viernes, 31 de agosto de 2018

Ayer estuve en el infierno











16 de agosto de 2018

Ayer estuve en el infierno

La puerta, siempre cerrada a cal y canto tras una intimidante verja asegurada por sólidas y resistentes cadenas, se abrió. Tras muchas y dilatadas en el tiempo gestiones conseguimos acceder al interior de la ermita de San Antón.
Mientras la persona que nos abría peleaba con el candado herrumbroso, mis latidos se aceleraban y mi respiración, bajo un sol de agosto castigador, se detenía a la espera de la apertura de la puerta que daba acceso a las entrañas del infierno. Paradójico por tratarse de una ermita, pero muy real; aunque pretendan ahogar vuestros gritos y sufrimientos con el paso del tiempo.
La ermita de San Antón ha sido lugar de visita obligado antes de nuestro encuentro periódico en la fosa de los republicanos. Desde 1980, cuando vinimos a convertirla en la portada de nuestro primer relato LO QUE UN PUEBLO NO SABE, ha cambiado mucho su fisonomía externa. Tampoco era la misma de 1939. Ni sus funciones. Esa pequeña construcción en lo alto de una loma, presidiendo majestuosa el camino hacia el cementerio esconde mucha historia a pesar de su frágil apariencia.
Entrar por esa puerta suponía un viaje al pasado y una explosión de emociones encontradas. En mi interior resonaban tus palabras: “La ermita de San Antón es una pequeña nave sin más luz ni ventilación que una estrecha ventana al saliente. Al principio no se nos permitía salir a hacer aguas menores, obligándonos a orinar y a ensuciar en un rincón, teniendo que comer y dormir envueltos en la peste, lo mismo que los animales”.
Traspasar el umbral de la puerta era como correr a tu encuentro y poder sentirte una vez más. La oscuridad nos recibió pero a medida que nuestros ojos se acomodaban a la escasa visibilidad pudimos ver perfectamente su interior restaurado, los bancos, altar e imágenes cubiertos de polvo por el encierro obligado hasta el próximo enero donde, ajenos a su vergonzoso y sangriento pasado, lucirán de nuevo sus mejores galas en la fiesta del patrón que como hace décadas realizará su peregrinación anual para presidir el interior de la ermita a tiempo parcial, mientras su sustituto va al armario por unas horas.
La visión desde dentro no  diferiría mucho de la que vosotros, en vuestro calvario, podríais percibir. Nuestra visita quasi clandestina, a oscuras y en silencio para evitar encuentros indeseables, comprometer en exceso o miradas de ojos inquisidores, nos permitió hacernos una idea de lo que podía suponer un largo encierro en aquel recinto no tan sagrado. Medí el espacio, 9 pasos por 18, apenas 150 metros cuadrados para decenas de hombres hacinados, repartidos por paredes y esquinas, con los colchones en el suelo como único acomodo durante meses.
Pegué mi cuerpo a la gruesa pared como ya hacía Tania, mi hija; y coloqué mis manos en esos muros que solo había podido palpar externamente. Miré a lo largo y ancho del espacio, imaginé que aquella sería vuestra visión casi exclusiva durante cerca de doscientos cincuenta días. Al frente, la terrible puerta que os separaba de la vida por donde tuvisteis acceso a ese purgatorio particular, vuestro infierno terrenal antes que os arrebataran la vida. Al lateral, la única ventanuca por la que entraban unos escasos rayos solares.
Cerré los ojos, respiré profundamente y me imbuí en el pasado. No hace tanto tiempo. A través de tus ojos podía ver a tus compañeros esparcidos por todos los rincones, a José Ordoñez, a Ricardo Monleón, Miguel Pujada, José López y a todos los demás, apesadumbrados y físicamente desvencijados por la violación sistemática de todas vuestras dignidades; nerviosos y atentos a todos los ruidos y sobre todo a las marciales palabras del oficial de guardia que sin horarios concretos leía en voz alta algún nombre que anunciaba el fin del suplicio para alguno de vosotros. Podía visualizar vuestra aterradora expresión cada vez que se abría aquella puerta para conducir a algún camarada al muro del cementerio. Podía sentir vuestra parálisis y el desplome emocional al oír las ráfagas de los fusiles y el preceptivo tiro de gracia final que todos sentiríais como propio. También podía apreciar el pestilente olor que envolvía aquel pequeño espacio y que sellaba vuestra deshumanización más absoluta. Imaginé las largas horas, días, semanas y meses de soledad consumidora, los millones de pensamientos que inundarían tu mente, las frases y frases preparadas para ser recitadas en un posible momento con tu mujer o tus hijos, los llantos silenciosos y los gritos contenidos o no, por tanta injusticia e impotencia solo aplazados momentáneamente ante las escasas oportunidades de ver o abrazar a los tuyos. ¡Cuántas lágrimas encierran estos muros! ¡y cuánta ignominia!
Los acordes del Himno de Riego en el teléfono de nuestro buen compañero y paisano Juan Antonio, me devolvieron a la realidad. Reímos por lo sarcástico de la situación y coincidimos que quizá era la primera vez que sonaba esa melodía allí adentro. Como música me imagino que sí pero estoy seguro que de viva voz  o para los adentros fue entonado en otras ocasiones durante vuestros meses de martirio. Era el despertador que nos volvía a colocar en 2018. El nerviosismo de nuestro acompañante que respetuosamente estuvo junto a nosotros nos indicaba que debíamos dar por finalizada aquella tan anhelada, y por lo visto comprometida, visita.
Al abrir la puerta, la luminosidad exterior volvió a inundar todo el habitáculo interior y a mostrarnos la imagen actual, reconstruida sobre el lecho moribundo de muchos hijos de la comarca que entregaron lo más preciado de su existencia y que tuvieron un final común injusto y que comparten hoy en día, casi 80 años después, un insultante silencio sobre todas aquellas indignidades que ocurrieron en pretendido terreno sagrado a los ojos de tantos y tantos accitanos pero que muy pocos quieren recordar.
Finalmente se cerró la puerta y la cadena apresó de nuevo aquella enorme reja como pretendiendo vanamente contener y evitar el esparcimiento a los vientos de lo que escondían esos muros. Me volví a mirar de nuevo la ermita de San Antón que parecía transpirar tranquilidad tras nuestra salida; oteé el horizonte y percibí claramente al fondo, la Azucarera, prisión de centenares de republicanos. Giré y alcé la vista, entre los altos cipreses se apreciaban los muros del cementerio donde acabaron depositados, sin descansar dignamente, vuestros mancillados restos, los de tantos y tantas compañeras de viaje y orgullosos camaradas de lucha, lo mejor que dieron las milenarias tierras negras de nuestra comarca.
El camino debía seguir.




martes, 14 de agosto de 2018

La familia sigue creciendo







La familia sigue creciendo.



Abuelo, de nuevo por tu tierra.

Lo que antaño eran vacaciones se ha convertido en una especie de catarsis donde te has transformado en una fragancia o una melodía que va acompañando todos nuestros pasos en estos territorios. Siempre presente y cada vez más visible gracias al rescate de tu memoria a través de hermanos de lectura que emocionadamente transmiten las sensaciones y los recuerdos que les despiertan tus palabras y que refuerzan el rescate de tu nombre y de tu ejemplo. Más de dos años después el libro va pasando de mano en mano y cada día aumenta el número de miembros de esta, nuestra gran familia memorialística. Ayer fue un día especial ya que conocimos a Ventura, Buenaventura Rueda, un Socialista de los de verdad como me decía y una entrañable y agradable sorpresa en este periplo de recorrer tu corta, pero prolífica, biografía.

Oyó tu nombre, el de Ricardo Monleón y del niño Rueda. Tenía once años y fue testigo directo de vuestro encierro en la huerta de los Castañedas. Los tres que tuvisteis el triste privilegio de inaugurar aquella cárcel provisional donde acabaríais acompañados de decenas y decenas de republicanos más. Su familia vivía en la casa de enfrente, les fueron a buscar y a obligarles que rompieran la cerradura de la casa, vacía en aquellos tiempos; y a ser testigos del trasiego de transporte y de desplazamientos, de ir y venir al cuartel y  al instituto donde habían instalado la pantomima de tribunal militar donde se intentaba dar una apariencia legal a su ejercicio genocida de la justicia.

Ventura también fue testigo de cómo sacaban a los detenidos; unos, camino de la Azucarera, los sentenciados a cárcel; y otros hacia la ermita de San Antón, los condenados a muerte. Igual que vio tu llegada presenció tu salida, amarrado junto a otros compañeros más, hacia la ermita. A su lado debía estar tu Mercedes y tus hijos también.

Ventura también recuerda, a pesar de su corta edad, como era la ermita y la prohibición de acercarse por allí. También tiene muy presente a las hileras de republicanos procedentes de la Azucarera, que amarrados trabajaban con picos y palas en todo el paseo hacia la catedral.

Ventura recuerda muchas, muchas cosas que sus ojos inocentes tuvieron que presenciar y que, como la mayoría, ha tenido guardadas en un rinconcito oculto de su memoria por el obligado silencio.

Hoy, casi ochenta años después se emociona y nos contagia con el recuerdo y haciéndote una vez más visible. Sus noventa años no disimulan su vitalidad, su compromiso y sus energías para seguir explicando sus vivencias a quien le quiera escuchar. Estamos de acuerdo en lo importante que es mantener viva vuestra memoria y reivindicar vuestra honestidad. Sin pensárselo se ha ofrecido a colaborar en el nuevo libro que estoy preparando. Lo hemos comprometido, aunque le da reparo el estar de cara al público, para formar parte activa en la presentación que se haga en Guadix. 

Ventura y los suyos que con pasión devoran y difunden nuestros escritos se unen a los muchos que formamos parte de esta gran familia: la de los que perdimos la guerra, fuimos represaliados y perseguidos, a los que nos intentan silenciar pero que seguimos presentes elevando nuestras voces por encima de tanta adversidad. No podrán con nosotros.

Te dejo, estoy en plena vorágine de búsqueda de información y de superación de adversidades, de propios y de extraños. En un par de días nos vemos en la fosa. Como cada año pasaremos a adecentar aquello y a saludar a los nuestros. Te queremos.



Guadix, 14 de agosto de 2018