jueves, 14 de junio de 2018

Diario de una visita a Belchite






Diario de una visita a Belchite

Belchite 2018. Noche.
Ochenta años después. Penumbra, oscuridad. Rodeados de fantasmagóricas imágenes, envueltos en un relato que pretende ser sugerente, las sombras de las ruinas del infierno de Belchite nos rodean por doquier. Pseudodecorados intuyen un universo paralizado hace décadas. Silencio sepulcral que repica en nuestro interior como un bombardeo y gritos continuos. A la espera de la visión diurna y más sangrante, viajamos por las sombras y oímos las consabidas historias místico-propagandísticas que apuntan de manera, un tanto tendenciosa, a predisponer un clima que mezcla lo esotérico con los mismos cuentos religiosos de toda la vida: vírgenes, huérfanos, monjas, cadáveres, fascistas, bombas….muerte. Una manera distinta de abordar la historia, sin imágenes, con imaginación e imaginería. Solo breves flashes en las entrañas de los edificios religiosos, techos agujereados y hundidos por donde escapan los cuentos explicados; mientras, los mortales esperamos un brazo frío que se pose en nuestro hombro y una voz-eco que nos hable de lo sucedido. Un guardián requeté por un día, mercadea unas fotos con reliquias de antaño, mezclando sin prejuicios nuestra sangre hermana con los fluidos de los asesinos. Espectáculo turístico deprimente a las puertas de la realidad olvidada, silenciada y manipulada. El cuento de nunca acabar de la guerra fratricida entre hermanos; aunque en el relato y en la visita sólo se destaquen los de siempre: los continuamente recordados y homenajeados, en monolitos funerarios y en paredes manchadas por manos patriotas. Mártires eternos que sucumbieron moribundos en las piras de los rojos sanguinarios. Nadie replica. Todos asienten y se sorprenden entre psicofonías y propaganda pseudohistórica. Todos tememos ver a las fantasmagóricas hermanas bombardeadas o manchar nuestros zapatos con los ríos de grasa y sangre líquidas de héroes derramadas por doquier. Nadie espera a los centenares de torturados y asesinados en julio o de los esclavos que reconstruyeron la nueva realidad. Belchite sigue bajo las bombas, las del olvido, las de la mentira, las de la infamia.
20 de mayo 2018

Belchite 2018. Día.
Si la excursión nocturna supone un viaje extrasensorial al pasado y a las sombras, realizar la misma visita a la luz del día parece una inmersión en otro universo. El punto de comunión entre ambos viajes es la coexistencia diurna-nocturna del portero fantasma. Aunque se oferta como un actor-relator-figurante complemento al entorno vuelve a regalarnos esa imagen de requeté patético mendigaeuros a la puerta del recinto  (el resto del vestuario debe estar en el tinte) y junto a una pancarta que reza Dios, Patria, Rey alrededor de la cruz carlista. Nos invita a empuñar un viejo máuser, a ponernos una de las múltiples boinas o sombreros ofertados y a perpetuar esta bonita imagen para la historia con una pose fotográfica y una bonita sonrisa….por la voluntad. Sugerente recibimiento que entre la ignorancia o la connivencia del grupo que espera no me predispone de manera optimista al paseo y a repetir la experiencia del día anterior.
El portalón de la entrada se abre por fin y se nos invita a pasar tras la preceptiva comprobación que hemos abonado el precio de la entrada. La mayoría de los visitantes parecen ser ignorantes y conocer el detalle de lo que esconden aquellos muros y de lo allí acontecido. Una nueva guía, al parecer más experimentada y documentada, se encargará del relato. Pienso en la experiencia de la noche anterior y mis expectativas no se presentan muy elevadas.
Sobre Belchite todos hemos visto fotos o documentales que muestran gráficamente la destrucción bélica en una población y que nos ha servido para formarnos una opinión o imaginarnos la película de los hechos. Traspasar la puerta de entrada y acceder a los primeros metros de este camino entre ruinas no tiene nada que ver con el visionado de la película por pantalla. Como un decorado fabricado para un rodaje nos observan las fachadas que milagrosamente aguantan en  pie, rodeadas de montañas de escombros y destrucción y salpicadas en el horizonte por los perfiles de lo que antaño fueron las iglesias, torres o edificios principales de Belchite. El impacto es brutal aunque la sensación inicial de artificialidad es grande: las calles vacías, limpias, silenciosas parecen formar parte de un universo inerte.
Poco a poco los detalles se muestran a nuestros ojos: impactos de bala, agujeros en las paredes y techos por caída de obuses; interiores de edificios derruidos, vigas eternas entrecruzadas y colgantes van inundando nuestra cabeza y sensibilizando nuestros ojos. El relato de la guía sirve para reanimar en nuestras mentes todo ese conjunto de piedras y maderos maltratados y para que vayamos conformando en nuestros adentros la película de los hechos.
Decepciona en cierto modo, descubrir que el Belchite Viejo actual, ese pueblo que Franco obligó a abandonar para dejarlo como muestra del salvajismo de las hordas marxistas para la posteridad, apenas es una tercera parte del pueblo destruido original. La rapiña se llevó dos terceras partes del mismo: tejas, piedras, vigas, forjas, ventanas, fuentes, farolas, etc….todo lo que tenía algo de valor fue saqueado; lo cual desdibuja la imagen del que sería el Belchite Viejo postguerra. Parece lógico que en aquellos años de carencias y antela necesidad de recuperar o reconstruir sus casas, la gente se llevara lo que pudo. A ello se unió el saqueo más especializado que se produjo con aparatos detectores y tecnología de todo tipo que arramplaron con todos los restos de la batalla y con todo el material bélico que inundaba todo el territorio. Tan solo algunos impactos inalcanzables nos enseñan las heridas sangrantes en algunos muros. También podemos tener la certeza que la mayoría de cosas de valor cayeron en manos de otros desalmados muy cercanos. Con toda seguridad en las casas de algunos notables del lugar encontraríamos más de un objeto rapiñado como los faroles forjados de la fuente principal del pueblo.
A pesar de todo esto, uno hace un esfuerzo imaginativo y se imbuye en las entrañas de las ruinas para reconstruir aquellos acontecimientos. A la luz del relato de la guía retrocedemos en el tiempo hasta los años 30 a un pueblo aragonés de unos 3.800 habitantes, importante en aquellos momentos como eje cultural y económico de la comarca; a las puertas de la gran Zaragoza. Esto sería clave en sus designios.
Podemos imaginar una vida cotidiana similar a la del resto de poblaciones del país, con sus especificidades ya que siempre fue un centro de referencia religioso. Creo haber contado hasta cinco iglesias, algún convento y algún otro establecimiento religioso más como un hospicio. Nada excepcional en nuestra geografía.
La declaración de la II República y los años de vigencia de la misma tampoco se diferencian mucho de los demás municipios españoles. Con el alzamiento de los acuartelamientos y el golpe de estado triunfante en Zaragoza capital convirtió a Belchite, donde también se había consolidado, en un punto estratégico para el intento republicano de recuperar la capital de Aragón y para los franquistas como escudo defensivo de Zaragoza. Belchite y sus habitantes se convirtieron en rehenes en un centro de operaciones bélicas crucial. Los franquistas, tras las preceptivas purgas y ejecuciones que acabaron con más de 200 personas, acumularon más de 8.000 hombres para la defensa de la ciudad. Las iglesias, en teoría lugares sagrados e inviolables, junto a los edificios grandes y colinas de los alrededores se convirtieron en lugares estratégicos donde se instalaron las baterías defensivas; por lo cual se convirtieron en objetivos principales de la aviación y de los cañones republicanos que intentaban tomar la ciudad. La mayoría de la población se escondía en los sótanos y múltiples pasadizos que transcurrían bajo el pueblo.
La batalla de Belchite se produjo entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937. La ofensiva republicana movilizó a unos 24.000 combatientes, entre ellos la Brigada Lincoln de las Brigadas Internacionales que ya había participado en la feroz batalla de Brunete. 2.800 republicanos murieron en los enfrentamientos, unas 2.000 bajas tuvieron los fascistas así como unos 2.400 prisioneros. Apenas un centenar lograron salir del cerco de las tropas republicanas que tras durísimos bombardeos y combates lograron entrar a través de una acequia que les condujo al altar de una de las iglesias. Fue el único agujero que pudieron realizar en las defensas de un pueblo firmemente bloqueado.
Belchite es una de las grandes victorias republicanas de referencia aunque más moral que efectiva ya que no sirvió para alcanzar el objetivo previsto de recuperar Zaragoza capital. Durante unos meses ondeó la bandera republicana en un pueblo ya casi destruido por los combates. Finalmente durante 1938 los tropas franquistas recuperaron Belchite y retomaron las prácticas represivas. Franco encomendó a más de un millar de presos republicanos, del propio Belchite y de la comarca, que malvivían en un barrio al que se le llamó La Pequeña Rusia con población sospechosa de republicanismo, la construcción de un nuevo pueblo para todos los belchitanos. Fue inaugurado en 1954 pero no hubo casas para todos. El incumplimiento de Franco obligó a muchos vecinos a seguir viviendo en la ciudad vieja, entre escombros, hasta 1964 que fueron expulsados los últimos, cuando se decidió consagrar aquel espacio a la memoria fascista.
Hoy Belchite Nuevo cuenta con unos 1.500 habitantes y convive con naturalidad con su particular parque temático, el Belchite Viejo, convertido en lugar de peregrinaje y testigo de la devastación bélica.
Gracias a la extensa y completa explicación que  la guía hace acerca de estos hechos, la visita finalmente se torna más realista y los escombros parecen desprender una energía que activa nuestra imaginación para que revivamos las escenas allí vividas: Imagino a los soldados republicanos irrumpiendo tras el altar de la iglesia, fusiles en mano y derrotando a los sorprendidos soldados franquistas. De las pocas alegrías que nos dio la contienda.
Tras 80 años perviven algunos vestigios de la no superada confrontación: pintadas fachas por doquier e incluso el siempre presente espacio mortuorio de conmemoración de los caídos por dios y  por España, la cruz de hierro forjada por los prisioneros republicanos que ni los propios homenajeados han respetado. Franco quiso que Belchite permaneciese como simbología fascista y así se mantiene. Tras la llegada de la democracia estos muros siguen olvidando a una parte importante de su martirizada población. Como en tantos otros muchos pueblos, múltiples fosas por los alrededores esconden a los testigos represaliados y silenciados. Nada nuevo. Seguimos esperando.
VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.
21 de mayo de 2018

No hay comentarios:

Publicar un comentario