lunes, 18 de julio de 2016

Fracaso del 18 de julio en Guadix. El pueblo defendió su República.



“Fue en España donde los hombres aprendieron que es posible tener razón…. y aún así, sufrir la de derrota”.
                                                                                                           Juan Negrín.
Lo escucho e inevitablemente me imagino aquella situación por las calles de Guadix. Habían sido una eternidad de años y de siglos de ejercicio del dominio por parte de los poderosos acostumbrados a controlar siempre la situación y hacer callar por el procedimiento que fuese las voces discordantes. Había habido quejas, protestas, huelgas, etc. La situación había llegado a unos extremos insostenibles pero, incluso en el período republicano, en las comarcas granadinas, los poderosos no habían perdido el control de la situación y del orden público.
Cuando se dieron cuenta de que por mucho que lo intentasen y con los medios que quisieran, no iba a ser ya suficiente para imponerse, optaron por romper la baraja y decidieron  que el juego se había acabado. Los cuarteles hablarían de nuevo, los gloriosos militares salvadores habían de intervenir. El pueblo oprimido, por su parte,  había tomado la decisión de asumir el nuevo rol que le tocaba jugar si no quería perder lo poco conseguido y acabar de nuevo en la más absoluta esclavitud. Debía dar un paso al frente y defender a la República ante el abierto ataque ya de los de siempre, que no iban a tolerar que unos descamisados analfabetos tiraran por tierra esos privilegios que por tantos años habían acumulado.
Me imagino la cara de sorpresa cuando estos guardias civiles golpistas apoyados por unos cuantos “verdaderos” patriotas civiles,  aspirantes a jugar con uniforme y pistolitas; tomaron la determinación de apoyar el levantamiento golpista de Mola, Franco y Sanjurjo y se lanzaron a las calles de Guadix a poner orden por fin. Como poseedores de ese innato don de salvapatrias y salvaalmas; y de su castizo honor, gallardía, valentía, etc. debieron creerse poco menos que inmortales y no era para menos, se les reclamaba para colaborar en una tarea que iba mucho más allá del mundo mundano. El caso es que cuando se encontraran que la respuesta de sus queridos convecinos no fue recibirlos con los brazos abiertos  sino hacerles frente y con medios rudimentarios repeler su intento de controlar la ciudad y tener que volver a esconderse en su cuartelillo, su ánimo y su cara sufrirían una considerable  transfiguración. No estaban acostumbrados a ser ellos los que corriesen perseguidos y acosados por los “maleantes”.
El pueblo había decidido que esta vez vendería cara su derrota y que si era preciso iba a dejarse la vida en ello. Me imagino la situación. Los golpistas encerrados, rogando a Dios que les enviasen refuerzos para salvar el pellejo. Y los republicanos que, por primera vez se sentían verdaderos amos de su situación y conscientes que podían ejercer esa gran responsabilidad de defender un gobierno y una democracia legítimos, que los militares, una vez más, intentaban derrocar. Debió ser increíble vivir aquellos momentos. La llegada de refuerzos en ambos bandos. La presencia de  milicianos combatiendo, codo con codo, con los republicanos izquierdistas de Guadix y de la comarca. La llegada de los mineros de Alquife y la dinamita haciendo volar el cuartel. Los combates por toda la ciudad. La inevitable destrucción que implica un acto de este tipo. La derrota de los facciosos y el triunfo de los republicanos. Como ahora decimos, seguro que gritaron: “Sí se puede”. El enemigo no era invencible. La mayoría de la población vivió con júbilo el triunfo. Otros en silencio temblaban. Algunos habían desaparecido ya. Su apuesta había fallado. De momento, decían.

Fragmento del libro ME LO DECIA MI ABUELITO. 

 

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