“Fue en
España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón…. y aún así,
sufrir la de derrota”.
Juan Negrín.
Lo escucho e inevitablemente me
imagino aquella situación por las calles de Guadix. Habían sido una eternidad
de años y de siglos de ejercicio del dominio por parte de los poderosos
acostumbrados a controlar siempre la situación y hacer callar por el
procedimiento que fuese las voces discordantes. Había habido quejas, protestas,
huelgas, etc. La situación había llegado a unos extremos insostenibles pero,
incluso en el período republicano, en las comarcas granadinas, los poderosos no
habían perdido el control de la situación y del orden público.
Cuando se dieron cuenta de que por mucho
que lo intentasen y con los medios que quisieran, no iba a ser ya suficiente
para imponerse, optaron por romper la baraja y decidieron que el juego se había acabado. Los cuarteles
hablarían de nuevo, los gloriosos militares salvadores habían de intervenir. El
pueblo oprimido, por su parte, había
tomado la decisión de asumir el nuevo rol que le tocaba jugar si no quería
perder lo poco conseguido y acabar de nuevo en la más absoluta esclavitud.
Debía dar un paso al frente y defender a la República ante el abierto ataque ya
de los de siempre, que no iban a tolerar que unos descamisados analfabetos
tiraran por tierra esos privilegios que por tantos años habían acumulado.
Me imagino la cara de sorpresa cuando
estos guardias civiles golpistas apoyados por unos cuantos “verdaderos”
patriotas civiles, aspirantes a jugar
con uniforme y pistolitas; tomaron la determinación de apoyar el levantamiento
golpista de Mola, Franco y Sanjurjo y se lanzaron a las calles de Guadix a
poner orden por fin. Como poseedores de ese innato don de salvapatrias y
salvaalmas; y de su castizo honor, gallardía, valentía, etc. debieron creerse
poco menos que inmortales y no era para menos, se les reclamaba para colaborar
en una tarea que iba mucho más allá del mundo mundano. El caso es que cuando se
encontraran que la respuesta de sus queridos convecinos no fue recibirlos con
los brazos abiertos sino hacerles frente
y con medios rudimentarios repeler su intento de controlar la ciudad y tener que
volver a esconderse en su cuartelillo, su ánimo y su cara sufrirían una
considerable transfiguración. No estaban
acostumbrados a ser ellos los que corriesen perseguidos y acosados por los
“maleantes”.
El pueblo había decidido que esta vez
vendería cara su derrota y que si era preciso iba a dejarse la vida en ello. Me
imagino la situación. Los golpistas encerrados, rogando a Dios que les enviasen
refuerzos para salvar el pellejo. Y los republicanos que, por primera vez se
sentían verdaderos amos de su situación y conscientes que podían ejercer esa
gran responsabilidad de defender un gobierno y una democracia legítimos, que
los militares, una vez más, intentaban derrocar. Debió ser increíble vivir
aquellos momentos. La llegada de refuerzos en ambos bandos. La presencia de milicianos combatiendo, codo con codo, con
los republicanos izquierdistas de Guadix y de la comarca. La llegada de los
mineros de Alquife y la dinamita haciendo volar el cuartel. Los combates por
toda la ciudad. La inevitable destrucción que implica un acto de este tipo. La
derrota de los facciosos y el triunfo de los republicanos. Como ahora decimos,
seguro que gritaron: “Sí se puede”. El enemigo no era invencible. La mayoría de
la población vivió con júbilo el triunfo. Otros en silencio temblaban. Algunos
habían desaparecido ya. Su apuesta había fallado. De momento, decían.
Fragmento del libro ME LO DECIA MI ABUELITO.



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