Belchite
2018. Noche.
Ochenta años después. Penumbra,
oscuridad. Rodeados de fantasmagóricas imágenes, envueltos en un relato que
pretende ser sugerente, las sombras de las ruinas del infierno de Belchite nos
rodean por doquier. Pseudodecorados intuyen un universo paralizado hace
décadas. Silencio sepulcral que repica en nuestro interior como un bombardeo y
gritos continuos. A la espera de la visión diurna y más sangrante, viajamos por
las sombras y oímos las consabidas historias místico-propagandísticas que
apuntan de manera, un tanto tendenciosa, a predisponer un clima que mezcla lo
esotérico con los mismos cuentos religiosos de toda la vida: vírgenes,
huérfanos, monjas, cadáveres, fascistas, bombas….muerte. Una manera distinta de
abordar la historia, sin imágenes, con imaginación e imaginería. Solo breves
flashes en las entrañas de los edificios religiosos, techos agujereados y
hundidos por donde escapan los cuentos explicados; mientras, los mortales
esperamos un brazo frío que se pose en nuestro hombro y una voz-eco que nos hable
de lo sucedido. Un guardián requeté por un día, mercadea unas fotos con
reliquias de antaño, mezclando sin prejuicios nuestra sangre hermana con los
fluidos de los asesinos. Espectáculo turístico deprimente a las puertas de la
realidad olvidada, silenciada y manipulada. El cuento de nunca acabar de la
guerra fratricida entre hermanos; aunque en el relato y en la visita sólo se
destaquen los de siempre: los continuamente recordados y homenajeados, en
monolitos funerarios y en paredes manchadas por manos patriotas. Mártires
eternos que sucumbieron moribundos en las piras de los rojos sanguinarios.
Nadie replica. Todos asienten y se sorprenden entre psicofonías y propaganda
pseudohistórica. Todos tememos ver a las fantasmagóricas hermanas bombardeadas
o manchar nuestros zapatos con los ríos de grasa y sangre líquidas de héroes
derramadas por doquier. Nadie espera a los centenares de torturados y
asesinados en julio o de los esclavos que reconstruyeron la nueva realidad.
Belchite sigue bajo las bombas, las del olvido, las de la mentira, las de la
infamia.
20 de mayo 2018
Belchite
2018. Día.
Si la excursión nocturna supone un
viaje extrasensorial al pasado y a las sombras, realizar la misma visita a la
luz del día parece una inmersión en otro universo. El punto de comunión entre
ambos viajes es la coexistencia diurna-nocturna del portero fantasma. Aunque se
oferta como un actor-relator-figurante complemento al entorno vuelve a
regalarnos esa imagen de requeté patético mendigaeuros a la puerta del recinto (el resto del vestuario debe estar en el
tinte) y junto a una pancarta que reza Dios, Patria, Rey alrededor de la cruz
carlista. Nos invita a empuñar un viejo máuser, a ponernos una de las múltiples
boinas o sombreros ofertados y a perpetuar esta bonita imagen para la historia
con una pose fotográfica y una bonita sonrisa….por la voluntad. Sugerente
recibimiento que entre la ignorancia o la connivencia del grupo que espera no
me predispone de manera optimista al paseo y a repetir la experiencia del día
anterior.
El portalón de la entrada se abre por
fin y se nos invita a pasar tras la preceptiva comprobación que hemos abonado
el precio de la entrada. La mayoría de los visitantes parecen ser ignorantes y
conocer el detalle de lo que esconden aquellos muros y de lo allí acontecido.
Una nueva guía, al parecer más experimentada y documentada, se encargará del
relato. Pienso en la experiencia de la noche anterior y mis expectativas no se
presentan muy elevadas.
Sobre Belchite todos hemos visto
fotos o documentales que muestran gráficamente la destrucción bélica en una
población y que nos ha servido para formarnos una opinión o imaginarnos la
película de los hechos. Traspasar la puerta de entrada y acceder a los primeros
metros de este camino entre ruinas no tiene nada que ver con el visionado de la
película por pantalla. Como un decorado fabricado para un rodaje nos observan
las fachadas que milagrosamente aguantan en
pie, rodeadas de montañas de escombros y destrucción y salpicadas en el
horizonte por los perfiles de lo que antaño fueron las iglesias, torres o
edificios principales de Belchite. El impacto es brutal aunque la sensación
inicial de artificialidad es grande: las calles vacías, limpias, silenciosas
parecen formar parte de un universo inerte.
Poco a poco los detalles se muestran
a nuestros ojos: impactos de bala, agujeros en las paredes y techos por caída
de obuses; interiores de edificios derruidos, vigas eternas entrecruzadas y
colgantes van inundando nuestra cabeza y sensibilizando nuestros ojos. El relato
de la guía sirve para reanimar en nuestras mentes todo ese conjunto de piedras
y maderos maltratados y para que vayamos conformando en nuestros adentros la
película de los hechos.
Decepciona en cierto modo, descubrir
que el Belchite Viejo actual, ese pueblo que Franco obligó a abandonar para
dejarlo como muestra del salvajismo de las hordas marxistas para la posteridad,
apenas es una tercera parte del pueblo destruido original. La rapiña se llevó
dos terceras partes del mismo: tejas, piedras, vigas, forjas, ventanas,
fuentes, farolas, etc….todo lo que tenía algo de valor fue saqueado; lo cual
desdibuja la imagen del que sería el Belchite Viejo postguerra. Parece lógico
que en aquellos años de carencias y antela necesidad de recuperar o reconstruir
sus casas, la gente se llevara lo que pudo. A ello se unió el saqueo más
especializado que se produjo con aparatos detectores y tecnología de todo tipo
que arramplaron con todos los restos de la batalla y con todo el material
bélico que inundaba todo el territorio. Tan solo algunos impactos inalcanzables
nos enseñan las heridas sangrantes en algunos muros. También podemos tener la
certeza que la mayoría de cosas de valor cayeron en manos de otros desalmados
muy cercanos. Con toda seguridad en las casas de algunos notables del lugar
encontraríamos más de un objeto rapiñado como los faroles forjados de la fuente
principal del pueblo.
A pesar de todo esto, uno hace un
esfuerzo imaginativo y se imbuye en las entrañas de las ruinas para reconstruir
aquellos acontecimientos. A la luz del relato de la guía retrocedemos en el
tiempo hasta los años 30 a un pueblo aragonés de unos 3.800 habitantes,
importante en aquellos momentos como eje cultural y económico de la comarca; a
las puertas de la gran Zaragoza. Esto sería clave en sus designios.
Podemos imaginar una vida cotidiana
similar a la del resto de poblaciones del país, con sus especificidades ya que
siempre fue un centro de referencia religioso. Creo haber contado hasta cinco
iglesias, algún convento y algún otro establecimiento religioso más como un
hospicio. Nada excepcional en nuestra geografía.
La declaración de la II República y
los años de vigencia de la misma tampoco se diferencian mucho de los demás
municipios españoles. Con el alzamiento de los acuartelamientos y el golpe de
estado triunfante en Zaragoza capital convirtió a Belchite, donde también se
había consolidado, en un punto estratégico para el intento republicano de
recuperar la capital de Aragón y para los franquistas como escudo defensivo de
Zaragoza. Belchite y sus habitantes se convirtieron en rehenes en un centro de
operaciones bélicas crucial. Los franquistas, tras las preceptivas purgas y
ejecuciones que acabaron con más de 200 personas, acumularon más de 8.000
hombres para la defensa de la ciudad. Las iglesias, en teoría lugares sagrados
e inviolables, junto a los edificios grandes y colinas de los alrededores se
convirtieron en lugares estratégicos donde se instalaron las baterías
defensivas; por lo cual se convirtieron en objetivos principales de la aviación
y de los cañones republicanos que intentaban tomar la ciudad. La mayoría de la
población se escondía en los sótanos y múltiples pasadizos que transcurrían
bajo el pueblo.
La batalla de Belchite se produjo
entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937. La ofensiva republicana
movilizó a unos 24.000 combatientes, entre ellos la Brigada Lincoln de las
Brigadas Internacionales que ya había participado en la feroz batalla de
Brunete. 2.800 republicanos murieron en los enfrentamientos, unas 2.000 bajas
tuvieron los fascistas así como unos 2.400 prisioneros. Apenas un centenar
lograron salir del cerco de las tropas republicanas que tras durísimos
bombardeos y combates lograron entrar a través de una acequia que les condujo
al altar de una de las iglesias. Fue el único agujero que pudieron realizar en
las defensas de un pueblo firmemente bloqueado.
Belchite es una de las grandes
victorias republicanas de referencia aunque más moral que efectiva ya que no
sirvió para alcanzar el objetivo previsto de recuperar Zaragoza capital.
Durante unos meses ondeó la bandera republicana en un pueblo ya casi destruido
por los combates. Finalmente durante 1938 los tropas franquistas recuperaron
Belchite y retomaron las prácticas represivas. Franco encomendó a más de un
millar de presos republicanos, del propio Belchite y de la comarca, que
malvivían en un barrio al que se le llamó La Pequeña Rusia con población
sospechosa de republicanismo, la construcción de un nuevo pueblo para todos los
belchitanos. Fue inaugurado en 1954 pero no hubo casas para todos. El
incumplimiento de Franco obligó a muchos vecinos a seguir viviendo en la ciudad
vieja, entre escombros, hasta 1964 que fueron expulsados los últimos, cuando se
decidió consagrar aquel espacio a la memoria fascista.
Hoy Belchite Nuevo cuenta con unos
1.500 habitantes y convive con naturalidad con su particular parque temático,
el Belchite Viejo, convertido en lugar de peregrinaje y testigo de la
devastación bélica.
Gracias a la extensa y completa
explicación que la guía hace acerca de
estos hechos, la visita finalmente se torna más realista y los escombros
parecen desprender una energía que activa nuestra imaginación para que revivamos
las escenas allí vividas: Imagino a los soldados republicanos irrumpiendo tras
el altar de la iglesia, fusiles en mano y derrotando a los sorprendidos
soldados franquistas. De las pocas alegrías que nos dio la contienda.
Tras 80 años perviven algunos
vestigios de la no superada confrontación: pintadas fachas por doquier e
incluso el siempre presente espacio mortuorio de conmemoración de los caídos
por dios y por España, la cruz de hierro
forjada por los prisioneros republicanos que ni los propios homenajeados han
respetado. Franco quiso que Belchite permaneciese como simbología fascista y así
se mantiene. Tras la llegada de la democracia estos muros siguen olvidando a
una parte importante de su martirizada población. Como en tantos otros muchos
pueblos, múltiples fosas por los alrededores esconden a los testigos
represaliados y silenciados. Nada nuevo. Seguimos esperando.
VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.
21 de mayo de 2018

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