Me dice mi
amigo Oscar. 4
que perdone su desaparición y la falta
de noticias suyas pero las últimas semanas han sido más cuesta arriba que lo de
costumbre. Cuando más aplicado estaba en sus ejercicios de recuperación
espiritual y del ánimo destartalado se le murió su perra Cuca, que por lo visto
era uña y carne con él y de nuevo fue visitado por el hombre del saco de los
adultos bajos de defensas y no lo está pasando bien.
Esto de los animales de compañía merece
un estudio a fondo. Para una gran parte de la gente el rollo tan afectivo con
las mascotas son mamandurrias de solterona o de la otra acera. No creen que no sea
algo patológico o que esté fuera de toda racionalidad que se establezcan esa
clase de vínculos entre humanos y seres de cuatro patas y una lengua, por lo
general. En definitiva, dicen, solo señalan problemas de autoestima y carencia
de afectos. Normalmente explican que no han tenido animales en casa ni creen
que es un lugar conveniente para ellos.
Sin embargo, los que han tenido la
posibilidad de convivir con animales lo explican desde otra perspectiva y están
convencidos que somos capaces de entablar vínculos afectivos con ellos. Los
estudios parecen confirmar las cosas en este sentido, incluso leí el otro día
que se ha demostrado que pueden entender nuestras palabras. Yo, que también
tengo animalillos en casa, dos perras y un conejo, puedo dar fe que algo,
haberlo hailo. Precisamente fui partícipe el otro día de una expresión
confirmatoria de tal hipótesis. Estaba en mi sofá, desparramado y preso de un brote
melancólico y de pesar (aunque muchos no se lo crean los psicólogos, a veces,
tenemos momentos de bajón aunque no sea muy profesional); vamos que casi se me
caían las lagrimicas y va mi perra, la Sucre y en un alarde de fortaleza
sobreanimal dio un salto con todo su pelamen y sobrepeso y se me colocó encima
de las piernas y comenzó a lamerme hasta que vio que me había sobrepuesto. Yo
que, la verdad, hubiese estado más por la tarea que otro humano,
preferiblemente humana, me hiciera partícipe de esos lametones y caricias, la
miré a sus ojitos (uno por cierto ya emblanquecido por una catarata) y me
alegré de haber compartido mi vida durante más de quince años con este ser
vivo, normalmente solo interesado por contentar su insaciable estómago, que me dio
una lección afectiva que muchos humanos deberíamos aprender. La bajé y nos
fuimos a tomar algo, en agradecimiento.
Es muy triste pero da la sensación
que vivimos tan encerrados en nuestra propia esfera que incluso, a veces, no
sabemos o no somos capaces de detectar cuando una persona de nuestro entorno
afectivo necesita de nuestra mano o nuestra voz amiga. Se ve que las feromonas
lloriqueras solo las detectan seres aparentemente menos evolucionados y más
simples que los complejos humanos.
En fin, acabo, que he quedado con
Oscar para darle unos lametones.
