martes, 19 de mayo de 2020

¡Qué bueno era!










¡Qué bueno era!


Horas después de conocer el fallecimiento de nuestro querido Julio Anguita, aturdido por la pérdida inmensa y un poco saturado de tantos y tantos mensajes de duelo, de invitaciones a enlaces a “las sabias palabras del maestro”, de muestras de dolor mayoritariamente sinceras, me ha dado por reflexionar sobre el tema entre el dolor y la rabia.

Como ha sucedido con muchos otros ilustres (y no tanto, por no ser tan conocidos) luchadores, la distancia temporal es la que pondrá de verdad en valor el papel que Anguita ha desarrollado en la acción política de este perdido país; y, lo que es más grave, la que no ha podido realizar por pretender navegar en la balsa del progresismo pero querer hacerlo  contracorriente. Malos tiempos para la coherencia, la ética, la integridad y la altura de miras.

Resulta un tanto paradójico escuchar el casi unánime reconocimiento (salvo excepciones desde el purismo, como siempre) y la alabanza a su figura política incluso desde sectores ideológicamente antagónicos:”Decía verdades como puños, tenía una clarividencia increíble, era un pozo de sabiduría”. Grandes frases que contrastan con la soledad dolorosa con la que ha presenciado el propio Anguita como su voz punzante, sus certeros análisis  y su visión antipaternalista de la política quedaron reducidas a una predicación en el desierto.

Esa militancia de izquierda a la que tanto alentó acerca de la necesaria unidad de acción estratégica, de comunión solidaria obligada, no ha sabido estar a la altura de los momentos históricos que nos ha tocado vivir.

Ya hace tiempo que acabé bastante harto de los repartidores de credenciales y carnets revolucionarios, de los iluminados teoricistas (de sofá) de la verdad absoluta (que exclusivamente es la suya), de los amantes de selfies de compromiso acaparadores de seguidores virtuales, de tanto y tanto autocomplaciente resignado o acomodado en su chiringuito particular (reserva espiritual de lo auténtico).

Décadas llevamos desangrándonos entre nosotros, incapaces de unir esfuerzos en un sentimiento verdaderamente clasista y revolucionario. Los elementos reaccionarios de la sociedad nos muestran, una vez más, el camino. Pero como dice el dicho: “cuando nos señalan el horizonte, el tonto mira al dedo (o al ombligo)”. Nos autonombramos herederos de aquellos luchadores que entregaron sus vidas y su libertad por la construcción de una sociedad más justa e igualitaria. Nos llena de orgullo haber compartido militancia o el campo de lucha con camaradas y compañeros como Julio, Albert y tantos más que nos han dejado. Nos hartaremos de oír y repetir las manoseadas frases de:”¡qué bueno era, cuánta razón tenía!

Pero, ¿los enviaremos al baúl de los recuerdos o al muro fotográfico de los ausentes como suele suceder? Si es así, no habremos aprendido nada del maestro Julio Anguita. Como él diría: “ya va siendo hora que maduremos, crezcamos y nos comportemos como revolucionarios adultos”. Todo su afán último pasaba por unificar los esfuerzos de todo aquel que aspirase a conseguir y construir una sociedad más social y menos mercantilista.

Estuvimos cerca de conseguirlo con la gran Marcha de la Dignidad en Madrid cuando nos hicimos dueños de las calles. El poder incluso tembló pero reaccionó a tiempo para anular cualquier intento que fuese más allá de llenar las calles de gente y de gritos. La represión, una vez más, nos mandó para casa y marchamos obedientes. Después vinieron los “modernos asaltadores de los cielos”, de nuevo la apuesta exclusiva por lo institucional, la desmovilización de los sectores en lucha y el aletargamiento de los antisistema.

Sin embargo, como bien se hartó de repetir Anguita, aquella acción majestuosa marcó el camino: “sin unidad y la presión en la calle no hay cambio”. Hasta los últimos días de su vida ha hecho pedagogía en ese sentido. Sin duda hubiese sido el líder que nos aglutinase a todos en un proyecto verdaderamente amplio y transformador, si hubiese habido voluntad de hacerlo. Desgraciadamente una vez más se impuso la defensa del chiringuito o el pragmatismo para compartir las migajas en un gobierno, local, autonómico o estatal,  pretendidamente progresista (que aunque insuficiente siempre preferible a uno reaccionario).

El coronavirus no pudo con Julio, su corazón se rompió de heridas acumuladas, pero la crisis generada y los tiempos duros que vendrán a raíz de la pandemia nos van a poner a todos, de nuevo, a prueba. La crisis de 2008 fue catastrófica y de aquellos barros estos lodos. De nosotros depende nuestro futuro y el de nuestros hijos. ¿Sabremos estar a la altura?
Alberto Valenzuela (Oscar Turcios)                                                             19/05/2020

1 comentario:

  1. Muy bueno, Alberto, creo que lo tenías que enviar a algún periódico. Salud y besos.

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