jueves, 12 de enero de 2017

77 años….sin ti, sin vosotros.






77 años….sin ti, sin vosotros.

Ayer leía una noticia sobre los preparativos para celebrar, en unos días, la festividad de San Antón por todo Guadix y en la ermita que éste tiene dedicada; y la gran pasión con la que los cofrades del santo lo viven y celebran el ritual anual de bendiciones, buenos propósitos y mejores comilonas de los devotos y buenos cristianos, en general.

77 años antes, el 12 de enero de 1940, por las mismas fechas en que se venera a este San Antón, mi abuelo MANUEL VALENZUELA POYATOS, junto a cuatro compañeros republicanos más, entre los que estaba JOSÉ ORDOÑEZ GUTIERREZ, eran trasladados en otro tipo de procesión desde esta misma ermita de San Antón,  que estaba destinada a hacer las veces de prisión para los republicanos condenados a muerte y en la que habían estado encerrados durante nueve meses, a los muros del cementerio de Guadix, donde fueron fusilados, rematados y vertidos sus cuerpos “indignos” a la fosa común donde iban a parar los que no eran merecedores de la gracia divina ni de la dignidad de un entierro cristiano.

Fueron unos más. Otros acabaron allí ya meses antes y muchos otros lo harían tiempo después. Más de 150 personas, hombres y mujeres de las tierras accitanas yacen en esa fosa esperando su rescate físico y moral. La mayoría jóvenes, asesinados por el terrible delito de haber sido defensores del ordenamiento constitucional vigente, de la legalidad republicana pisoteada por los golpistas facciosos que llevaron a nuestro país a la catástrofe y a uno de los mayores genocidios que ha padecido la humanidad.

77 años después siguen siendo tratados y considerados igual de indignos, merecedores del abandono y de la ignorancia social, recordados y llorados solo por los suyos; mientras, las instituciones, civiles y religiosas, unas pasan de puntillas sobre un tema delicado (para ellos), y otros, herederos de una jerarquía eclesiástica accitana colaboradora e incitadora de la represión y persecución de muchos de sus feligreses, mantienen el reconocimiento a “sus mártires” e ignora y vilipendia el recuerdo de los nuestros, asesinados injustamente.

No quieren que se recuerde todo aquello, que insistamos en remover un pasado ya lejano, nos exigen que pasemos ya la página de esa historia. Nos piden un acto de fe y de constricción:  a nosotros, a los familiares, descendientes y a las víctimas; pero, es difícil hacerlo cuando siguen ninguneando y pervirtiendo la realidad de los hechos, cuando persisten en oficializar el recuerdo sin reconocer el más mínimo de sus desmanes y su responsabilidad en esa página tan negra y trágica, cuando no se hace un ejercicio serio y real de dar visibilidad a todos estos hombres y mujeres cuyos cuerpos están pendientes de recuperarse y su memoria, a la espera de ser dignificada; y cuando ellos precisamente que nos piden a nosotros ese ejercicio amnésico, nos obligan a seguir desfilando bajo aguiluchos, yugos y flechas y a convivir con el homenaje y la exaltación de unos asesinos traidores a su juramento de fidelidad a la república y a su propio pueblo, en el que volcaron su maldad, perversidad y las más bajas pasiones.

77 años han dado para mucho. 40 años de dictadura y casi otros 40 de “recuperación democrática”, pero aún quedan muchos asuntos pendientes. El día que los ayuntamientos y el resto de administraciones hagan un reconocimiento real y sincero y promuevan una dignificación de los nuestros, con luz y taquígrafos, sin medias tintas, como corresponde; el día que la iglesia accitana afronte el desmarcarse de esa herencia,  reconozca su papel cómplice en la persecución de muchos de sus propios hijos; quizá, entonces, podamos pasear tranquilamente por nuestras calles y asumir con normalidad respetuosa determinadas celebraciones que hoy inevitablemente quiebran, más si cabe, nuestros corazones.

Mientras esto no suceda, siento que cada 12 de enero vuelven a ejecutar a mi abuelo y a sus compañeros del último viaje desde la ermita de San Antón.


Alberto Valenzuela


  




12 DE ENERO DE 1940,  hace 77 años.

"Mis ojos miraban hacia el horizonte donde, a través de las nubes y con la sierra nevada al fondo, el día intentaba hacerse paso mediante los tenues rayos de un sol que comenzaba a despertarse. Respiré profundamente para inundar mis pulmones de aire fresco y puro. El olor a hierba fresca me trajo el recuerdo de mis madrugadas cuando me iba al campo a trabajar. Verdaderamente era un día precioso para morir y lo iba a hacer acompañado de unos maravillosos camaradas. Los dos José, Gabriel, Antonio y yo, nos mirábamos con cara de corderos que van hacia el matadero. El amanecer iba mostrando la palidez de nuestros rostros y aquellos ojos tristes y ojerosos. No se veía un alma por los alrededores de la ermita pero presentía que nos miraban desde muchos sitios. Nos coloraron en fila y a empujones  hicieron ponernos en camino. Alrededor nuestro una decena de soldados marchaban  y nos vigilaban con desagrado evidente. Eran muy jóvenes y evitaban mirarnos a los ojos. Sabían a lo que iban y no parecían muy contentos por lo que debían hacer momentos después. El oficial gritaba para que no disminuyéramos el paso. Subimos por el camino que conducía al cementerio. Eran apenas trescientos metros pero se antojaban unos kilómetros eternos. Me tocó encabezar el grupo por lo que no podía ver a mis compañeros aunque sentía muy bien su aliento, sus lágrimas y el ruido de sus pasos. Cualquier intento de articular una palabra era acallado rápidamente. A lo lejos se vislumbraban los cipreses entre aquellos muros blancos. Al final parecía que sí acabaríamos nuestros días en el cementerio y no tirados en una cuneta o en una fosa clandestina como le había sucedido a tantos. Nuestras familias, al menos, podrían saber donde estábamos. No quería pensar mucho en ello, no quería imaginar a mi mujer y mis hijos horas más tarde cuando, como cada día fuesen a llevarme la comida y  les dijesen que todo había acabado. Durante el camino intentaba traer a mi mente recuerdos bonitos, era una manera de agarrarme a ellos, de mantener a los míos junto a mí, hasta el último momento. Las lágrimas  caían  por mi rostro. Nunca más iba a volver a verlos, a sentirlos entre mis brazos o a oír sus voces.



Por fin llegamos a las puertas del cementerio, donde esperaba el cura, también con rostro de evidente incomodidad por tener que participar de aquella situación y tener que volver a ver nuestras caras. Se oía a las grajas protestar por romper su tranquilidad. Me entró una flojera en las piernas que casi me hizo caer al suelo. Nos miramos entre nosotros con gesto de despedida y cruzamos unas palabras de ánimo final. Pudimos decirnos adiós, algunas frases de afecto y solo nos faltó poder abrazarnos y fundirnos como un solo alma. No nos soltaron. Nos colocaron junto a un muro, que presentaba evidentes señales de haber sido ya utilizado con anterioridad por los muchos impactos y las manchas de sangre que tenía. A su lado, una gran fosa abierta. Oímos decir al oficial que habíamos llegado antes de lo previsto pero que no esperaría hasta que fuesen las siete como estaba marcado en la orden. Nos pusieron de cara al pelotón que formaban todos los soldados ya con sus armas preparadas. El oficial le hizo una señal al cura y este se acercó a nosotros con su crucifijo para ofrecerlo a nuestros labios. Todos giramos la cabeza en su intento y se limitó a decir una frase pidiendo clemencia divina para los que iban a ser ajusticiados. Quisieron  taparnos los ojos pero ante la negativa del primero los demás tampoco aceptamos.  A las seis y media de aquel 12 de enero de 1940, con el pensamiento en nuestros seres queridos, cinco republicanos más, como tantos otros que nos precedieron y los muchos más que vendrían después, caímos bajo las balas de los fusiles fascistas. Las descargas no pudieron acallar nuestro grito de Viva la República. Ni siquiera el tiro de gracia que uno a uno efectuó el oficial para asegurarse que estábamos muertos, ni mil tiros que nos hubieran dado a cada uno, podrían poner fin a la voluntad liberadora de un pueblo. Ni  la muerte física acabaría con nuestro ímpetu y nuestro sacrificio, como el de tantos otros, no iba a ser en vano. Me juré no rendirme ni bajo tierra. Y mira por dónde.



Los cinco acabamos en la fosa común, junto a cientos de cuerpos más, impregnados en cal viva. Más tarde vinieron muchos otros y después, el silencio absoluto marcó un espacio de paréntesis muy largo, una espera eterna pero que no cerraba, como ellos hubiesen deseado, para siempre, este capítulo. No era posible descansar en paz con tanto asunto pendiente. Al menos hasta que otras manos cogiesen nuestro relevo"
Este es el relato de lo que pudieron haber sido los últimos momentos de vida de mi abuelo y sus cuatro compañeros republicanos ejecutados junto a él. Esta "reconstrucción" forma parte del libro ME LO DECÍA MI ABUELITO que he escrito sobre estos acontecimientos y aquel período histórico.
A modo de homenaje en esta fecha señalada os incluyo la también "reconstrucción" de la carta de despedida a la familia que hizo mi abuelo , con la promesa de su entrega  a la viuda, mi abuela, por parte del cura a cambio de forzar su voluntad de no querer confesarse y que incumplió. Creo que mi abuelo estaría orgulloso de esta licencia que me he permitido de  tomar su palabra y hacerla visible.


“Guadix, cuatro de la madrugada del doce de enero de 1940. Prisión de la ermita de San Antón.
Mi queridísima Mercedes, ha llegado el día tan temido por todos nosotros. Se ahogaron las escasas esperanzas de clemencia. Me encuentro en capilla, junto a cuatro compañeros más. Los cinco seremos ejecutados a las siete de la mañana. Se acabaron las penalidades para nosotros, pero desgraciadamente proseguirán las vuestras. Cuando leas esta carta si es que llega a tus manos, como me prometió el cura, este martirio  habrá finalizado. El cementerio, si no sucede algo extraño, será nuestra nueva morada. Solo espero que, como dicen, haya una vida más allá para seguir dándoles guerra y proseguir el camino liberador iniciado y que ha supuesto el sacrificio de nuestras propias vidas y el martirio de tanto inocente. Por mucha barbarie que sigan haciendo no podrán parar el tren de la historia. Los desposeídos acabarán siendo los dueños de su propio destino. Se acabarán los amos y los dioses. Estos ideales de justicia social a los que con tanta ilusión abrazamos miles y miles de personas en nuestro pobre país, acabarán por desplazar el terror y la explotación humana.
Me voy contento en este sentido. Me matan por mis ideas no porque haya cometido ningún crimen. Ya sé que tu pena y el sufrimiento de nuestros queridos hijos será enorme, pero quiero que siempre vayáis con la cabeza bien alta y orgullosos de mí.  Conserva todas las notas que te he escrito para que el día de mañana nuestros hijos puedan comprender lo que le han hecho a su querido padre. Explícales las razones profundas de este martirio. Procura que estudien y se conviertan en personas de provecho y sepan defenderse en la vida mejor de lo que lo ha podido hacer su padre. Ya llegará el momento de pedir cuentas y que resplandezca toda la verdad.
Sión, Manolo, Lorenzo, Mercedicas, Carmela, haced siempre caso a vuestra madre. No le deis más quebraderos de cabeza de los que la pobre tendrá. Estudiad mucho, aprended buenos oficios y ayudad todo lo que podáis a la mama. Recordad los buenos momentos que hemos tenido y pensad que siempre estaré a vuestro lado aunque no me podáis ver. Os quiero con locura. No me olvidéis.
Mercedes, dale un abrazo muy grande a mi pobre madre que, con los dos hijos presos, lo está pasando muy mal. Abraza también a la tuya y a tus hermanos, en la confianza que sé que os ayudarán todo lo que puedan a pasar este mal trago y a que salgáis adelante.
Mercedes, amor mío, me gustaría  despedirme en vida de ti y poder darte las gracias por ser la mujer y la madre más extraordinaria del mundo. Lamento mucho que nuestra bonita aventura amorosa acabe de este modo y no podamos llevar a cabo tantos proyectos como teníamos en mente.  Gracias por tu coraje y sacrificio sin límites durante estos duros nueve meses. Sólo he podido resistir gracias al enorme amor que nos tenemos, por sentirte a mi vera, por poder hablar de vez en cuando contigo o poder darte un abrazo y sentirte entre mis brazos. Has sido la energía que me ha mantenido con vida. Me has cuidado día a día y has procurado que no me faltase de nada quitándotelo incluso de tu propia boca. No he podido darte las gracias como te mereces ni decirte de viva voz lo mucho que te amo y pedirte perdón por todo lo que te está suponiendo este calvario.
Me voy con una gran pena pero con la tranquilidad de dejarlo todo en tus manos. No tengo la menor duda que saldréis adelante. Con los animalillos, con algo de tierra o como sea, siempre has sido una mujer de recursos.
Se me acaba el tiempo y tengo que acabar. El futuro va a ser duro, lo sé. Quiero que en todos y cada uno de los minutos de tu vida me tengas presente y mi recuerdo te dé fuerzas para afrontar todo lo que venga. Siempre estaré junto a ti, no te dejaré sola.
He dejado en el cestillo las cuatro cosas que he tenido aquí para que las conservéis como recuerdo mío. A mis hijos no puedo dejarles más herencia que mi ejemplo y mis ansias de libertad. Espero que lo hagan suyo y que lo transmitan a sus hijos también. Tenedme siempre muy presente y procurad o al menos intentad ser felices. Os mando el mayor de los besos y de los abrazos. Hijos míos os quiero con locura. Tu esposo que te ama. Manuel.”


VERDAD, JUSTICIA Y REPARACIÓN.
NO OLVIDAMOS
HONOR A LOS NUESTROS

 

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