ESTE
AÑO...... SÍ.
La
Navidad ya pasó, el año nuevo ya llegó. Sin duda alguna, la mayoría de
nosotros, tal y como ya viene siendo tradicional, hemos expresado nuestro firme
propósito de acometer algún cambio en nuestra vida; con la sana intención de
mejorar algún aspecto que consideramos que es necesario fortalecer o alguna
conducta “insana” de la que nos queremos desprender. ¿Cuántos de nosotros hemos
decidido, una vez más, dejar de fumar, apuntarnos a inglés, ir al gimnasio o
comenzar una dieta que acabe con las secuelas de: “¡esas tapitas y esos
choricicos!”?
¿Qué
razón hay detrás para que un año tras otro, todo quede en “agua de borrajas”,
tras haber desistido rápidamente a los “tremendos sacrificios” que supone el
afrontar estas mejoras personales? ¿falta de voluntad, excesivas expectativas o
ritualidad perversa?
El
afán por mejorar, la voluntad de ser de otra manera o la visión autocrítica
acerca de nuestra persona, es una característica específica del ser humano. Es
una seña de identidad que nos caracteriza; así como la capacidad para
transformar la propia realidad. El hombre ha dominado y ha supeditado a sus
intereses el entorno y a las criaturas que viven en él. Esa relación
aparentemente solo externa es la que ha posibilitado a su vez la transformación
interior del ser humano, como mecanismo de ajuste para poder integrarse en ese
entorno sobre el que “ejerce” su dominio, y le ha planteado la necesidad de
afrontar una realidad interior; no solo
para valorar la influencia de lo que acontece a nuestro alrededor sino para,
algo mucho más importante, asumir nuestro propio mundo interior; comprender que
podemos tener un cierto control sobre nuestra vida y sobre nuestra manera de
sentir.
Cuando
aspiramos a cambiar ciertas pautas de nuestra vida lo hacemos siempre con la
voluntad de mejorar; pero, este cambio representa el dedicar unos esfuerzos
para conseguirlo y es posiblemente a este nivel donde podemos encontrar alguna
respuesta a nuestras preguntas iniciales. Si interpretamos que el
esfuerzo necesario para hacer algo supera al beneficio a obtener, es lógico
que, muchas de estas inquietudes queden por el camino; y lo que aflore sea un
sentimiento, muchas veces, de
frustración y de autoculpabilidad. “Soy incapaz de conseguirlo” “Me pueden las
situaciones” “¿porqué seré tan débil?”, etc..
Dejando
a un lado que, no son muchas las personas que como firme propósito se planteen
el mejorar a un nivel más interior, a crecer personalmente; lo que sin duda,
sería una manera de armarse para fortalecer las propias aptitudes y, con ello,
afrontar con más garantías todas las facetas de nuestra vida; y centrándonos, en las típicas conductas
antes citadas, sería interesante preguntarnos si de verdad nos valoramos con
justicia, si ponemos el acento en “la madre del cordero” o nos dejamos llevar
con rapidez por lo más aparente de esas situaciones, viendo gigantes donde solo
hay molinos.
Suele
ser bastante común plantearse estos cambios como grandes retos, bastante
dificultosos y costosos; lo cual se debe, muchas veces, a una inadecuada
estrategia para afrontarlos, cuando lo más constructivo sería, seguramente:
1) realizar un autoanálisis personal
para ver cual es el ritmo que podemos exigirnos; 2) saber elegir el momento
propicio y 3) no valorar los progresos en función de un resultado final lejano
que, necesita por fuerza de un tiempo, de una acumulación y consolidación de
pequeños logros que, son precisamente los que, si aprendemos a valorar, nos
irán recargando las baterías para proseguir. Si queremos dejar de fumar cuando estamos
pasando por una mala racha; si nuestra ilusión es conseguir un cuerpo danone en
dos semanas o dominar el inglés en un mes, etc. quizá lo único que estemos
haciendo sea sentar las pautas para conseguir que nuestra autoestima salte por
los aires.
No hay comentarios:
Publicar un comentario