Hola Lola.
Bienvenida al universo de
los inmortales recuerdos. Tus pequeñitos e inocentes ojitos con que expresabas
tu alegría por apretar entre tus manos un poquito de nuestra memoria común o al
leer la modesta dedicatoria que desde el corazón te lanzaba, arrojaban al mundo
una grandeza acumulada tal, que difícilmente se puede expresar con palabras. Tu
frágil figura disimulaba el cofre inmenso donde ya reposan tus grandes
sacrificios, tu castigada vida, los cobardes latigazos vertidos sobre tu
espalda inocente y también, la enormidad de amor y entrega que prestaste a los
tuyos, a los de tu sangre, a los de tu clase, a las de tu género. Noventa y dos
años han dado para mucho y estamos convencidos que cuando tus pupilas se
cerraron hace pocas horas, lo hicieron tranquilamente, reposadamente, al calor
de tus hijos y nietos que hoy te lloran; pero con el sosiego que tu vida
humilde y comprometida te aportó, con la alegría de ver la semilla que, mano a mano
con tu José, habéis sembrado. Atrás quedaron las penalidades de la vida dura de
los nuestros en la dictadura, lejos de las tierras que os vieron nacer,
perseguidos y maltratados por comprometeros en la lucha por una vida mejor para
todos, del terrible dolor de la cárcel y la muerte inmerecida, de la lucha por
la supervivencia y por la dignidad, de tanta y tanta penalidad. Hoy preferimos
quedarnos con los gratos momentos y la felicidad inmensa de ver crecer a los tuyos
y la llegada de nuevas generaciones. Ahora es tu momento, el reencuentro con
José, Marcelino, Josefina, Cipriano y tantos y tantas más que te precedieron.
Nuestro compromiso es manteneros vivos. Y sabes que no te vamos a fallar. Lola,
puedes marchar tranquila.
Alberto Valenzuela. 30 de
octubre de 2020

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