¿Hay vida más allá del covid 19?
Pocos aspectos de lo que
hace siete meses era nuestra vida cotidiana ha quedado sin sufrir afectación.
Tanto en el espacio privado como en el de las relaciones sociales padecen
intensamente las secuelas de esta pandemia. Y lo que es peor, que no adivinamos
el tiempo que se puede alargar, por lo que las consecuencias pueden extenderse
e intensificarse hasta unos límites difícilmente evaluables.
Veo a los niños en la
puerta de los colegios embozados en su mascarilla, teledirigidos en todos sus
movimientos y con carita de circunstancias. Los mayores, oteando a derecha e
izquierda al resto de presentes, intentando descubrir alguna ausencia que
pudiese indicar que el virus ha roto las defensas, bastante débiles, que por la
carencia de recursos y el poco interés efectivo adoptado por las autoridades
escolares, vence los esfuerzos intensos que llevan a cabo los profesionales,
que no pueden eludir el estar allí para desarrollar su importantísimo trabajo;
mucho más si cabe, en los momentos actuales.
Hablo con maestros, con
trabajadores de servicios auxiliares, con padres y todos comparten el miedo y
las críticas a las evidentes carencias. Al final, da la sensación que todo
queda en una apuesta a la suerte. Muchos padres, si pudieran, no llevarían a
los niños al colegio, pero la mayoría no tienen elección: han de ir a continuar
siendo productivos y también a exponerse a más situaciones de riesgo. Algo tan
cotidiano como utilizar el transporte público para llegar a tu centro de
trabajo se ha convertido en una exposición peligrosa y una arriesgada
actividad.
Es difícil valorar el alcance
del trauma asociado que inevitablemente conlleva vivir la vida con estos
condicionantes. Cuesta estar centrado y rendir en alguna acción. Doy clase y
tengo que estar más pendiente de la higiene, las distancias, la ventilación, el
estado médico de mis alumnos y de no tocar nada que de impartir la materia que
corresponde. Hay un intento por recuperar una cierta normalidad, la mayoría de
veces por obligación.
Seis meses sin actividad
laboral y si es sin ingresos, no dejan muchas posibilidades de elección, pero
no resulta fácil. Tampoco para los alumnos, parados de larga duración,
desvalidos por las consecuencias terribles que la crisis sanitaria está
generando en el mercado laboral, sin más elección que seguir la búsqueda de una
oportunidad que les saque de la extensa lista
de desocupados y, por un tiempo, les dé un respiro, aunque los salarios
que se ofrecen sean más propios de un estado semiesclavista.
Como siempre, la crisis no
afecta a todo el mundo por igual. Los desfavorecidos tienen muchos números para
recibir por todos lados. A pesar de tener un gobierno pretendidamente
progresista, los muchos intentos que promueven no cuajan fácilmente, no cesan
los obstáculos de todo tipo y desde todas las instancias. Querer hacer política
para la mayoría supone inevitablemente tocar a los privilegiados y éstos no
están muy por la labor. Aún así se han brindado ayudas nunca vistas como los
ERTE para las empresas en crisis, el apoyo a los autónomos y una renta mínima
(que no acaba de llegar a todos los que la precisan); pero, la falta de
recursos económicos así como el sabotaje desde dentro de las propias
instituciones del estado complican enormemente su traducción material. Tampoco
ayuda la crítica destructiva continua desde sectores que se autodenominan
progresistas.
29 septiembre 2020
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