16 de agosto de 2018
Ayer estuve en el infierno
La puerta, siempre cerrada a cal y
canto tras una intimidante verja asegurada por sólidas y resistentes cadenas,
se abrió. Tras muchas y dilatadas en el tiempo gestiones conseguimos acceder al
interior de la ermita de San Antón.
Mientras la persona que nos abría
peleaba con el candado herrumbroso, mis latidos se aceleraban y mi respiración,
bajo un sol de agosto castigador, se detenía a la espera de la apertura de la
puerta que daba acceso a las entrañas del infierno. Paradójico por tratarse de
una ermita, pero muy real; aunque pretendan ahogar vuestros gritos y
sufrimientos con el paso del tiempo.
La ermita de San Antón ha sido lugar
de visita obligado antes de nuestro encuentro periódico en la fosa de los
republicanos. Desde 1980, cuando vinimos a convertirla en la portada de nuestro
primer relato LO QUE UN PUEBLO NO SABE, ha cambiado mucho su fisonomía externa.
Tampoco era la misma de 1939. Ni sus funciones. Esa pequeña construcción en lo alto
de una loma, presidiendo majestuosa el camino hacia el cementerio esconde mucha
historia a pesar de su frágil apariencia.
Entrar por esa puerta suponía un
viaje al pasado y una explosión de emociones encontradas. En mi interior
resonaban tus palabras: “La ermita de San
Antón es una pequeña nave sin más luz ni ventilación que una estrecha ventana
al saliente. Al principio no se nos permitía salir a hacer aguas menores,
obligándonos a orinar y a ensuciar en un rincón, teniendo que comer y dormir
envueltos en la peste, lo mismo que los animales”.
Traspasar el umbral de la puerta era
como correr a tu encuentro y poder sentirte una vez más. La oscuridad nos
recibió pero a medida que nuestros ojos se acomodaban a la escasa visibilidad
pudimos ver perfectamente su interior restaurado, los bancos, altar e imágenes
cubiertos de polvo por el encierro obligado hasta el próximo enero donde,
ajenos a su vergonzoso y sangriento pasado, lucirán de nuevo sus mejores galas
en la fiesta del patrón que como hace décadas realizará su peregrinación anual
para presidir el interior de la ermita a tiempo parcial, mientras su sustituto
va al armario por unas horas.
La visión desde dentro no diferiría mucho de la que vosotros, en
vuestro calvario, podríais percibir. Nuestra visita quasi clandestina, a
oscuras y en silencio para evitar encuentros indeseables, comprometer en exceso
o miradas de ojos inquisidores, nos permitió hacernos una idea de lo que podía
suponer un largo encierro en aquel recinto no tan sagrado. Medí el espacio, 9
pasos por 18, apenas 150 metros cuadrados para decenas de hombres hacinados,
repartidos por paredes y esquinas, con los colchones en el suelo como único
acomodo durante meses.
Pegué mi cuerpo a la gruesa pared
como ya hacía Tania, mi hija; y coloqué mis manos en esos muros que solo había
podido palpar externamente. Miré a lo largo y ancho del espacio, imaginé que
aquella sería vuestra visión casi exclusiva durante cerca de doscientos cincuenta
días. Al frente, la terrible puerta que os separaba de la vida por donde
tuvisteis acceso a ese purgatorio particular, vuestro infierno terrenal antes
que os arrebataran la vida. Al lateral, la única ventanuca por la que entraban
unos escasos rayos solares.
Cerré los ojos, respiré profundamente
y me imbuí en el pasado. No hace tanto tiempo. A través de tus ojos podía ver a
tus compañeros esparcidos por todos los rincones, a José Ordoñez, a Ricardo
Monleón, Miguel Pujada, José López y a todos los demás, apesadumbrados y
físicamente desvencijados por la violación sistemática de todas vuestras
dignidades; nerviosos y atentos a todos los ruidos y sobre todo a las marciales
palabras del oficial de guardia que sin horarios concretos leía en voz alta
algún nombre que anunciaba el fin del suplicio para alguno de vosotros. Podía
visualizar vuestra aterradora expresión cada vez que se abría aquella puerta
para conducir a algún camarada al muro del cementerio. Podía sentir vuestra
parálisis y el desplome emocional al oír las ráfagas de los fusiles y el
preceptivo tiro de gracia final que todos sentiríais como propio. También podía
apreciar el pestilente olor que envolvía aquel pequeño espacio y que sellaba
vuestra deshumanización más absoluta. Imaginé las largas horas, días, semanas y
meses de soledad consumidora, los millones de pensamientos que inundarían tu
mente, las frases y frases preparadas para ser recitadas en un posible momento
con tu mujer o tus hijos, los llantos silenciosos y los gritos contenidos o no,
por tanta injusticia e impotencia solo aplazados momentáneamente ante las
escasas oportunidades de ver o abrazar a los tuyos. ¡Cuántas lágrimas encierran
estos muros! ¡y cuánta ignominia!
Los acordes del Himno de Riego en el
teléfono de nuestro buen compañero y paisano Juan Antonio, me devolvieron a la
realidad. Reímos por lo sarcástico de la situación y coincidimos que quizá era
la primera vez que sonaba esa melodía allí adentro. Como música me imagino que
sí pero estoy seguro que de viva voz o
para los adentros fue entonado en otras ocasiones durante vuestros meses de
martirio. Era el despertador que nos volvía a colocar en 2018. El nerviosismo
de nuestro acompañante que respetuosamente estuvo junto a nosotros nos indicaba
que debíamos dar por finalizada aquella tan anhelada, y por lo visto
comprometida, visita.
Al abrir la puerta, la luminosidad
exterior volvió a inundar todo el habitáculo interior y a mostrarnos la imagen
actual, reconstruida sobre el lecho moribundo de muchos hijos de la comarca que
entregaron lo más preciado de su existencia y que tuvieron un final común
injusto y que comparten hoy en día, casi 80 años después, un insultante
silencio sobre todas aquellas indignidades que ocurrieron en pretendido terreno
sagrado a los ojos de tantos y tantos accitanos pero que muy pocos quieren
recordar.
Finalmente se cerró la puerta y la
cadena apresó de nuevo aquella enorme reja como pretendiendo vanamente contener
y evitar el esparcimiento a los vientos de lo que escondían esos muros. Me
volví a mirar de nuevo la ermita de San Antón que parecía transpirar
tranquilidad tras nuestra salida; oteé el horizonte y percibí claramente al
fondo, la Azucarera, prisión de centenares de republicanos. Giré y alcé la
vista, entre los altos cipreses se apreciaban los muros del cementerio donde
acabaron depositados, sin descansar dignamente, vuestros mancillados restos,
los de tantos y tantas compañeras de viaje y orgullosos camaradas de lucha, lo
mejor que dieron las milenarias tierras negras de nuestra comarca.
El camino debía seguir.


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ResponderEliminarBalto9 GMB31 de agosto de 2018, 12:34
ResponderEliminarMe hubiera gustado estar ahí y compartir ese momento con vosotros, y aunque no estuve he podido notar la misma sensación, como sí hubiese estado. A mí también me invade el sentimiento de tristeza al recordar todas las injusticias que se cometieron en este país,y claro esta en especial también ya que siento como si de un familiar más se tratara, y de todos los compañeros que también junto a tu abuelo se encontraban allí. Como has dicho, el camino debe seguir y nunca hemos de olvidar el pasado,solo así podremos construir un futuro mejor y justo.
Salud compañero, hasta la victoria siempre.
De tu amigo Guillem Medialdea Bertrán.
Aunque no físicamente allí estabas tú también, compañero. Ya sabes que eres uno más de esta gran familia. Hasta que no haya un reconocimiento digno y una explicación clara de todo lo que sucedió en nuestros pueblos la tarea no estará finalizada. Se lo debemos. Verdad, Justicia y Reparación.
EliminarYo también estuve en el infierno y me imagino lo terrible que fue aquel lugar donde estuvieron encerrados tantos camaradas en aquellos años tan oscuros terribles y tristes para nuestra país, hombres honrados cultos y fieles a la legalidad establecida en nuestro país pasaron por el más terrible de las atrocidades cometidas por una banda de asesinos manteniendo a todo un país en una larga y oscura noche robando las ilusiones de millones de personas que soñaban con la libertad, nunca más permitamos semejante barbaridad VIVA LA REPÚBLICA.
ResponderEliminarDe juan Antonio
EliminarEs cierto. Estar allí dentro ponía los pelos de punta. Tan solo podemos hacernos una idea de lo que llegarían a sufrir. La denuncia del genocidio franquista ha de ser más insistente que nunca y más hoy que se dedican a banalizar sobre su alcance con toda la verborrea sobre el valle de los caídos, dando la voz a los franquistas por encima de las víctimas.Ni ovido ni perdón. Viva la República de todos.
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