellos acontecimientos. A la luz del relato de la guía retrocedemos en el tiempo hasta los años 30 a un pueblo aragonés de unos 3.800 habitantes, importante en aquellos momentos como eje cultural y económico de la comarca; a las puertas de la gran Zaragoza. Esto sería clave en sus designios.
Podemos imaginar una vida cotidiana similar a la del resto de poblaciones del país, con sus especificidades ya que siempre fue un centro de referencia religioso. Creo haber contado hasta cinco iglesias, algún convento y algún otro establecimiento religioso más como un hospicio. Nada excepcional en nuestra geografía.
La declaración de la II República y los años de vigencia de la misma tampoco se diferencian mucho de los demás municipios españoles. Con el alzamiento de los acuartelamientos y el golpe de estado triunfante en Zaragoza capital convirtió a Belchite, donde también se había consolidado, en un punto estratégico para el intento republicano de recuperar la capital de Aragón y para los franquistas como escudo defensivo de Zaragoza. Belchite y sus habitantes se convirtieron en rehenes en un centro de operaciones bélicas crucial. Los franquistas, tras las preceptivas purgas y ejecuciones que acabaron con más de 200 personas, acumularon más de 8.000 hombres para la defensa de la ciudad. Las iglesias, en teoría lugares sagrados e inviolables, junto a los edificios grandes y colinas de los alrededores se convirtieron en lugares estratégicos donde se instalaron las baterías defensivas; por lo cual se convirtieron en objetivos principales de la aviación y de los cañones republicanos que intentaban tomar la ciudad. La mayoría de la población se escondía en los sótanos y múltiples pasadizos que transcurrían bajo el pueblo.
La batalla de Belchite se produjo entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937. La ofensiva republicana movilizó a unos 24.000 combatientes, entre ellos la Brigada Lincoln de las Brigadas Internacionales que ya había participado en la feroz batalla de Brunete. 2.800 republicanos murieron en los enfrentamientos, unas 2.000 bajas tuvieron los fascistas así como unos 2.400 prisioneros. Apenas un centenar lograron salir del cerco de las tropas republicanas que tras durísimos bombardeos y combates lograron entrar a través de una acequia que les condujo al altar de una de las iglesias. Fue el único agujero que pudieron realizar en las defensas de un pueblo firmemente bloqueado.
Belchite es una de las grandes victorias republicanas de referencia aunque más moral que efectiva ya que no sirvió para alcanzar el objetivo previsto de recuperar Zaragoza capital. Durante unos meses ondeó la bandera republicana en un pueblo ya casi destruido por los combates. Finalmente durante 1938 los tropas franquistas recuperaron Belchite y retomaron las prácticas represivas. Franco encomendó a más de un millar de presos republicanos, del propio Belchite y de la comarca, que malvivían en un barrio al que se le llamó La Pequeña Rusia con población sospechosa de republicanismo, la construcción de un nuevo pueblo para todos los belchitanos. Fue inaugurado en 1954 pero no hubo casas para todos. El incumplimiento de Franco obligó a muchos vecinos a seguir viviendo en la ciudad vieja, entre escombros, hasta 1964 que fueron expulsados los últimos, cuando se decidió consagrar aquel espacio a la memoria fascista.
Hoy Belchite Nuevo cuenta con unos 1.500 habitantes y convive con naturalidad con su particular parque temático, el Belchite Viejo, convertido en lugar de peregrinaje y testigo de la devastación bélica.
Gracias a la extensa y completa explicación que  la guía hace acerca de estos hechos, la visita finalmente se torna más realista y los escombros parecen desprender una energía que activa nuestra imaginación para que revivamos las escenas allí vividas: Imagino a los soldados republicanos irrumpiendo tras el altar de la iglesia, fusiles en mano y derrotando a los sorprendidos soldados franquistas. De las pocas alegrías que nos dio la contienda.
Tras 80 años perviven algunos vestigios de la no superada confrontación: pintadas fachas por doquier e incluso el siempre presente espacio mortuorio de conmemoración de los caídos por dios y  por España, la cruz de hierro forjada por los prisioneros republicanos que ni los propios homenajeados han respetado. Franco quiso que Belchite permaneciese como simbología fascista y así se mantiene. Tras la llegada de la democracia estos muros siguen olvidando a una parte importante de su martirizada población. Como en tantos otros muchos pueblos, múltiples fosas por los alrededores esconden a los testigos represaliados y silenciados. Nada nuevo. Seguimos esperando.
VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.
21 de mayo de 2018

lunes, 12 de marzo de 2018

conferencia sobre Represión Franquista en Granada. Torre Romeu, 11 de marzo de 2018










CONFERENCIA SOBRE REPRESIÓN FRANQUISTA EN GRANADA
Torre Romeu (Sabadell), 11 de marzo de 2018

Mi abuelo Manuel fue ejecutado el 12 de enero de 1940 con 4 compañeros más. Sus restos junto a 150 granadinos más continúan tirados en la fosa común del cementerio de Guadix. No fueron los primeros, tampoco serían los últimos.
La represión no fue un fenómeno aislado o consecuencia exclusivamente del proceso que se derivó del golpe de estado de julio del 36 contra la legalidad republicana. La represión ha sido y es, un instrumento siempre presente en el conflicto de clases que se ha dado a lo largo de los siglos y también de la actualidad. Antes, después y  también, desgraciadamente, durante de la II República, la represión, expresó la reacción del poder económico y fáctico ante cualquier intento de socavar sus derechos adquiridos.
Sus privilegios intocables hasta entonces comenzaron a ser cuestionados por los desarrapados e incluso abiertamente combatidos. Este es el contexto en el que debemos situar la represión franquista aunque como sabemos adquirió una dimensión ni siquiera imaginable, que ha llegado casi hasta nuestros días, donde muchas consecuencias siguen siendo patentes.
El desastre económico y político que vivía España a principios del siglo XX crearon las condiciones propicias para la exacerbación del conflicto de clases.
En las grandes ciudades, Madrid, Barcelona, Bilbao, etc. con el desarrollo industrial salvaje, comienza a florecer un sindicalismo combativo y un pistolerismo empresarial y policial para enfrentarlo. Obreros y burgueses frente a frente.
En las regiones agrarias, Andalucía y Extremadura entre ellas, infradesarrolladas, condenadas a la exclusiva explotación agrícola y escasamente industrializadas, daba pie a unas relaciones clasistas un tanto peculiares, más propias de la Edad Media. El movimiento sindicalista jornalero era enfrentado  desde la guardia civil, el ejército y las bandas caciquiles. Los siervos contra los amos. Resulta paradójico que todavía hoy la que fue la casa de los terratenientes de mi pueblo y la comarca se siga conociendo como La casa del Amo. O que nuestras madres y abuelas nos digan en sus relatos que su trabajo, a veces desde los cinco años, era ir a servir a casa de los más ricos. Y esto no solo lo hicieron en Andalucía, la mayoría siguieron ejerciéndolo en las nuevas tierras donde tuvieron que emigrar.
La II República llegó fruto de ese desastre económico y de la incapacidad de las clases dominantes de mantener la estructura de su estado fallido. Unas elecciones municipales certificaron ese colapso y obligaron a los Borbones a poner tierra de por medio. Los desarropados habían forzado el cambio y la II República era una realidad.
Entre inevitables contradicciones y discrepancias se consiguió poner en marcha un proyecto novedoso y revolucionario para lo que había sido la historia de España y de Europa. Las reformas y los cambios que se pretendieron abordar sentaban las bases para la creación de una realidad mucho más igualitaria y justa así como colocar a España en la vanguardia del progreso mundial.
Basta leer la Constitución aprobada, la recuperación de derechos sociales, políticos, territoriales, de género, etc. con las leyes de divorcio, aborto, igualdad, etc. y las grandes reformas planteadas: agraria, educativa, laboral, religiosa, militar, etc.  para ver la dimensión que pudo haber alcanzado aquel proyecto republicano, si hubiese sido posible. Reformas que dieron pie a toda una serie de ejercicio de derechos y de experiencias transformadoras muy importantes, aunque alguna fundamental como era la Reforma Agraria fue imposible aplicarla en Andalucía, al menos hasta 1936 con la incautación de las tierras a los terratenientes.
Las fuerzas reaccionarias se encargaron de dejar claro que aquel accidente en el que habían perdido el gobierno del país no iba a ser una merma en el poder efectivo que seguían ejerciendo. Y desde el primer día se lanzaron, por todos los medios, a impedir el desarrollo de aquellas reformas.
La II República se proclamó el 14 de abril de 1931 y  costó semanas en muchos lugares hacer efectiva esa proclamación. Ya el 10 de agosto de 1932 se produjo la Sanjurjada, un fallido levantamiento militar como a los que tan acostumbrados se estaba a lo largo de la historia. Después vino el bienio negro con la derrota en las urnas de las fuerzas progresistas, el desmantelamiento de lo poco conseguido y las brutales represiones a los movimientos proletarios: Asturias, Casas Viejas, Catalunya, Euskadi….y tras el triunfo del Frente Popular en el 36, la reacción definitiva de todos los poderes fácticos: militares, iglesia, terratenientes, burguesía y acólitos: el golpe de estado del 17 de julio de 1936.
El glorioso alzamiento que pretendía poner las cosas en su sitio y pasar cuentas por tamaña impertinencia republicana. Todas las fuerzas reaccionarias con los generales fascistas al mando, la mayoría de unidades del ejército, incluidas las salvajes fuerzas coloniales que luchaban en el norte de África; las decenas de miles de falangistas, requetés y sucedáneos que habían sido entrenados previamente, la iglesia con sus obispos e incluso el papa Pio XII desde Roma,  bendiciendo aviones y tanques y sus curas y frailes encintados con sus armas; los terratenientes y grandes burgueses poniendo los recursos económicos necesarios, también la monarquía; el apoyo directo, con armas y soldados, de los regímenes fascistas de Italia, Alemania y Portugal así como la complicidad de los mal llamados aliados  unieron sus voluntades para fulminar la II República y exterminar a todos sus defensores.
David hizo frente a Goliat. Lo que se aventuraba como un lógico paseo militar acabó desembocando en una guerra de tres años, en una resistencia numantina y ejemplar de los débiles contra el monstruo fascista.
Desde el primer momento y en cada acción golpista quedó claro cuál era el objetivo prioritario: no solo recuperar el antiguo orden sino asegurarse que nunca más volvería a producirse una aventura como la de la II República.
La estela de sangre continuaría. Los golpistas de Primo de Rivera, de las represiones del 34 y de la represión mantenida incluso con la República vigente, establecieron un plan de acción cuyo eje giraba alrededor de dos palabras principalmente: genocidio y terror.
La definición de genocidio es: “exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. Ya es hora que se hable en este país sin rodeos y claramente.
Golpe de estado contra la legalidad republicana es lo que sucedió el 18 de julio del 36, no un levantamiento de hermanos contra hermanos.
La guerra llamada civil fue el escenario establecido a partir del fracaso del golpe de estado.
La autodefensa legítima de la República ante el avance del terror no fue represión. Aunque hubiese alguna reacción desmesurada ante lo que se avecinaba, las autoridades republicanas rápidamente frenaron el uso del terror como respuesta al fascismo. Su objetivo primordial fue eliminar y castigar este tipo de comportamientos, en el bando fascista, el terror era el instrumento.
La mayor parte de los muertos y represaliados lo fueron muy lejos del campo de batalla. Fue fruto de un plan preestablecido y perfectamente ejecutado, por ello hablamos de genocidio o deberíamos hacerlo. El relato  de muchos progresistas hoy en día sigue adoleciendo de esta claridad a la hora de explicar lo que sucedió en nuestras tierras y con nuestras gentes en aquellos años, dando bola muchas veces a una injusta equidistancia que pretende equiparar las acciones de ambos bandos.
Los andaluces o los extremeños podemos hablar sin ambigüedad de lo que pasó. Nos lo han contado los que lo vivieron en su pellejo y lo hemos vivido en nuestras casas.
En torno a la represión franquista se ha hecho mucha literatura y se ha hablado mucho. Pero, si os pregunto por las cifras reales que alcanzó, ¿qué me diríais? ¿Cuántos muertos totales supuso ese conflicto? ¿Cuántos asesinados hubo? ¿Cuántos ejecutados oficial y extraoficialmente se produjeron? ¿Cuántos desaparecidos? ¿Cuántos esclavos? ¿Cuántos exiliados?¿cuántos acabaron en campos de concentración y de exterminio, en nuestro país o fuera del mismo? ¿Cuántas viudas, huérfanos, madres sin hijos? ¿Cuántos encarcelados, detenidos, torturados, muertos en vida?
A modo de  contraste, sirva como ejemplo comparador que la represión de Pinochet se llevó por delante a unas 3.000 personas y que en Argentina se calculan en torno a los 30.000 desaparecidos.
De cifras nuestras, conocemos con claridad las del lado franquista que bien se encargó durante décadas de homenajear a su Caídos por dios y por España, como siguen haciéndolo todavía hoy en día con la División Azul. Hablan de 38.563 personas víctimas de la represión republicana. En ellas se incluye a los muertos en los enfrentamientos derivados del golpe de estado y del levantamiento en los pueblos de España y a más de uno que debió de morir varias veces o indirectamente.
Las cifras del lado republicano son más inexactas. Más de 40 años después de la muerte de Franco seguimos sin tener una contabilización ni aproximada del alcance de su represión. Se habla de un millón de presos políticos, de 200.000 ejecutados, de 145.000 desaparecidos. Se intuye que son muchos más. Han pasado más de 80 años, los papeles han desaparecido o se ocultan, la nula voluntad de dar luz a lo acontecido es patente. Solo nos queda el testimonio de las víctimas, los estudios y relatos realizados por toda la geografía fruto del voluntarismo y del compromiso memorialístico y del afán de todos nosotros para que el olvido, que es lo que buscan, no entierre definitivamente a los nuestros y exonere a sus asesinos y represores. Gracias a ello, al trabajo de muchas famiias y de las asociaciones de MH conocemos una parte de ese horror ocurrido en nuestros pueblos, en Granada también.
La represión se llevó a cabo en distintas fases. Estas pueden definirse a grandes rasgos en:
- Ocupación de los pueblos.
- Aplicación de los bandos de guerra.
- Los consejos de guerra sumarísimos.
- La represión de postguerra.
En Andalucía se calcula que un mínimo de 55.000 andaluces fueron asesinados, cifra que parece corta cuando por ejemplo los últimos estudios en Granada donde se hablaba de 12.000 víctimas documentadas pero que podrían rondar finalmente cerca de los 25.000, tal como afirman  Gibson o Paul Preston; más de 40.000 andaluces acabaron en el exilio a los que hay que sumar las  decenas de miles de procesados y muertos en combate, en prisión o trabajos forzados, depurados y no podemos olvidar a las mujeres, especialmente castigadas: vejadas, violadas, asesinadas.
Hace dos días celebramos la gran huelga de las mujeres por sus derechos. Hoy es un buen día para homenajear a las muchas mujeres republicanas víctimas directa o indirectamente de la represión: nuestras 13 rosas de Madrid, de Gilena y de tantos otros sitios, las 5 fusiladas en la plaza de las Palomas en Guadix o Herminia Praena, de Purullena que con 13 años tan solo es nuestra ejecutada más joven o  la inmolación de nuestra querida Lina Odena en el frente de Granada y tantas y tantas más, la mayoría anónimas y que hay que reivindicar. Aquí os traigo un libro donde se recogen algunas de ellas.
No quedó rincón en Andalucía o Extremadura, como pasó en la mayoría de la geografía española, donde no haya vestigios o recuerdos del terror fascista. Tras su estela, pueblo a pueblo, las cunetas, las vallas de los cementerios y las plazas de los pueblos vieron morir y sufrir salvajemente a lo mejor de sus gentes. Fue un verdadero viaje al infierno. Desde la llegada a la península de las tropas fascistas y su dispersión hacia Extremadura, Galicia, Castilla, con Madrid en el objetivo final, hasta casi 1938, que se estabilizó el frente y Andalucía quedó partida en dos zonas, la dinámica era la represión al estilo colonial. Por tierra, mar y aire. El rio de sangre no tenía fin y se repetían las matanzas colectivas. No hay pueblo que no resultase manchado.
La toma de Badajoz supuso una gran matanza protagonizada por las fuerzas moras que tomaron la ciudad al mando del general Yagüe. Las estimaciones más comunes apuntan que entre 2.000 y 4.000 personas fueron ejecutadas en unos pocos días tan solo en la plaza de toros. Todavía hoy en día hay quien recuerda los ríos de sangre por las calles y el olor de las montañas de cadáveres ardiendo con gasolina.
En Valladolid, una denominada "patrulla del amanecer", grupo de falangistas dirigidos por Onésimo Redondo, cofundador de las JONS, fusilaba a unas cuarenta personas cada día. Allí, como en otras ciudades de la zona sublevada, los presos eran sacados por la noche en camiones para ser fusilados en las afueras de la ciudad sin siquiera el simulacro de un juicio.
En Zaragoza se asesinaron a más de 6.000 personas, la mayoría de las cuales en los primeros meses de la contienda. Y así por todo el territorio.
Tan solo en Andalucía hay, a fecha de hoy, datadas 620 fosas comunes, cerca de 100 solo en Granada. De ellas destacan la del cementerio de Málaga donde se calculan que hay unos 4.500 cuerpos, la de Sevilla con más de 3.000 registrados o la del cementerio de San José en Granada con más de 4.000 ejecutados en sus tapias o la del cementerio de Guadix con más de 165 republicanos enterrados.
Valgan estas cifras para hacernos una idea del alcance de la represión en nuestras tierras. En el Arahal (Sevilla), con 13.000 habitantes  se contabilizan 415 ejecutados o en Tocina, 125 asesinados sobre una población de unos 5.000 habitantes. Todo ello principalmente en los primeros días  del golpe de estado.
En la Andalucía bajo control de los militares, la referencia es Queipo de Llano se había convertido en el reyezuelo de sus dominios e imponía su severa justicia: muerte a todos los enemigos. Sus tropas moras y sus brigadas falangistas, a cuya cabeza marchaban los más destacados latifundistas de Andalucía, como Ramón de Carranza, campeaban a sus anchas. Este Ramón de Carranza, hijo y nieto de linajes caciquiles se hizo famoso por haber formado un grupo de 200 falangistas que se encargaron de la mayor parte de la represión que se dio en las provincias de Cádiz, Sevilla y Huelva. Tal fue su grado de efectividad y de criminalidad que, en agradecimiento, el propio Queipo de Llano lo nombró alcalde de Sevilla. Mientras, no olvidaba sus intereses económicos ni los de los que le estaban ayudando, exportando jerez, aceitunas o fruta. Rodeado de célebres asesinos como el coronel Díaz Criado, conocido por su especial predisposición por los crímenes sexuales, sobre todo con familiares de detenidos y por organizar espectáculos públicos con los fusilamientos de los republicanos donde cedían el gentil privilegio de dar el tiro de gracia a los fusilados a las damiselas de compañía que llevaban y a las que regalaban algún souvenir del momento como dientes de oro de los muertos o algún objeto de valor. En Granada, contaba con el capitán Rojas, célebre por dirigir la represión en Casas Viejas y que pudo multiplicar con creces en la terrible persecución de republicanos que se dio en la capital.
La sistemática de la represión en Andalucía era clara, además de la eliminación física de los republicanos el objetivo primordial era recuperar para los caciques las tierras confiscadas por la República por eso el avance de las tropas fascistas iba marcado por estas prioridades. Los latifundistas tenían prisa por recuperar “lo suyo” y pasar cuentas con los jornaleros. Llegaban a los pueblos, eliminaban a los miembros del ayuntamiento y a los del comité popular, nombraban a los suyos y comenzaban la cacería. Las escenas criminales sangrientas se repetían en todos los pueblos. Detención de familiares. Mutilaciones, violaciones y todo tipo de torturas para que dijesen dónde estaban sus parientes buscados. Asesinato de familias enteras y de grupos de centenares a veces. La que mejor salía parada, por decir algo y porque mayoritariamente eran mujeres, acababan con una oreja cortada, la cabeza afeitada, bebiendo agua en el pilón de los animales o barriendo las calles y los locales de falange, como por lo visto pasó en el  Marchal, mi pueblo, cuando los “nacionales” tomaron el control.
Y además había que aguantar al asesino de Queipo de Llano con sus proclamas incendiarias en la radio que, inventando atrocidades y crímenes que solo una mente enferma como la suya podía fabular y que atribuía a los criminales rojos, encendía más los ánimos revanchistas y de venganza por parte de los fascistas y sus seguidores, que habían entrado en una competición sanguinaria de ver qué grupo era el que más atrocidades cometía, vanagloriándose de sus “hazañas” y siendo felicitado por los generales fascistas que incluso se permitían comentarios sobre la violación a mujeres republicanas del tipo de .”Ahora por lo menos sabrán lo que son unos hombres de verdad y no milicianos maricones”. Estaban tan dominados por su vorágine exterminadora que incluso se llevaron por delante muchos políticos republicanos derechistas.

El 18 de julio fue el llamamiento generalizado a la rebelión. El general Mola se alzó en Navarra donde contaba con la ayuda de varias decenas de miles de requetés, además de las tropas. También se levantaron la mayoría de acuartelamientos de las grandes ciudades con desigual alcance. Fueron asesinados los generales al mando en Burgos, Guadalajara y Valladolid junto a los dirigentes izquierdistas por no sumarse al levantamiento. No hubo apenas resistencia en Castilla y rápidamente fue una zona controlada y bajo dominio fascista, junto a Navarra. De hecho Burgos fue elegida como capital de la zona mal llamada nacional. En el resto del país la resistencia había sido enorme y sólo triunfaron en ciudades y zonas muy puntuales. Andalucía resistió lo que pudo pero fue imposible detener el empuje inicial de la invasión ya que la mayoría de las tropas entraron por nuestra región. Así cayeron Cádiz y Huelva y  en pocos días. A ellas se unió Granada capital que cayó en manos de los golpistas.   Los obreros pidieron armas para defender la República pero, con la excusa de la falsa lealtad de muchos militares y la indecisión de los dirigentes, no las consiguieron directamente. En muchos sitios se consiguieron por la fuerza. Sevilla cayó por el engaño del propio Queipo de Llano que decía mantenerse fiel a la República para poder actuar impunemente. De seguida comenzaron sus proclamas en la radio y su salvaje represión. Jaén aguantó y derrotó a los fascistas. Tampoco triunfaron en Málaga ni Almería. Andalucía quedaba partida en dos. Guadix, Baza (que se convirtió en la capital) y gran parte de la provincia seguía siendo republicana. Madrid, Barcelona y Valencia aguantaron gracias a los militantes socialistas, comunistas y anarquistas en armas. Galicia también acabó controlada por los fascistas, en gran parte. El resultado del intento golpista es que había triunfado en una tercera parte del territorio español. La noticia buena era que, por increíble que pareciese el pueblo español había mantenido las dos terceras partes del país bajo control de la República, sin apenas medios de defensa. La mala noticia, comenzaba una larga guerra.
Un golpe muy duro fue la caída de Málaga en febrero de 1937, tras una invasión sin precedente de más de 20.000 hombres. Más de 100.000 personas huyeron de la ciudad. Un éxodo desorganizado en dirección a Almería, a Baza y Guadix. De nuevo, con la entrada de los fascistas en Málaga se repitieron las salvajadas de costumbres, la mayoría de los heridos y republicanos que no habían podido huir fueron salvajemente asesinados. Incluso los oficiales italianos que participaron del asedio a la ciudad quedaron asustados de la magnitud de la represión. No contentos con  la limpieza que estaban realizando en la ciudad dirigieron su persecución a las propias caravanas y filas de refugiados que habían huido. Fueron ametrallados y bombardeados sin piedad en otro de los episodios que han quedado bien marcados en el libro del genocidio franquista, conocido como La Desbandá. Muchos de aquellos refugiados pasaron por nuestras tierras.
El comandante José Valdés Guzmán se convirtió en el gobernador civil y responsable de las cuestiones de Orden público, siendo desde ese momento el principal responsable de la represión en la capital granadina y en las poblaciones bajo su control, principalmente de la vega de Granada. El teniente de la Guardia Civil José Nestares se convirtió en delegado de Orden Público, asumiendo un destacado papel en la represión. El jefe de la policía, Julio Romero Funes, también fue otro de los principales responsables de la represión.​
Fueron creados varios grupos paramilitares y/o milicias encargados de la represión en la retaguardia, entre los que destacó especialmente la «Escuadra Negra».​ Numerosos recintos fueron habilitados como improvisados centros de detención. A las afueras de la ciudad se estableció un campo de concentración, mientras que la Comisaría de policía y el Gobierno Civil pronto se vieron abarrotados de detenidos. La cárcel de Granada, que tenía capacidad para unas 400 personas, vio masificadas sus instalaciones con más de 2000 personas encarceladas.​ Muchos de los detenidos eran llevados al cementerio y fusilados allí mismo, la mayoría de ellos sin formación previa de causa.
Fueron fusilados numerosos médicos, abogados, escritores, artistas, maestros y, principalmente, trabajadores.​ Entre los ejecutados hubo muchas personalidades locales: el escritor y director del diario El Defensor de Granada, Constantino Ruiz Carnero; el ingeniero y constructor de la carretera que va desde la ciudad a Sierra Nevada, Juan José de Santa Cruz; o el alcalde de la ciudad cuando se produjo la sublevación militar, Manuel Fernández Montesinos. Junto al alcalde fueron fusilados 23 concejales de la coalición republicano-socialista, de entre los cuales destacaba el antiguo alcalde Luis Fajardo Fernández. También tuvieron este destino Rus Romero y el presidente de la diputación, Virgilio Castilla. La Universidad de Granada también sufrió la sangría de la represión «rebelde». Fueron ejecutados el rector de la universidad y eminente arabista Salvador Vila Hernández;​ el catedrático de pediatría Rafael García-Duarte;​ el catedrático de química y antiguo alcalde Jesús Yoldi Bereau; el catedrático de derecho político Joaquín García Labella o el vicerrector y catedrático de historia José Palanco Romero Todos ellos pasaron por las tapias del cementerio y fueron fusilados. No obstante, hubo una excepción: la del antiguo gobernador civil, Torres Martínez, que logró salvar la vida, aunque fue condenado a más de treinta años de prisión. ​El comandante militar, general Campins, fue destituido y posteriormente enviado a Sevilla, donde sería juzgado y fusilado por iniciativa del general Queipo de Llano.
De entre todas estas muertes, la más conocida ha sido la del escritor y poeta Federico García Lorca, que tras el triunfo de la sublevación militar se había refugiado en casa de la familia Rosales, miembros reconocidos de la Falange granadina. Sin embargo, esto no salvó la vida al poeta granadino, que fue detenido y poco después fusilado cerca de Víznar. El asesinato de García Lorca tuvo un amplio eco entre la opinión pública internacional.
A lo largo de la contienda las tropas franquistas se hicieron con el control de toda Andalucia Oriental. Aunque a nivel bélico no llegaron a producirse grandes enfrentamientos, la dinámica fascista era la misma, pueblo ocupado, represión salvaje: Loja, Motril, Maracena, etc. en Granada. Contrasta con lo que sucedía en la Andalucía republicana.

Acabada la guerra, con el triunfo de los sublevados, los vencedores iniciaron otra etapa de represión cuya finalidad fue atemorizar a todos aquellos que no se identificaban con el nuevo régimen. En febrero de 1939 se promulgó la Ley de Responsabilidades Políticas, según la cual, no solo aquellos que habían colaborado con el gobierno legal de la República podían ser condenados, sino también aquellos que supuestamente hubieran mostrado una “pasividad grave”. Sin olvidarnos de la incautación de todos los bienes e incluso multas o las inhabilitaciones profesionales asociadas que implicaban las sentencias.
En la geografía española surgieron numerosos campos de concentración donde se hacinaban los detenidos viviendo en condiciones durísimas, sometidos a malos tratos y muertes arbitrarias.
En 1939, el número de detenidos esperando juicio superaba los 270.000. En la actualidad se calcula en unas 50.000 las personas que fueron ejecutadas (aunque, aun hoy, esta cifra puede considerarse provisional). A esta cifra habría que sumar todas aquellas muertes que se produjeron en las cárceles como consecuencia de las pésimas condiciones en las que intentaban sobrevivir los presos.
La primera depuración la sufrió el sistema judicial, el franquismo tuvo especial cuidado en que los tribunales estuviesen compuestos por elementos afines.
Durante los primeros años, tras el golpe de estado, ni se molestaron en dar una apariencia de legalidad a las ejecuciones. Las sacas y los asesinatos eran directos. Posteriormente, cerca de la finalización del conflicto armado y por la presión internacional a la vista del salvajismo mostrado y de la falta de garantías absoluta para los detenidos comenzaron a constituir tribunales militares a tal efecto.
Estaban compuestos principalmente por militares, el defensor era otro militar al que no se le pedía una formación jurídica y debía subordinación al presidente del tribunal, también militar, que ni siquiera llegaba a tener contacto con el enjuiciado, supuestamente su defendido. Estos tribunales se encargaron de juzgar a aquellos que, como en un mundo al revés, eran acusados de promover o apoyar la insurrección. Los juicios duraban breves minutos, en ocasiones se juzgaban a grupos de sesenta personas las que podían o no ser escuchadas. El 30 de abril de 1939, le tocó el turno a mi abuelo. Al intentar hablar le interrumpió el capitán auditor y le dijo que callara, que los mítines del Peleón se habían acabado. Salió con pena de muerte.
No podemos olvidar el papel activo que tuvo la iglesia en todo este proceso represivo. La mayoría de las denuncias iban respaldadas por los curas de los pueblos que activamente participaban en la denuncia y persecución de los republicanos. Daba igual que sus vidas hubiesen sido salvadas con anterioridad, como le sucedió a mi abuelo. Fueron implacables.
Un sector especialmente castigado fue el de la enseñanza. Se continuó con la represión iniciada con la sublevación militar. «Además de los asesinatos, con formación de causa o sin ella, durante el proceso de depuración resultaron sancionados en torno a dieciséis mil maestros y maestras, alrededor del 25% del cuerpo. Casi el 10% fueron expulsados del ejercicio de la profesión».
El mundo de la cultura fue otro ámbito donde se cebaron especialmente y donde, a los ojos de toda la comunidad internacional, mostraron el nulo componente intelectual de su glorioso alzamiento,  asesinando y persiguiendo sin compasión a los principales referentes de la cultura española, entre ellos Lorca, Machado o Miguel Hernández.
Acabada la guerra, derrotada la República, daba inicio el llamado por ellos periodo de la Paz de Franco: la paz de los muertos, de la persecución, del adoctrinamiento nacionalcatolicista, del imperio del miedo y del terror, de las viudas y huérfanos, del obligado silencio.
El prometido paraíso convirtió España en una inmensa prisión donde el hambre campeaba a sus anchas. Andaluces y extremeños, en especial, tuvieron que abandonar sus tierras, sus seres queridos y sus muertos. Unos voluntariamente y otros obligados al exilio económico, en el interior del país o en el extranjero, como le pasó a mi familia y a tantas más, a las que les robaron todas sus posesiones y pertenencias y les hicieron la vida imposible, negándoles hasta la propia supervivencia.
Muchos de los que nos encontramos hoy aquí somos fruto de todo aquello. Nuestros padres y abuelos tuvieron que comenzar de cero y dejándose el pellejo siete días a la semana, en jornadas interminables, en trabajos de esclavos, malviviendo en barracas y probando la medicina reservada siempre para los desarrapados: el yugo del poder de los poderosos y de los lacayos a su servicio. Allí en Andalucía y aquí, en Catalunya.
Pero ni todas las condiciones negativas del mundo pudieron abortar la lucha y el camino emprendido por nuestros republicanos. Nunca se dejó de luchar en este país. Ni la represión, la persecución o el miedo lo lograron. Siempre hubo brazos que cogieron las armas de la lucha y enfrentaron al fascismo. Un recuerdo entrañable para nuestros guerrilleros, tan activos en toda la provincia de Granada como los Quero, para nuestros exiliados y exterminados en los campos nazis, para nuestros militantes clandestinos y para tantos y tantas que por desgracia sufrieron las consecuencias de la represión franquista a lo largo de la dictadura y después.
Esto es a grandes rasgos los grandes números y los porqué y cómo ha sido la represión franquista en nuestras tierras. En mi libro lo recojo con más detalle pero en él incorporo también una visión más humana de la significación de esa represión. Os he llenado de cifras y de interminables ejemplos de cómo se produjo. Pero conviene recordar que tras cada uno de esos números había una persona real, con su vida, sus ilusiones y su drama particular.
Mi abuelo fue uno más de tantos más que cayeron fruto de las denuncias falsas para pasar cuentas o directamente por odio de clase. No le perdonaron su orgullo y su compromiso. Daba igual que no hubiese cometido ningún delito. Tuvo que pasar 9 meses hacinado, con decenas de compañeros más, en la ermita de San Antón, mientras esperaba día a día, noche a noche que lo sacaran para fusilarlo, mientras mi abuela con sus cinco hijos se quitaba la comida de la boca para que mi abuelo pudiese sobrevivir o su madre hacía un doble camino, uno hacia la ermita y otro hacia la Azucarera donde también estaba detenido su otro hijo.
La tragedia es que no se contentaron con quitarle la vida, el mismo día que lo fusilaron cuando mi abuela a mitad de camino tuvo que volverse se encontró con las burlas y las amenazas de tirarlos a todos al rio por parte de algunos vecinos. No le permitieron ni que llorara. Le robaron las pocas pertenencias que tenía, los libros y la bicicleta de mi abuelo, los animalillos y comenzó su sentencia al hambre y a la miseria, como a la mayoría, pero con el agravante de que le hicieron la vida imposible. Tuvo que entregar a dos de sus hijas y a uno de sus hijos a las monjas y a los frailes en Granada porque se les morían de hambre. Y tras aguantar y luchar lo imposible, cuando sus hijos ya fueron un poco mayores tuvieron que exiliarse en Barcelona. Aquí tampoco los dejaron en paz y las visitas policiales eran frecuentes en su casa.
No les bastó con la muerte y la miseria de sus víctimas. Magdalena Ordoñez, granadina también e hija de un ferroviario ejecutado con mi abuelo, sufrió un camino similar. Acabó en un colegio de monjas donde no solo se contentaron con adoctrinarla como hicieron con todos los niños en este país, sino que dedicaron un esfuerzo inmenso para conseguir que aborreciera a su padre y creciese creyendo que, tal y como le decían las monjas, fue un monstruo asesino. Ahora llora amargamente cuando lo explica y nos dice lo que sintió cuando ya de muy mayor conoció la realidad.
Lo triste es que muchas cosas siguen igual. Siguen condenados e inhabilitados, todavía tenemos que oír el: algo harían, o el negacionismo absoluto: mi abuelo no había sido secretario del juzgado. Aún hoy en día mi madre me dice que no levante la voz, para presentar el libro de abuelo tuvimos que hacerlo en el garaje de mi hermano bajo la atenta mirada de los perros del amo, del nuevo cacique-alcalde, tomando nota de los asistentes. La memoria histórica sigue siendo tabú.