Torre
Romeu (Sabadell), 11 de marzo de 2018
Mi abuelo Manuel fue ejecutado el 12
de enero de 1940 con 4 compañeros más. Sus restos junto a 150 granadinos más
continúan tirados en la fosa común del cementerio de Guadix. No fueron los
primeros, tampoco serían los últimos.
La represión no fue un fenómeno
aislado o consecuencia
exclusivamente del proceso que se derivó del golpe de estado de julio del 36
contra la legalidad republicana. La represión ha sido y es, un instrumento
siempre presente en el conflicto de clases que se ha dado a lo largo de los siglos
y también de la actualidad. Antes, después y
también, desgraciadamente, durante de la II República, la represión, expresó
la reacción del poder económico y fáctico ante cualquier intento de socavar sus
derechos adquiridos.
Sus privilegios intocables
hasta entonces comenzaron a ser cuestionados por los desarrapados e incluso
abiertamente combatidos. Este es el contexto en el que debemos situar la
represión franquista aunque como sabemos adquirió una dimensión ni siquiera
imaginable, que ha llegado casi hasta nuestros días, donde muchas consecuencias
siguen siendo patentes.
El desastre económico y político
que vivía España a principios del siglo XX crearon las condiciones propicias
para la exacerbación del conflicto de clases.
En las grandes ciudades, Madrid,
Barcelona, Bilbao, etc. con el desarrollo industrial salvaje, comienza a
florecer un sindicalismo combativo y un pistolerismo empresarial y policial
para enfrentarlo. Obreros y burgueses frente a frente.
En las regiones agrarias, Andalucía
y Extremadura entre ellas, infradesarrolladas, condenadas a la exclusiva
explotación agrícola y escasamente industrializadas, daba pie a unas relaciones
clasistas un tanto peculiares, más propias de la Edad Media. El movimiento
sindicalista jornalero era enfrentado
desde la guardia civil, el ejército y las bandas caciquiles. Los
siervos contra los amos. Resulta paradójico que todavía hoy la que fue la
casa de los terratenientes de mi pueblo y la comarca se siga conociendo como La
casa del Amo. O que nuestras madres y abuelas nos digan en sus relatos que su
trabajo, a veces desde los cinco años, era ir a servir a casa de los más ricos.
Y esto no solo lo hicieron en Andalucía, la mayoría siguieron ejerciéndolo en
las nuevas tierras donde tuvieron que emigrar.
La II República llegó fruto de ese
desastre económico y
de la incapacidad de las clases dominantes de mantener la estructura de su
estado fallido. Unas elecciones municipales certificaron ese colapso y
obligaron a los Borbones a poner tierra de por medio. Los desarropados habían
forzado el cambio y la II República era una realidad.
Entre inevitables contradicciones y
discrepancias se consiguió poner en marcha un proyecto novedoso y
revolucionario para lo que había sido la historia de España y de Europa.
Las reformas y los cambios que se pretendieron abordar sentaban las bases para
la creación de una realidad mucho más igualitaria y justa así como colocar a
España en la vanguardia del progreso mundial.
Basta leer la Constitución
aprobada, la recuperación de derechos sociales, políticos, territoriales,
de género, etc. con las leyes de divorcio, aborto, igualdad, etc. y las grandes
reformas planteadas: agraria, educativa, laboral, religiosa, militar, etc. para ver la dimensión que pudo haber
alcanzado aquel proyecto republicano, si hubiese sido posible. Reformas que
dieron pie a toda una serie de ejercicio de derechos y de experiencias
transformadoras muy importantes, aunque alguna fundamental como era la Reforma
Agraria fue imposible aplicarla en Andalucía, al menos hasta 1936 con la
incautación de las tierras a los terratenientes.
Las fuerzas reaccionarias se
encargaron de dejar claro
que aquel accidente en el que habían perdido el gobierno del país no iba a ser
una merma en el poder efectivo que seguían ejerciendo. Y desde el primer día se
lanzaron, por todos los medios, a impedir el desarrollo de aquellas reformas.
La II República se proclamó el 14 de
abril de 1931 y costó semanas en muchos
lugares hacer efectiva esa proclamación. Ya el 10 de agosto de 1932 se produjo
la Sanjurjada, un fallido levantamiento militar como a los que tan
acostumbrados se estaba a lo largo de la historia. Después vino el bienio negro
con la derrota en las urnas de las fuerzas progresistas, el desmantelamiento de
lo poco conseguido y las brutales represiones a los movimientos proletarios: Asturias,
Casas Viejas, Catalunya, Euskadi….y tras el triunfo del Frente Popular en
el 36, la reacción definitiva de todos los poderes fácticos: militares,
iglesia, terratenientes, burguesía y acólitos: el golpe de estado del 17 de
julio de 1936.
El glorioso alzamiento que pretendía
poner las cosas en su sitio y pasar cuentas por tamaña impertinencia
republicana. Todas las fuerzas reaccionarias con los generales fascistas al
mando, la mayoría de unidades del ejército, incluidas las salvajes fuerzas
coloniales que luchaban en el norte de África; las decenas de miles de
falangistas, requetés y sucedáneos que habían sido entrenados previamente, la
iglesia con sus obispos e incluso el papa Pio XII desde Roma, bendiciendo aviones y tanques y sus curas y
frailes encintados con sus armas; los terratenientes y grandes burgueses
poniendo los recursos económicos necesarios, también la monarquía; el apoyo
directo, con armas y soldados, de los regímenes fascistas de Italia, Alemania y
Portugal así como la complicidad de los mal llamados aliados unieron sus voluntades para fulminar
la II República y exterminar a todos sus defensores.
David hizo frente a Goliat. Lo que se aventuraba como un
lógico paseo militar acabó desembocando en una guerra de tres años, en una
resistencia numantina y ejemplar de los débiles contra el monstruo fascista.
Desde el primer momento y en cada
acción golpista quedó claro cuál era el objetivo prioritario: no solo recuperar
el antiguo orden sino asegurarse que nunca más volvería a producirse una
aventura como la de la II República.
La estela de sangre continuaría. Los
golpistas de Primo de Rivera, de las represiones del 34 y de la represión
mantenida incluso con la República vigente, establecieron un plan de acción
cuyo eje giraba alrededor de dos palabras principalmente: genocidio y terror.
La definición de genocidio es: “exterminio o eliminación sistemática de un
grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”.
Ya es hora que se hable en este país sin rodeos y claramente.
Golpe de estado contra la legalidad republicana es
lo que sucedió el 18 de julio del 36, no un levantamiento de hermanos contra
hermanos.
La guerra llamada civil fue
el escenario establecido a partir del fracaso del golpe de estado.
La autodefensa legítima de la
República ante el avance del terror no fue represión. Aunque hubiese alguna reacción
desmesurada ante lo que se avecinaba, las autoridades republicanas rápidamente
frenaron el uso del terror como respuesta al fascismo. Su objetivo primordial
fue eliminar y castigar este tipo de comportamientos, en el bando fascista, el
terror era el instrumento.
La mayor parte de los muertos y
represaliados lo fueron muy lejos del campo de batalla. Fue fruto de un plan
preestablecido y perfectamente ejecutado, por ello hablamos de genocidio o
deberíamos hacerlo. El relato de muchos
progresistas hoy en día sigue adoleciendo de esta claridad a la hora de
explicar lo que sucedió en nuestras tierras y con nuestras gentes en aquellos
años, dando bola muchas veces a una injusta equidistancia que pretende
equiparar las acciones de ambos bandos.
Los andaluces o los extremeños
podemos hablar sin ambigüedad de lo que pasó. Nos lo han contado los que lo
vivieron en su pellejo y lo hemos vivido en nuestras casas.
En torno a la represión franquista
se ha hecho mucha literatura y se ha hablado mucho. Pero, si os pregunto por
las cifras reales que alcanzó, ¿qué me diríais? ¿Cuántos muertos totales supuso
ese conflicto? ¿Cuántos asesinados hubo? ¿Cuántos ejecutados oficial y
extraoficialmente se produjeron? ¿Cuántos desaparecidos? ¿Cuántos esclavos?
¿Cuántos exiliados?¿cuántos acabaron en campos de concentración y de
exterminio, en nuestro país o fuera del mismo? ¿Cuántas viudas, huérfanos,
madres sin hijos? ¿Cuántos encarcelados, detenidos, torturados, muertos en
vida?
A modo de contraste, sirva como ejemplo comparador que
la represión de Pinochet se llevó por delante a unas 3.000 personas y que en
Argentina se calculan en torno a los 30.000 desaparecidos.
De cifras nuestras, conocemos con
claridad las del lado franquista que bien se encargó durante décadas de
homenajear a su Caídos por dios y por España, como siguen haciéndolo todavía
hoy en día con la División Azul. Hablan de 38.563 personas víctimas de la
represión republicana. En ellas se incluye a los muertos en los enfrentamientos
derivados del golpe de estado y del levantamiento en los pueblos de España y a
más de uno que debió de morir varias veces o indirectamente.
Las cifras del lado republicano son
más inexactas. Más de 40 años después de la muerte de Franco seguimos sin tener
una contabilización ni aproximada del alcance de su represión. Se habla de un
millón de presos políticos, de 200.000 ejecutados, de 145.000 desaparecidos. Se
intuye que son muchos más. Han pasado más de 80 años, los papeles han
desaparecido o se ocultan, la nula voluntad de dar luz a lo acontecido es
patente. Solo nos queda el testimonio de las víctimas, los estudios y relatos
realizados por toda la geografía fruto del voluntarismo y del compromiso
memorialístico y del afán de todos nosotros para que el olvido, que es lo que
buscan, no entierre definitivamente a los nuestros y exonere a sus asesinos y
represores. Gracias a ello, al trabajo de muchas famiias y de las asociaciones
de MH conocemos una parte de ese horror ocurrido en nuestros pueblos, en
Granada también.
La represión se llevó a cabo
en distintas fases. Estas pueden definirse a grandes rasgos en:
- Ocupación de los pueblos.
- Aplicación de los bandos
de guerra.
- Los consejos de guerra
sumarísimos.
- La represión de
postguerra.
En Andalucía se calcula que un
mínimo de 55.000 andaluces fueron asesinados, cifra que parece corta cuando por ejemplo los últimos
estudios en Granada donde se hablaba de 12.000 víctimas documentadas pero que
podrían rondar finalmente cerca de los 25.000, tal como afirman Gibson o Paul Preston; más de 40.000
andaluces acabaron en el exilio a los que hay que sumar las decenas de miles de procesados y muertos en
combate, en prisión o trabajos forzados, depurados y no podemos olvidar a
las mujeres, especialmente castigadas: vejadas, violadas, asesinadas.
Hace dos días celebramos la gran huelga de las
mujeres por sus derechos. Hoy es un buen día para homenajear a las muchas
mujeres republicanas víctimas directa o indirectamente de la represión:
nuestras 13 rosas de Madrid, de Gilena y de tantos otros sitios, las 5
fusiladas en la plaza de las Palomas en Guadix o Herminia Praena, de Purullena
que con 13 años tan solo es nuestra ejecutada más joven o la inmolación de nuestra querida Lina Odena
en el frente de Granada y tantas y tantas más, la mayoría anónimas y que hay
que reivindicar. Aquí os traigo un libro donde se recogen algunas de ellas.
No quedó rincón en Andalucía o
Extremadura,
como pasó en la mayoría de la geografía española, donde no haya vestigios o
recuerdos del terror fascista. Tras su estela, pueblo a pueblo, las cunetas,
las vallas de los cementerios y las plazas de los pueblos vieron morir y sufrir
salvajemente a lo mejor de sus gentes. Fue un verdadero viaje al infierno. Desde
la llegada a la península de las tropas fascistas y su dispersión hacia
Extremadura, Galicia, Castilla, con Madrid en el objetivo final, hasta casi
1938, que se estabilizó el frente y Andalucía quedó partida en dos zonas, la
dinámica era la represión al estilo colonial. Por tierra, mar y aire. El rio de
sangre no tenía fin y se repetían las matanzas colectivas. No hay pueblo que no
resultase manchado.
La toma de
Badajoz supuso una gran
matanza protagonizada
por las fuerzas moras que tomaron la ciudad al mando del general Yagüe. Las estimaciones más comunes apuntan
que entre 2.000 y 4.000 personas fueron ejecutadas en unos pocos días tan solo
en la plaza de toros. Todavía hoy en día hay quien recuerda los ríos de sangre
por las calles y el olor de las montañas de cadáveres ardiendo con gasolina.
En Valladolid, una denominada "patrulla del
amanecer", grupo de falangistas dirigidos por Onésimo
Redondo, cofundador
de las JONS, fusilaba a unas cuarenta personas cada día. Allí, como en otras
ciudades de la zona sublevada, los presos eran sacados por la noche en camiones
para ser fusilados en las afueras de la ciudad sin siquiera el simulacro de un
juicio.
En Zaragoza se
asesinaron a más de 6.000 personas, la mayoría de las cuales en los primeros
meses de la contienda. Y así por todo el territorio.
Tan solo en Andalucía hay, a fecha de
hoy, datadas 620 fosas comunes, cerca de 100 solo en Granada. De
ellas destacan la del cementerio de Málaga donde se calculan que hay unos 4.500
cuerpos, la de Sevilla con más de 3.000 registrados o la del cementerio de San
José en Granada con más de 4.000 ejecutados en sus tapias o la del cementerio
de Guadix con más de 165 republicanos enterrados.
Valgan estas
cifras para hacernos una idea del alcance de la represión en nuestras tierras.
En el Arahal (Sevilla), con 13.000 habitantes se contabilizan 415 ejecutados o en Tocina,
125 asesinados sobre una población de unos 5.000 habitantes. Todo ello
principalmente en los primeros días del
golpe de estado.
En
la Andalucía bajo control de los militares, la referencia es Queipo
de Llano se había convertido en el reyezuelo de sus dominios e imponía su
severa justicia: muerte a todos los enemigos. Sus tropas moras y sus brigadas
falangistas, a cuya cabeza marchaban los más destacados latifundistas de
Andalucía, como Ramón de Carranza, campeaban a sus anchas. Este Ramón de
Carranza, hijo y nieto de linajes caciquiles se hizo famoso por haber formado
un grupo de 200 falangistas que se encargaron de la mayor parte de la represión
que se dio en las provincias de Cádiz, Sevilla y Huelva. Tal fue su grado de
efectividad y de criminalidad que, en agradecimiento, el propio Queipo de Llano
lo nombró alcalde de Sevilla. Mientras, no olvidaba sus intereses económicos ni
los de los que le estaban ayudando, exportando jerez, aceitunas o fruta.
Rodeado de célebres asesinos como el coronel Díaz Criado, conocido por
su especial predisposición por los crímenes sexuales, sobre todo con familiares
de detenidos y por organizar espectáculos públicos con los fusilamientos de los
republicanos donde cedían el gentil privilegio de dar el tiro de gracia a los
fusilados a las damiselas de compañía que llevaban y a las que regalaban algún
souvenir del momento como dientes de oro de los muertos o algún objeto de
valor. En Granada, contaba con el capitán Rojas, célebre por dirigir la
represión en Casas Viejas y que pudo multiplicar con creces en la terrible
persecución de republicanos que se dio en la capital.
La sistemática de la represión en
Andalucía era clara, además de la eliminación física de los republicanos
el objetivo primordial era recuperar para los caciques las tierras
confiscadas por la República por eso el avance de las tropas fascistas iba
marcado por estas prioridades. Los latifundistas tenían prisa por recuperar “lo
suyo” y pasar cuentas con los jornaleros. Llegaban a los pueblos, eliminaban a
los miembros del ayuntamiento y a los del comité popular, nombraban a los suyos
y comenzaban la cacería. Las escenas criminales sangrientas se repetían en
todos los pueblos. Detención de familiares. Mutilaciones, violaciones y todo
tipo de torturas para que dijesen dónde estaban sus parientes buscados.
Asesinato de familias enteras y de grupos de centenares a veces. La que mejor
salía parada, por decir algo y porque mayoritariamente eran mujeres, acababan
con una oreja cortada, la cabeza afeitada, bebiendo agua en el pilón de los
animales o barriendo las calles y los locales de falange, como por lo visto
pasó en el Marchal, mi pueblo, cuando
los “nacionales” tomaron el control.
Y además había que aguantar al asesino de
Queipo de Llano con sus proclamas incendiarias en la radio que, inventando
atrocidades y crímenes que solo una mente enferma como la suya podía fabular y
que atribuía a los criminales rojos, encendía más los ánimos revanchistas y de
venganza por parte de los fascistas y sus seguidores, que habían entrado en una
competición sanguinaria de ver qué grupo era el que más atrocidades cometía,
vanagloriándose de sus “hazañas” y siendo felicitado por los generales
fascistas que incluso se permitían comentarios sobre la violación a mujeres
republicanas del tipo de .”Ahora por lo menos sabrán lo que son unos hombres
de verdad y no milicianos maricones”. Estaban tan dominados por su vorágine
exterminadora que incluso se llevaron por delante muchos políticos republicanos
derechistas.
El 18 de julio fue el llamamiento
generalizado a la rebelión. El general Mola se alzó en Navarra donde
contaba con la ayuda de varias decenas de miles de requetés, además de las
tropas. También se levantaron la mayoría de acuartelamientos de las grandes
ciudades con desigual alcance. Fueron asesinados los generales al mando en Burgos,
Guadalajara y Valladolid junto a los dirigentes izquierdistas por no
sumarse al levantamiento. No hubo apenas resistencia en Castilla y rápidamente
fue una zona controlada y bajo dominio fascista, junto a Navarra. De hecho
Burgos fue elegida como capital de la zona mal llamada nacional. En el resto
del país la resistencia había sido enorme y sólo triunfaron en ciudades y zonas
muy puntuales. Andalucía resistió lo que pudo pero fue imposible detener
el empuje inicial de la invasión ya que la mayoría de las tropas entraron por
nuestra región. Así cayeron Cádiz y Huelva y en pocos días. A ellas se unió Granada
capital que cayó en manos de los golpistas. Los obreros pidieron armas para defender la
República pero, con la excusa de la falsa lealtad de muchos militares y la indecisión
de los dirigentes, no las consiguieron directamente. En muchos sitios se
consiguieron por la fuerza. Sevilla cayó por el engaño del propio Queipo
de Llano que decía mantenerse fiel a la República para poder actuar
impunemente. De seguida comenzaron sus proclamas en la radio y su salvaje
represión. Jaén aguantó y derrotó a los fascistas. Tampoco triunfaron en
Málaga ni Almería. Andalucía quedaba partida en dos. Guadix, Baza (que se
convirtió en la capital) y gran parte de la provincia seguía siendo republicana.
Madrid, Barcelona y Valencia aguantaron gracias a los militantes socialistas,
comunistas y anarquistas en armas. Galicia también acabó controlada por los
fascistas, en gran parte. El resultado del intento golpista es que había triunfado
en una tercera parte del territorio español. La noticia buena era que, por
increíble que pareciese el pueblo español había mantenido las dos terceras partes del país bajo control de
la República, sin apenas medios de defensa. La mala noticia, comenzaba una
larga guerra.
Un
golpe muy duro fue la caída de Málaga en febrero de 1937, tras una invasión sin
precedente de más de 20.000 hombres. Más de 100.000 personas huyeron de la
ciudad. Un éxodo desorganizado en dirección a Almería, a Baza y Guadix. De
nuevo, con la entrada de los fascistas en Málaga se repitieron las salvajadas
de costumbres, la mayoría de los heridos y republicanos que no habían podido
huir fueron salvajemente asesinados. Incluso los oficiales italianos que
participaron del asedio a la ciudad quedaron asustados de la magnitud de la
represión. No contentos con la limpieza
que estaban realizando en la ciudad dirigieron su persecución a las propias
caravanas y filas de refugiados que habían huido. Fueron ametrallados y
bombardeados sin piedad en otro de los episodios que han quedado bien marcados
en el libro del genocidio franquista, conocido como La Desbandá. Muchos de
aquellos refugiados pasaron por nuestras tierras.
El comandante José
Valdés Guzmán se
convirtió en el gobernador civil y responsable de las cuestiones de Orden
público, siendo desde ese momento el principal responsable de la represión en
la capital granadina y en las poblaciones bajo su control, principalmente de la
vega de Granada. El teniente de la Guardia Civil José Nestares se convirtió en
delegado de Orden Público, asumiendo un destacado papel en la represión. El jefe
de la policía, Julio
Romero Funes, también
fue otro de los principales responsables de la represión.
Fueron creados
varios grupos paramilitares y/o milicias encargados de la represión en la
retaguardia, entre los que destacó especialmente la «Escuadra Negra». Numerosos recintos fueron
habilitados como improvisados centros de detención. A las afueras de la ciudad
se estableció un campo de concentración, mientras que la Comisaría de policía y
el Gobierno Civil pronto se vieron abarrotados de detenidos. La cárcel de
Granada, que tenía capacidad para unas 400 personas, vio masificadas sus instalaciones
con más de 2000 personas encarceladas. Muchos de los detenidos eran llevados
al cementerio y fusilados allí mismo, la mayoría de ellos sin formación previa
de causa.
Fueron
fusilados numerosos médicos, abogados, escritores, artistas, maestros y, principalmente,
trabajadores. Entre los ejecutados hubo muchas personalidades locales: el
escritor y director del diario El
Defensor de Granada,
Constantino
Ruiz Carnero; el
ingeniero y constructor de la carretera que va desde la ciudad a Sierra Nevada,
Juan
José de Santa Cruz; o
el alcalde de la ciudad cuando se produjo la sublevación militar, Manuel
Fernández Montesinos. Junto al alcalde fueron fusilados 23 concejales de la coalición
republicano-socialista,
de entre los cuales destacaba el antiguo alcalde Luis
Fajardo Fernández.
También tuvieron este destino Rus Romero y el presidente de la diputación,
Virgilio Castilla. La Universidad de Granada también sufrió la sangría de la
represión «rebelde». Fueron ejecutados el rector de la universidad y eminente
arabista Salvador
Vila Hernández; el
catedrático de pediatría Rafael
García-Duarte; el
catedrático de química y antiguo alcalde Jesús
Yoldi Bereau; el
catedrático de derecho político Joaquín
García Labella o el
vicerrector y catedrático de historia José
Palanco Romero Todos
ellos pasaron por las tapias del cementerio y fueron fusilados. No obstante,
hubo una excepción: la del antiguo gobernador civil, Torres Martínez, que logró
salvar la vida, aunque fue condenado a más de treinta años de prisión. El
comandante militar, general Campins, fue destituido y posteriormente enviado a
Sevilla, donde sería juzgado y fusilado por iniciativa del general Queipo
de Llano.
De entre todas
estas muertes, la más conocida ha sido la del escritor y poeta Federico
García Lorca, que
tras el triunfo de la sublevación militar se había refugiado en casa de la
familia Rosales, miembros reconocidos de la Falange granadina. Sin embargo,
esto no salvó la vida al poeta granadino, que fue detenido y poco después
fusilado cerca de Víznar. El asesinato de García Lorca tuvo un amplio eco entre
la opinión pública internacional.
A lo largo de la contienda las
tropas franquistas se hicieron con el control de toda Andalucia Oriental. Aunque a nivel bélico no llegaron
a producirse grandes enfrentamientos, la dinámica fascista era la misma, pueblo
ocupado, represión salvaje: Loja, Motril, Maracena, etc. en Granada. Contrasta
con lo que sucedía en la Andalucía republicana.
Acabada la guerra, con el triunfo de los sublevados,
los vencedores iniciaron otra etapa de represión cuya finalidad fue
atemorizar a todos aquellos que no se identificaban con el nuevo régimen. En
febrero de 1939 se promulgó la Ley de Responsabilidades Políticas, según
la cual, no solo aquellos que habían colaborado con el gobierno legal de la
República podían ser condenados, sino también aquellos que supuestamente
hubieran mostrado una “pasividad grave”. Sin olvidarnos de la incautación de
todos los bienes e incluso multas o las inhabilitaciones profesionales
asociadas que implicaban las sentencias.
En la geografía española surgieron numerosos campos de concentración donde
se hacinaban los detenidos viviendo en condiciones durísimas, sometidos a malos
tratos y muertes arbitrarias.
En 1939, el número de detenidos
esperando juicio superaba los 270.000.
En la actualidad se calcula en unas 50.000 las personas que fueron ejecutadas
(aunque, aun hoy, esta cifra puede considerarse provisional). A esta
cifra habría que sumar todas aquellas muertes que se produjeron en las cárceles
como consecuencia de las pésimas condiciones en las que intentaban sobrevivir
los presos.
La primera depuración la sufrió el
sistema judicial,
el franquismo tuvo especial cuidado en que los tribunales estuviesen compuestos
por elementos afines.
Durante los primeros años, tras el
golpe de estado, ni se molestaron en dar una apariencia de legalidad a las
ejecuciones. Las sacas y los asesinatos eran directos. Posteriormente, cerca de
la finalización del conflicto armado y por la presión internacional a la vista
del salvajismo mostrado y de la falta de garantías absoluta para los detenidos
comenzaron a constituir tribunales militares a tal efecto.
Estaban compuestos principalmente
por militares, el defensor era otro militar al que no se le pedía una
formación jurídica y debía subordinación al presidente del tribunal, también
militar, que ni siquiera llegaba a tener contacto con el enjuiciado,
supuestamente su defendido. Estos tribunales se encargaron de juzgar a aquellos
que, como en un mundo al revés, eran acusados de promover o apoyar la
insurrección. Los juicios duraban breves minutos, en ocasiones se juzgaban a
grupos de sesenta personas las que podían o no ser escuchadas. El 30 de abril
de 1939, le tocó el turno a mi abuelo. Al intentar hablar le interrumpió el
capitán auditor y le dijo que callara, que los mítines del Peleón se habían
acabado. Salió con pena de muerte.
No podemos olvidar el papel activo
que tuvo la iglesia en todo este proceso represivo. La mayoría de las denuncias iban
respaldadas por los curas de los pueblos que activamente participaban en la
denuncia y persecución de los republicanos. Daba igual que sus vidas hubiesen
sido salvadas con anterioridad, como le sucedió a mi abuelo. Fueron implacables.
Un sector especialmente castigado
fue el de la enseñanza. Se continuó con la represión iniciada con la
sublevación militar. «Además de los asesinatos, con formación de causa o sin
ella, durante el proceso de depuración resultaron sancionados en torno a
dieciséis mil maestros y maestras, alrededor del 25% del cuerpo. Casi el 10%
fueron expulsados del ejercicio de la profesión».
El mundo de la cultura fue
otro ámbito donde se cebaron especialmente y donde, a los ojos de toda la
comunidad internacional, mostraron el nulo componente intelectual de su
glorioso alzamiento, asesinando y
persiguiendo sin compasión a los principales referentes de la cultura española,
entre ellos Lorca, Machado o Miguel Hernández.
Acabada la guerra, derrotada la República, daba
inicio el llamado por ellos periodo de la Paz de Franco: la paz de los muertos,
de la persecución, del adoctrinamiento nacionalcatolicista, del imperio del
miedo y del terror, de las viudas y huérfanos, del obligado silencio.
El prometido paraíso convirtió España en una inmensa
prisión donde el hambre campeaba a sus anchas. Andaluces y extremeños, en
especial, tuvieron que abandonar sus tierras, sus seres queridos y sus muertos.
Unos voluntariamente y otros obligados al exilio económico, en el interior
del país o en el extranjero, como le pasó a mi familia y a tantas más, a las
que les robaron todas sus posesiones y pertenencias y les hicieron la vida
imposible, negándoles hasta la propia supervivencia.
Muchos de los que nos encontramos
hoy aquí somos fruto de todo aquello.
Nuestros padres y abuelos tuvieron que comenzar de cero y dejándose el pellejo
siete días a la semana, en jornadas interminables, en trabajos de esclavos,
malviviendo en barracas y probando la medicina reservada siempre para los
desarrapados: el yugo del poder de los poderosos y de los lacayos a su
servicio. Allí en Andalucía y aquí, en Catalunya.
Pero ni todas las condiciones
negativas del mundo pudieron abortar la lucha y el camino emprendido por
nuestros republicanos. Nunca se dejó de luchar en este país. Ni la
represión, la persecución o el miedo lo lograron. Siempre hubo brazos que
cogieron las armas de la lucha y enfrentaron al fascismo. Un recuerdo
entrañable para nuestros guerrilleros, tan activos en toda la provincia
de Granada como los Quero, para nuestros exiliados y exterminados en los
campos nazis, para nuestros militantes clandestinos y para tantos y
tantas que por desgracia sufrieron las consecuencias de la represión franquista
a lo largo de la dictadura y después.
Esto es a grandes rasgos los grandes
números y los porqué y cómo ha sido la represión franquista en nuestras
tierras. En mi libro lo recojo con más detalle pero en él incorporo también una
visión más humana de la significación de esa represión. Os he llenado de cifras
y de interminables ejemplos de cómo se produjo. Pero conviene recordar que tras
cada uno de esos números había una persona real, con su vida, sus ilusiones y
su drama particular.
Mi abuelo fue uno más de tantos más
que cayeron fruto de las denuncias falsas para pasar cuentas o directamente por
odio de clase. No le perdonaron su orgullo y su compromiso. Daba igual que no
hubiese cometido ningún delito. Tuvo que pasar 9 meses hacinado, con decenas de
compañeros más, en la ermita de San Antón, mientras esperaba día a día, noche a
noche que lo sacaran para fusilarlo, mientras mi abuela con sus cinco hijos se
quitaba la comida de la boca para que mi abuelo pudiese sobrevivir o su madre
hacía un doble camino, uno hacia la ermita y otro hacia la Azucarera donde
también estaba detenido su otro hijo.
La tragedia es que no se contentaron
con quitarle la vida, el mismo día que lo fusilaron cuando mi abuela a mitad de
camino tuvo que volverse se encontró con las burlas y las amenazas de tirarlos
a todos al rio por parte de algunos vecinos. No le permitieron ni que llorara.
Le robaron las pocas pertenencias que tenía, los libros y la bicicleta de mi
abuelo, los animalillos y comenzó su sentencia al hambre y a la miseria, como a
la mayoría, pero con el agravante de que le hicieron la vida imposible. Tuvo
que entregar a dos de sus hijas y a uno de sus hijos a las monjas y a los
frailes en Granada porque se les morían de hambre. Y tras aguantar y luchar lo
imposible, cuando sus hijos ya fueron un poco mayores tuvieron que exiliarse en
Barcelona. Aquí tampoco los dejaron en paz y las visitas policiales eran
frecuentes en su casa.
No les bastó con la muerte y la
miseria de sus víctimas. Magdalena Ordoñez, granadina también e hija de un
ferroviario ejecutado con mi abuelo, sufrió un camino similar. Acabó en un
colegio de monjas donde no solo se contentaron con adoctrinarla como hicieron
con todos los niños en este país, sino que dedicaron un esfuerzo inmenso para
conseguir que aborreciera a su padre y creciese creyendo que, tal y como le
decían las monjas, fue un monstruo asesino. Ahora llora amargamente cuando lo
explica y nos dice lo que sintió cuando ya de muy mayor conoció la realidad.
Lo triste es que muchas cosas siguen
igual. Siguen condenados e inhabilitados, todavía tenemos que oír el: algo
harían, o el negacionismo absoluto: mi abuelo no había sido secretario del
juzgado. Aún hoy en día mi madre me dice que no levante la voz, para presentar
el libro de abuelo tuvimos que hacerlo en el garaje de mi hermano bajo la
atenta mirada de los perros del amo, del nuevo cacique-alcalde, tomando nota de
los asistentes. La memoria histórica sigue siendo tabú.

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