77 años….sin ti, sin
vosotros.
Ayer leía una noticia sobre los
preparativos para celebrar, en unos días, la festividad de San Antón por todo
Guadix y en la ermita que éste tiene dedicada; y la gran pasión con la que los
cofrades del santo lo viven y celebran el ritual anual de bendiciones, buenos
propósitos y mejores comilonas de los devotos
y buenos cristianos, en general.
77 años antes, el 12 de enero de
1940, por las mismas fechas en que se venera a este San Antón, mi abuelo MANUEL
VALENZUELA POYATOS, junto a cuatro compañeros republicanos más, entre los que
estaba JOSÉ ORDOÑEZ GUTIERREZ, eran trasladados en otro tipo de procesión desde esta misma ermita de San Antón, que estaba destinada a hacer las veces de
prisión para los republicanos condenados a muerte y en la que habían estado encerrados
durante nueve meses, a los muros del cementerio de Guadix, donde fueron
fusilados, rematados y vertidos sus cuerpos “indignos”
a la fosa común donde iban a parar los que no eran merecedores de la gracia
divina ni de la dignidad de un entierro cristiano.
Fueron unos más. Otros acabaron allí
ya meses antes y muchos otros lo harían tiempo después. Más de 150 personas,
hombres y mujeres de las tierras accitanas yacen en esa fosa esperando su
rescate físico y moral. La mayoría jóvenes, asesinados por el terrible delito
de haber sido defensores del ordenamiento constitucional vigente, de la
legalidad republicana pisoteada por los golpistas facciosos que llevaron a
nuestro país a la catástrofe y a uno de los mayores genocidios que ha padecido
la humanidad.
77 años después siguen siendo
tratados y considerados igual de indignos, merecedores del abandono y de la
ignorancia social, recordados y llorados solo por los suyos; mientras, las
instituciones, civiles y religiosas, unas pasan de puntillas sobre un tema
delicado (para ellos), y otros, herederos de una jerarquía eclesiástica
accitana colaboradora e incitadora de la represión y persecución de muchos de
sus feligreses, mantienen el reconocimiento a “sus mártires” e ignora y
vilipendia el recuerdo de los nuestros, asesinados injustamente.
No quieren que se recuerde todo
aquello, que insistamos en remover un pasado ya lejano, nos exigen que pasemos
ya la página de esa historia. Nos piden un acto de fe y de constricción: a nosotros, a los familiares, descendientes y
a las víctimas; pero, es difícil hacerlo cuando siguen ninguneando y
pervirtiendo la realidad de los hechos, cuando persisten en oficializar el recuerdo sin reconocer el
más mínimo de sus desmanes y su responsabilidad en esa página tan negra y trágica,
cuando no se hace un ejercicio serio y real de dar visibilidad a todos estos
hombres y mujeres cuyos cuerpos están pendientes de recuperarse y su memoria, a
la espera de ser dignificada; y cuando ellos precisamente que nos piden a
nosotros ese ejercicio amnésico, nos obligan a seguir desfilando bajo
aguiluchos, yugos y flechas y a convivir con el homenaje y la exaltación de
unos asesinos traidores a su juramento de fidelidad a la república y a su
propio pueblo, en el que volcaron su maldad, perversidad y las más bajas
pasiones.
77 años han dado para mucho. 40 años
de dictadura y casi otros 40 de “recuperación
democrática”, pero aún quedan muchos asuntos pendientes. El día que los
ayuntamientos y el resto de administraciones hagan un reconocimiento real y
sincero y promuevan una dignificación de los nuestros, con luz y taquígrafos,
sin medias tintas, como corresponde; el día que la iglesia accitana afronte el
desmarcarse de esa herencia, reconozca
su papel cómplice en la persecución de muchos de sus propios hijos; quizá,
entonces, podamos pasear tranquilamente por nuestras calles y asumir con
normalidad respetuosa determinadas celebraciones que hoy inevitablemente
quiebran, más si cabe, nuestros corazones.
Mientras esto no suceda, siento que
cada 12 de enero vuelven a ejecutar a mi abuelo y a sus compañeros del último viaje desde la ermita de San
Antón.
Alberto Valenzuela
12 DE ENERO DE 1940, hace 77 años.
"Mis ojos miraban hacia el horizonte
donde, a través de las nubes y con la sierra nevada al fondo, el día intentaba
hacerse paso mediante los tenues rayos de un sol que comenzaba a despertarse. Respiré
profundamente para inundar mis pulmones de aire fresco y puro. El olor a hierba
fresca me trajo el recuerdo de mis madrugadas cuando me iba al campo a
trabajar. Verdaderamente era un día precioso para morir y lo iba a hacer
acompañado de unos maravillosos camaradas. Los dos José, Gabriel, Antonio y yo,
nos mirábamos con cara de corderos que van hacia el matadero. El amanecer iba
mostrando la palidez de nuestros rostros y aquellos ojos tristes y ojerosos. No
se veía un alma por los alrededores de la ermita pero presentía que nos miraban
desde muchos sitios. Nos coloraron en fila y a empujones hicieron ponernos en camino. Alrededor nuestro
una decena de soldados marchaban y nos
vigilaban con desagrado evidente. Eran muy jóvenes y evitaban mirarnos a los
ojos. Sabían a lo que iban y no parecían muy contentos por lo que debían hacer
momentos después. El oficial gritaba para que no disminuyéramos el paso.
Subimos por el camino que conducía al cementerio. Eran apenas trescientos
metros pero se antojaban unos kilómetros eternos. Me tocó encabezar el grupo
por lo que no podía ver a mis compañeros aunque sentía muy bien su aliento, sus
lágrimas y el ruido de sus pasos. Cualquier intento de articular una palabra
era acallado rápidamente. A lo lejos se vislumbraban los cipreses entre
aquellos muros blancos. Al final parecía que sí acabaríamos nuestros días en el
cementerio y no tirados en una cuneta o en una fosa clandestina como le había
sucedido a tantos. Nuestras familias, al menos, podrían saber donde estábamos. No
quería pensar mucho en ello, no quería imaginar a mi mujer y mis hijos horas
más tarde cuando, como cada día fuesen a llevarme la comida y les dijesen que todo había acabado. Durante
el camino intentaba traer a mi mente recuerdos bonitos, era una manera de
agarrarme a ellos, de mantener a los míos junto a mí, hasta el último momento.
Las lágrimas caían por mi rostro. Nunca más iba a volver a
verlos, a sentirlos entre mis brazos o a oír sus voces.
Por fin llegamos a las puertas del
cementerio, donde esperaba el cura, también con rostro de evidente incomodidad
por tener que participar de aquella situación y tener que volver a ver nuestras
caras. Se oía a las grajas protestar por romper su tranquilidad. Me entró una
flojera en las piernas que casi me hizo caer al suelo. Nos miramos entre
nosotros con gesto de despedida y cruzamos unas palabras de ánimo final.
Pudimos decirnos adiós, algunas frases de afecto y solo nos faltó poder
abrazarnos y fundirnos como un solo alma. No nos soltaron. Nos colocaron junto
a un muro, que presentaba evidentes señales de haber sido ya utilizado con
anterioridad por los muchos impactos y las manchas de sangre que tenía. A su
lado, una gran fosa abierta. Oímos decir al oficial que habíamos llegado antes
de lo previsto pero que no esperaría hasta que fuesen las siete como estaba
marcado en la orden. Nos pusieron de cara al pelotón que formaban todos los
soldados ya con sus armas preparadas. El oficial le hizo una señal al cura y
este se acercó a nosotros con su crucifijo para ofrecerlo a nuestros labios.
Todos giramos la cabeza en su intento y se limitó a decir una frase pidiendo
clemencia divina para los que iban a ser ajusticiados. Quisieron taparnos los ojos pero ante la negativa del
primero los demás tampoco aceptamos. A
las seis y media de aquel 12 de enero de 1940, con el pensamiento en nuestros
seres queridos, cinco republicanos más, como tantos otros que nos precedieron y
los muchos más que vendrían después, caímos bajo las balas de los fusiles
fascistas. Las descargas no pudieron acallar nuestro grito de Viva la
República. Ni siquiera el tiro de gracia que uno a uno efectuó el oficial para
asegurarse que estábamos muertos, ni mil tiros que nos hubieran dado a cada
uno, podrían poner fin a la voluntad liberadora de un pueblo. Ni la muerte física acabaría con nuestro ímpetu y
nuestro sacrificio, como el de tantos otros, no iba a ser en vano. Me juré no
rendirme ni bajo tierra. Y mira por dónde.
Los cinco acabamos en la fosa común,
junto a cientos de cuerpos más, impregnados en cal viva. Más tarde vinieron
muchos otros y después, el silencio absoluto marcó un espacio de paréntesis muy
largo, una espera eterna pero que no cerraba, como ellos hubiesen deseado, para
siempre, este capítulo. No era posible descansar en paz con tanto asunto
pendiente. Al menos hasta que otras manos cogiesen nuestro relevo"
Este
es el relato de lo que pudieron haber sido los últimos momentos de vida
de mi abuelo y sus cuatro compañeros republicanos ejecutados junto a
él. Esta "reconstrucción" forma parte del libro ME LO DECÍA MI ABUELITO
que he escrito sobre estos acontecimientos y aquel período histórico.
A
modo de homenaje en esta fecha señalada os incluyo la también
"reconstrucción" de la carta de despedida a la familia que hizo mi
abuelo , con la promesa de su entrega a la viuda, mi abuela, por parte
del cura a cambio de forzar su voluntad de no querer confesarse y que
incumplió. Creo que mi abuelo estaría orgulloso de esta licencia que me
he permitido de tomar su palabra y hacerla visible.
“Guadix, cuatro de la madrugada del doce
de enero de 1940. Prisión de la ermita de San Antón.
Mi queridísima Mercedes, ha llegado el
día tan temido por todos nosotros. Se ahogaron las escasas esperanzas de
clemencia. Me encuentro en capilla, junto a cuatro compañeros más. Los cinco
seremos ejecutados a las siete de la mañana. Se acabaron las penalidades para
nosotros, pero desgraciadamente proseguirán las vuestras. Cuando leas esta
carta si es que llega a tus manos, como me prometió el cura, este martirio habrá finalizado. El cementerio, si no sucede
algo extraño, será nuestra nueva morada. Solo espero que, como dicen, haya una
vida más allá para seguir dándoles guerra y proseguir el camino liberador
iniciado y que ha supuesto el sacrificio de nuestras propias vidas y el
martirio de tanto inocente. Por mucha barbarie que sigan haciendo no podrán
parar el tren de la historia. Los desposeídos acabarán siendo los dueños de su
propio destino. Se acabarán los amos y los dioses. Estos ideales de justicia
social a los que con tanta ilusión abrazamos miles y miles de personas en
nuestro pobre país, acabarán por desplazar el terror y la explotación humana.
Me voy contento en este sentido. Me
matan por mis ideas no porque haya cometido ningún crimen. Ya sé que tu pena y
el sufrimiento de nuestros queridos hijos será enorme, pero quiero que siempre
vayáis con la cabeza bien alta y orgullosos de mí. Conserva todas las notas que te he escrito
para que el día de mañana nuestros hijos puedan comprender lo que le han hecho
a su querido padre. Explícales las razones profundas de este martirio. Procura
que estudien y se conviertan en personas de provecho y sepan defenderse en la
vida mejor de lo que lo ha podido hacer su padre. Ya llegará el momento de
pedir cuentas y que resplandezca toda la verdad.
Sión, Manolo, Lorenzo, Mercedicas,
Carmela, haced siempre caso a vuestra madre. No le deis más quebraderos de
cabeza de los que la pobre tendrá. Estudiad mucho, aprended buenos oficios y
ayudad todo lo que podáis a la mama. Recordad los buenos momentos que hemos
tenido y pensad que siempre estaré a vuestro lado aunque no me podáis ver. Os
quiero con locura. No me olvidéis.
Mercedes, dale un abrazo muy grande a mi
pobre madre que, con los dos hijos presos, lo está pasando muy mal. Abraza
también a la tuya y a tus hermanos, en la confianza que sé que os ayudarán todo
lo que puedan a pasar este mal trago y a que salgáis adelante.
Mercedes, amor mío, me gustaría despedirme en vida de ti y poder darte las
gracias por ser la mujer y la madre más extraordinaria del mundo. Lamento mucho
que nuestra bonita aventura amorosa acabe de este modo y no podamos llevar a
cabo tantos proyectos como teníamos en mente.
Gracias por tu coraje y sacrificio sin límites durante estos duros nueve
meses. Sólo he podido resistir gracias al enorme amor que nos tenemos, por sentirte
a mi vera, por poder hablar de vez en cuando contigo o poder darte un abrazo y
sentirte entre mis brazos. Has sido la energía que me ha mantenido con vida. Me
has cuidado día a día y has procurado que no me faltase de nada quitándotelo
incluso de tu propia boca. No he podido darte las gracias como te mereces ni
decirte de viva voz lo mucho que te amo y pedirte perdón por todo lo que te
está suponiendo este calvario.
Me voy con una gran pena pero con la
tranquilidad de dejarlo todo en tus manos. No tengo la menor duda que saldréis
adelante. Con los animalillos, con algo de tierra o como sea, siempre has sido
una mujer de recursos.
Se me acaba el tiempo y tengo que
acabar. El futuro va a ser duro, lo sé. Quiero que en todos y cada uno de los
minutos de tu vida me tengas presente y mi recuerdo te dé fuerzas para afrontar
todo lo que venga. Siempre estaré junto a ti, no te dejaré sola.
He dejado en el cestillo las cuatro
cosas que he tenido aquí para que las conservéis como recuerdo mío. A mis hijos
no puedo dejarles más herencia que mi ejemplo y mis ansias de libertad. Espero
que lo hagan suyo y que lo transmitan a sus hijos también. Tenedme siempre muy
presente y procurad o al menos intentad ser felices. Os mando el mayor de los
besos y de los abrazos. Hijos míos os quiero con locura. Tu esposo que te ama.
Manuel.”
VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.
NO OLVIDAMOS
HONOR A LOS NUESTROS